Acerquéme al fin al aparato, y pregunté quién me llamaba. Respondiéronme que del gobierno civil. Un instante después se ponía al habla conmigo el amable funcionario que entendía en el expediente más agrio de los tres que tenía durmiendo Cutres por acá.

—¿Qué ocurre?—le pregunté.

—Que acabo de hojear otra vez el expediente de marras, y que cuanto más le examino, más me convenzo de que no basta con dormirle, sino que es preciso matarle.

—¿Por qué?

—Porque hay en él horrores de desacato; y si un día llega á moverle cualquiera, va á presidio esa bestia de hombre á quien usted llama Cutres, y tanto nos da que hacer.

—Hágame usted el obsequio—repliqué al funcionario, por haberme asaltado de pronto una idea,—de esperar unos instantes, sin apartarse del teléfono.

Dicho esto, me volví hacia Cutres, que iba de asombro en asombro, y parecía un jabalí acosado por los perros. Mandéle que se acercara, y no quiso á la primera. Al cabo se acercó, recelosote y gruñendo.

—Tome usted esto—le dije descolgando el otro auditor,—y póngasele al oído, como yo.

El hombre cogió aquello, como si quemara: lo sopesó, lo palpó y hasta lo olió; pero no acababa de arrimarlo á la oreja. Tuve que hacerlo yo por él; y cuando le dejé convenientemente colocado (con la boca en dirección opuesta al micrófono, por lo que pudiera tronar), llamé otra vez al funcionario, el cual me respondió al instante. Por rara casualidad, aquel día andaba el teléfono tan sutil, que se oían hasta las respiraciones.

—¿Tiene usted la bondad—le supliqué,—de repetirme lo que me dijo antes sobre el expediente ése y sobre el interesado?