—¡Ajo!—me respondió, largándome una patada que no me alcanzó;—no es esta puerta la que yo busco.

—¿Cuál es la que usted busca?

—La del rey, ¡ajo! la de la calle, porque me ajuego en este ujero, ¡onde me vilipendian, cutres!...

—¡Ah! entonces por aquí,—le dije, enseñándole el camino por el cual había venido.

Siguióme zumbando, como tormenta lejana; abrí la puerta de la escalera, y salió. Quise allí templarle un poco, desengañarle... ¡Qué cosas dijo! ¡Cómo me puso mientras bajaba, con un estruendo de pisadas, de garrotazos y de palabrotas, como si rodara algo duro, pesado y hueco, de peldaño en peldaño!

¡Ajo... los pillos! (¡Pum!) el saqueo del probe... (¡Pum, pum!) con zumba y vilipendio á más que más, ¡cutres!... (¡Pum... pum!) No me engañaba Güétagos, no. (¡Pum, pum!) ¡Ajo, qué razón tenía!... unos apañando... otros encubridores. ¡Pior que los del pelo rojo, esos herejes del tren! ¡Cutres, qué ladronera! (¡Pummm!) ¡Mal rayo... por los riñones! ¡Ajo! (¡Pummm!)

Hasta que salió á la calle no cerró boca ni yo dejé de oirle. Pero ¡con qué gusto mío, porque se largaba y me dejaba en paz... hasta la primera!

Estoy seguro de que en cuanto llegó á casa y se le pasó el berrinchín, se puso á armar otra. Pues verán ustedes cómo me la consulta en cuanto me coja «por allá», y en la que me va metiendo poco á poco, por la obra caritativa de «sacarle avante» á él.

No lo podemos remediar.

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