—Vamos—le dije,—á lo que íbamos, y que tanto me gusta oir de boca de usted. En acabando con ello, le ayudaré yo á echar un buen coloño de rayos y centellas sobre esos pícaros malhechores que lo merezcan. Ya estaba usted en el camino real, hecho unas tarrañuelas y cantando como un jilguero, entre dos filas de carros sin principio ni fin, oliendo á jabón recalentado y al vaho de las tabernas. ¿Y qué más?

—La primera suelta—continuó Cutres volviendo dócil, como un buey, al camino hacia el cual le arreaba yo,—era en Somahoz. Allí el pan y el vino pa acompañar al torrendo que usté llevaba de casa. El sueño, encima de la saca. La taberna del portalón onde dejaba usté su hacienda arreglá, escripía de carreteros; los de la marina, tratándose á cuerpo de rey; los demás, á lo probe; y el más cuerdo, amañándose la probeza en la sartén de su propiedá, en el mesmo portalón, ó matando el ujano del hambre á pan y navaja. Yo siempre fuí de éstos, ¡ajo! siempre, salvo uno que otro caso, y porque no se dijiera, en este compromiso ú en el de más allá... Porque motivos pa echase á perder el mejor de los hombres, los había á manta allí... ¿Ónde no los hay, cutres? San Pedro pecó negando á Cristo, y el más justo cae siete veces, aunque se agarre bien... Sobrando el tiempo y siendo las noches largas, había en las sueltas de too, hasta briscas de á peseta el partío, que era cuanto podía haber; y andando la baraja y el vino tan currientes, no es mucho de extrañar que una vez que otra saltara el camorreo entre los más vidrosos, y se alumbrara por remate daque garrotazo... Pero repito que eran habas contás estos desgustos; y bien puede jurarse que nunca se vió en ellos una navaja. ¡Nunca de Dios! ¡Siempre la ahijá! Y en güena hora lo diga, que casqué más de cuatro en las costillas de unos y otros, por amparar á algún compañero: en los jamases por culpa mía. Ahora, si al alcontrarse en el camino la carretería de nusotros, pinto el caso, con la de los litos de Güelna, que tenía lo que se llama vicio de apalear, le decían á uno daque ultraje ú disvergüenza, ¡ajo! la cosa ya era difirente, porque no estaba en manos de uno el contenerse; y hasta la güena crianza le obligaba á uno á ventear la ahijá antes con antes. Pero esto, por no buscao y muy pasajero de suyo, no lo cuento yo por males de la carretería. Ya subiendo las Hoces, la primera suelta del meodía era en Santolaya, y la segunda, de noche, en Lantueno. Al romper el alba siguiente, en Reinosa. Á tiro hecho y á precio curriente, á cargar. Tantas arrobas en tantos carros; ochenta ó noventa de ellas el que más, de una pareja. Se estipulaba el montante en la guía, que me llevaba yo, como asimesmo el socorro de dinero entregao á cada uno de la compañía, pa el debido rebaje del total en Santander, y güelta varga abajo por los mesmos pasos que se habían contao varga arriba. Sin más, ¡ajo! sin más... y jala, jala, como una seda hasta la puerta de casa, como el otro que dijo; vamos, hasta el Regato... Allí una suelta, y la pareja á casa, pa que á los probes animales no les entrara solengua... ¡Ajo! porque son así de suyo: más sentíos y leales que los hombres mesmos. Con ese tente en pie y ese recreo, güelta al camino real: las bestias tan campantes, y yo detrás con la mostela á cuestas: la ración de los probes animales pa lo que les faltaba por bregar. Á uncir al vuelo, y palante otra vez, ¡cutres! siempre palante. Jala, jala, Pedroga y Puente-Arce allá, una suelta en Bezana por la noche, y al romper el día en Santander, pa descargar tan aína como se abrieran los almacenes. Ahí va la carga, ésta es la guía, resultaba conforme, venga el sustipendio, que se me entregaba á mí solo, por el camino y andando se hacía el reparto en el aire, dábase á ca uno su porqué debido; y á prima noche en casa, el carro en el portal, la pareja en la corte y bien trisná, y al pico del arca, por propia mano de la mujer, los tres y los cuatro napoliones de á decinueve que uno la entregaba por llegar, limpios y saneaos, como los mesmos soles, ¡ajo!... Sin más. En veces salía carga en Santander pa algún punto de la güelta, como salía de vena en Requejá pa las ferrerías de Portolín ó de Montesclaros al dir parriba; y esto más locía al resultante por mejora del peculio. Pero lo fijo era lo otro, que en sí mesmo podía beneficiarse mucho, como yo lo beneficié, ¡ajo! lo beneficié, porque sabía el cómo; me empeñé en hacelo, y me salí con ella, ¡cutres! Me salí con ella. Motivao á las vargas de acá que se subían de cargao, nenguna pareja arrastraba, sin quebranto, más de ochenta arrobas: á lo más noventa. Tres bestias, ya eran otro cuento. ¡Cutres! á buscar la tercera, decíame yo, dispierto y soñando. Y piensa que piensa y agorra que agorra, y pidiendo á réito el pico que me faltaba, compré el sacaízo. ¡Ajo! Dende aquel día, las ciento veinte, las ciento treinta y hasta las ciento cuarenta arrobas... como una seda, y los siete y los ocho duros netos, al pico del arca, á ca güelta de viaje, de viaje corto... Corto digo, ¡ajo! porque dende que tuve sacaízo, no me contentaba con Reinosa, y porteaba dende el mesmo Alar. Nueve días viaje reondo, y doscientos ríales libres, lo que menos. ¡Daba gusto, cutres, lo que se llama gusto, ajo!... Pero, hombre, ¡lo que es una bestia sola delante de una yunta y jalando con ella varga arriba! Tiene más cuenta que otra pareja más con su carro correspondiente. ¡Y qué sacaízos tuve yo siempre, me valga la Virgen de la Soledá! El último de ellos en particular, el último de ellos, ¡ajo! el último de ellos fué el pasmo de la carretería. Tasugo era de pelo, y un poco cerrao de gamas; pero ¡con una voluntá, y unas anchuras, y una firmeza de remos!... Como este brazo se le ponían las cuerdas del piscuezo cuando jalaba cuesta arriba. ¡Qué jalar de bestia! ¡Ajo! á pico de pezuña y triscando las cadenillas. ¡Las cadenillas, cutres! porque yo nunca quise los tirantes de cuartajo, que á lo mejor se podrecían y le dejaban á usté en blanco en la varga de más empeño... ¡Ajo! siempre cadenillas, como hombre avisao; y por serlo, tuve yo siempre en su punto toos los avíos de carretero... Una vez me tentó la cubicia y llegué hasta Palencia. Tardé quince días en dir y venir: me salió mal la cuenta, y no golví más. Á lo tuyo tente, dice el refrán, y á lo mío me tuve, al camino trillao... Á lo mío... ¡Ajo! mío hasta que me lo robaron, ¡cutres! esos ladrones de pelo rojo, amparaos por malos españoles de acá... ¡Mal rayo los parta, cutres! mal rayo los parta, amén, y por los riñones, ¡ajo!... Lo digo y lo siento, ¡cutres!

Y bien demostraba que no mentía el hombrazo, según lo que golpeaba el suelo con el garrote y encandilaba los ojos y se revolvía en la butaca. Dile la razón antes que me diera él un disgusto serio; y después de calmar un poco sus iras, á mis nuevas instancias continuó refiriéndome sus desventuras en estos términos:

—Muerta la carretería en cuanto el tren anduvo de veras, cosa que ni viéndola podía yo creer, ná se me amañaba en casa, ni descurría ónde ganar una peseta... la peseta, ¡cutres! la peseta que hace falta en el arca del probe pa el tercio que cae, pa el vestío nuevo, pa la media suela... ¡ajo! pa lo que no da la tierra de por sí, por mucho que se ajonde en ella. Por remate de fiesta, las parejas de porte, como ya no los había, abajaron un espanto, y tuve que vender en ochenta lo que me había costao ciento y más. De esa probeza pagué los empeños en que estaba; y si no me quedé á esquina, como los marinos, jué porque nunca eché como ellos, de un solo golpe, too el tocino en la puchera. Pero quebrantao, eso por la metá del eje, más que menos... ¡Ajo! sacabó el cantar, sacabó el respingo y sacabó la vida alegre. Anochició de repente pa mí, y no ha güelto á amanecer hasta la hora presente... Ni amanecerá, cutres, ni amanecerá hasta que las cosas güelvan aonde deben golver... Y golverán, ¡ajo! porque es de ley, y pa hacer josticia está Dios en los cielos. (Pausa larga). El golpe jué de muerte, créalo usté, pa mí y pa muchos, ¡ajo! pa muchos que le lloraron y le lloran como le lloro yo. Hombre hubo de ellos... eso es doler en lo vivo... y eso es ser hombre, ¡ajo!... campurriano era y amigo mío fué, gran carretero, anque de llano: de Alar á Reinosa. Neles le llamaban, por llamarse Nel, como á mí Cutres por esta maña que siempre tuve de decirlo tan á menudo, sin saber por qué ni poderlo remediar. Digo que se llamaba Neles[4], y quizaes lo sepa usté, porque el caso hasta en papeles anduvo. Pos este campurriano cogió tal duda y tema al tren recién estrenao, que una noche le salió al encuentro allá en su tierra, y, ahijá en mano, se empeñó en tichale atrás. El hombre, es claro, quedó hecho una torta allí, lo que se llama una torta, ¡ajo! pero la voluntá jué vista, y la muerte con honra: cutres, con muchos hombres como él, á ver si nos entraban moscas á la presente... Pero ¡mi güela!... Los días pasaban, y de malo á pior. En estas jonduras negras, ná me salía por derecho, y too lo juí viendo patas arriba, como Pateta me lo arreglaba, por remate de la obra de los herejes del tren. Murióseme la mujer, casáronseme los hijos y quedéme solo en casa, solo en el lugar, y aticuenta que solo en el mundo entero. ¿Qué me iba ni qué me venía ya en toas las cosas de él? Otros los pensares, otros los sentires de las gentes, otro el vestir, otro el calzar, otro el peso, otra la medía... ¡ajo! hasta el dinero jué otro de la noche á la mañana. Ahí están esas décimas, que en los jamases pude entender. ¿Quién las trijo? ¿para qué sirven, si no es pa golveme loco en ca peseta que me cambean? ¡Ajo! á mí, á Cutres, que era un viento pa sacar las cuentas de cuartos-riales... Pos ya, ni riales ni cuartos... ni cuentas que sacar, ¡ajo! si no es la que han de dar á Dios los desalmaos que tienen la culpa de lo que pasa de estonces acá... Por explayarme un poco, aunque me rebajara en ello, eché un porte el mes pasao con fierro pa los Corrales, cosa de un señor tocayo de usté, á lo que supe, bien trisnao de estampa y parcialote de genial, la verdá sea dicha. Veinticinco años largos hacía, ¡cutres! que yo no pisaba aquel camino, de la villa pallá. ¡Ajo! ¡Nunca yo hubiera caído en la tentación de golver á pisale! ¡Qué soledá la suya! ¡Qué caserío aquél tan sin sustancia, que nunca se había visto allí! Y aquellos portalones tan largos, de otras veces, viniéndose á tierra quebrantaos; y las tabernas pegantes, punto menos, con ortigas en la puerta cerrá, y bardas y jalechos en las rejas de la ventana podría... ¡cutres! daba vergüenza miralo; y por no ver afrentas como ellas, me emboqué en el carro, cogí el sueño y no disperté hasta los Corrales... Estando allá, pasó él... él mesmo, ¡ajo! con un runflar, y una jumera, y un tronío fantesioso... ¡ajo! lo mesmo que si juera suya y no de nusotros la tierra que iba pisando... ¡Cutres! si le caeron la metá siquiera de las maldiciones que le eché, no llegó á Bárcena sin despeñarse, ¡ajo!... ¡Pos dígote la ciudá! Yo conocía el muelle canto á canto y casa á casa. De punta á punta no cabían los carros en él; los picos de los sacos de harina asomaban por las ventanas de los escritorios, y la mar se acanzaba con la mano en toas partes. ¡Ajo! vete á verle hoy; de puro largo, se pierde de vista: búscame el carro, búscame el almacén... búscame la mar, que no se acanza á ver por nengún lao, como si la hubieran sorbío los herejes del tren; y tómate portales como iglesias, y tómate tropeles de birlochos disparaos... Respetive á lo del pueblo, bien lo sabe usté. Yo soy allí el forastero. Ni caridá pa mis años, ni josticia pa la poca hacienda que me queda. ¡Ajo! esto es el Evangelio. Jurga de acá, jurga de allá; quiero defenderme y defender lo que es mío, y luego resulta, ¡cutres! que tampoco rige ya pa mí la ley que ampara á los demás. ¡Ajo!

—Pero, hombre—díjele aquí, á riesgo de echarlo todo á perder,—si desea usted vivir en paz con sus convecinos, ¿por qué no toma como ellos, y como todo el mundo, las cosas conforme son y los tiempos como vienen? ¡Cuantísimas veces se lo tengo aconsejado á usted!

—¡Ajo!—me respondió dando en el suelo un tremendo garrotazo—tantas como he respondío yo que no puedo amañarme con esas cosas ni con esos tiempos; y que quiero que cuando güelvan los míos me alcuentren en el mesmo ser y estao en que me dejaron, ¡cutres!... ¿Acabó usté de entendelo?

—Sí, señor—le respondí para concluir de una vez, aunque fuera á linternazos;—y porque lo tengo bien entendido, no me sorprende lo que le pasa á usted tan á menudo... por necio, por cabezón, por... Vamos á ver—añadí, sin pizca de temor á los visajes que hacía Cutres, picado ya de la barbarie ciega que le estaba acometiendo,—¿á qué ha venido usted hoy?... digo, ¿por qué ha venido? ¿Cómo se ha resuelto usted á hacer hoy lo que no ha hecho en tantos años, sin que haya un motivo especial que lo justifique?

Se desbordó el hombrazo para responderme; se desbordó como en los accesos más impetuosos de su atrabilis. Las primeras oleadas no fueron más que estruendo y algún ajo que otro perceptibles. Trasteándole con paciencia y con cuidado, logré averiguar que había venido porque, al decir de su vecino Güétagos, el alcalde no iba á Ceuta ni el gobernador á la cárcel, porque yo estaba pasteleando con los dos, y «quizaes» trabajando para comernos entre los tres la «probeza» que le quedaba á él, á Cutres. En otros tiempos me hubiera dado la queja por el correo; pero, tras de haberle llegado muy al alma la noticia, de día en día se iba encontrando «menos amañao pa el relate» por escrito y el manejo de la pluma. Además, le había asegurado Güétagos que eso del tren andaba de mal en peor, casi á punto de fenecer; y como yo tardaba en ir por allá, se había resuelto él á venir para «tomar lenguas antes con antes, y según era debido», sobre cosa de tanto bulto.

Armándome de paciencia, comencé por afirmarle que todo «lo corrido» sobre el tren, era la pura verdad: no podía ya con el rabo, le consumían las deudas y las desazones, y á la hora menos pensada dejaría de rodar, y volvería á imperar la carretería como en los tiempos de sus mayores pompas. Súpole como á gloria lo afirmado por mí, y á cuenta de este alegrón, le di sobre el otro caso una recorrida de las buenas, por necio, por irracional y por desagradecido.

Me falló la cuenta, porque borrada la primera impresión con el escozor de la segunda, se puso que ardía; y ardiendo estaba, á su manera, cuando, por haber sonado de repente el timbre del teléfono, que estaba á media vara y casi á plomo de su cabeza, le vi enmudecer y contraerse todo, revolver los ojos azorados, hundir el pescuezo entre los hombros, y, por último, esparrancarse y salir, hecho un ovillo, de la butaca, para mirar desde afuera hacia el punto en que se producía aquel estrépito, que continuaba á más y mejor, mientras yo me complacía en estudiar sus efectos de asombro, de sorpresa y hasta de pánico, en la naturaleza medio salvaje de Cutres.