—Con mucho gusto—me contestó, llegando el asombro de Cutres hasta el espanto convulsivo al sentir el cosquilleo y el sonar de estas palabras en su oído.—Pues digo que cuando quiera que ese expediente se mueva, irá á presidio el irracional y testarudo causante, esa acémila llamada Cutres.

—Está bien—respondí,—y ya me veré yo con usted. Entre tanto, adiós y muchísimas gracias.

Mientras yo hablaba así, había temblado el aparato al soltar Cutres, enfurecido, el auditor; retumbaban en el despacho sus mugidos y sus pataleos; y disparando por andanadas las interjecciones más crudas y soeces, paseaba la vista sanguinolenta por todos los rincones de la estancia.

—¡Ajo!—bramaba;—¡que dé la cara ese pillo que me falta, y ha escondió usté por ahí!... ¡De mí no se burla él, cutres, ni la tal de su madre... ajo!... Estos son los hombres, ¡cutres! éstos los amigos, ¡ajo!...

Viéndole taladrar con los ojos la pared en que se colgaba el aparato telefónico, apresuréme á abrir la puerta falsa que hay en ella para comunicación con la pieza contigua.

—Vea usted. Aquí tampoco hay nadie escondido.

Asomó la cabezona un momento, y volvió á retirarla.

—No dude usted que esa voz venía de la oficina...

Y aquí traté de explicarle lo que era un teléfono. Como si se lo explicara á un adoquín. Volvió á meter la cabeza por el vano de la puerta falsa, temblándole todo el cuerpo y balbuciendo atrocidades.

—Entre usted más adentro, y se convencerá mejor,—le dije empujándole un poco por los riñones.