Ya estaba clavado mi hombre. Expliquéle, como mejor pude lo que era un retrato de medio cuerpo de un hombre que le tenía cabal, sin que Cutres cayera de su burro, por supuesto, y le señalé otro detalle del cuadro.

—Esto que usted cree un puente cascado, es un pedazo de una iglesia célebre que está en Cervatos, cerca de Reinosa.

—¡Reinosa!—exclamó estremeciéndose.

—Sí, señor—añadí ahondando en la herida abierta:—Reinosa. Todos estos peñascos, y estos montes algo nublados, y este tronco viejo... y hasta estos patucos que se bañan en esta poza, son cosas de por allá, de Reinosa; y escondido en estos repliegues de los montes, irá el camino real que tanto ha trillado usted.

—¡Treinta y dos años hace—exclamó en un mugido que retumbó en toda la casa,—días más que menos, que no le pisan los mis pies dende Corrales pallá!... ¿Se puede vivir así? ¿No es hora ya de que cambeen las cosas? ¡Ajo! ¡Ladrones dilapidaos!...

Templéle un tanto las iras, porque no me convenía tampoco que se dejara llevar de ellas en el terreno en que le tenía ya; y con la ayuda de ciertos toques cuyo buen efecto conocía yo por la experiencia de su trato, le encarrilé blandamente por donde me proponía, seguro de oirle lo que ya me había contado cien veces, pero también de apartarle con ello del negocio de los expedientes; y eso que no dejaba de interesarme el porqué de su venida á tratar de ellos pico á pico conmigo en la ciudad.

—Aquello era las Indias, ¡las puras Indias, cutres!—llegó á decirme, echándose el sombrero atrás, animado el rostro sombrío y con las dos manos sobre el garrote chamuscado. —Yo espencé el trajín de mozo, con el carro de mi padre: le gané un platal diendo y viniendo... ¡ajo! lo que se llama un platal. Me casé en su día: la mujer llevó algo de por sí, yo tenía otro poco por mi padre; jallemos quien nos diera á renta lo demás, y como dos pepes, ¡ajo! como dos pepes caímos en la casería... Dos vacas de vientre, una pareja tudanca de lo mejor de la feria... ¡Cuarenta doblones pagó el amo por ellas! Había entonces con ese dinero pa mercar un navío de tres puentes. La pareja curriente, treinta doblones, menos que más. No se conocía el carro de rayos que anda ahora: la carreta de Penaos, que costaba una onza, ú el rodal de maera que no pasaba de cuatro duros: la carreta, por estrechuca de llanta, se comía las ganancias en potargos: el rodal de maera, con una llanta postiza, daba mejor cuenta, y eso se estilaba entre los que más, salvo los marinos de Bezana y por ahí, que se metieron en lujos de carros con galga, parejas dobles, mantas y atelajes que tenían que ver, pollos y chorizos en las sueltas; y así salieron ellos al finiquito, cutres, cuando la cosa paró: en cueros vivos y á la temperie del camino real, que ya no daba un . Nusotros, pa un por si acaso, siempre guardemos el quinto pa el alma, como el otro que dijo... Á lo que iba: la mujer (que Dios haya perdonao) era un brazo de mar, lo mesmo con hijos que antes de tenerlos; de modo y manera que, al irme yo á porte, no se conocía la falta en casa, porque ella remaba por los dos y amenistraba por deciséis. Salíamos, de cada golpe, los ocho ú los doce carros del lugar, en ca compañía. Un sujeto de ellos, el más curriente y avisao de pluma, llevaba el gubierno, con voz y mando, pa la carga en Reinosa y el cobro de la guía en Santander. Siempre juí de éstos, cutres, siempre, por sujeto leal y socorrío en cuentas de retaporción. Pues, señor, que dos días de repaso á la pértiga y al rodal; que amaña esta trichoría; que pon este verdugo; que el encañao del toldo, y la jabonera en su punto; que llegó la hora; y el jabón á la jabonera, y los garrotes del pienso colgaos de los armones detraseros, y la saca de ceba aentro... y hala pallá, cutres, con la pareja enmantá, el eje bien enjabonao por la calentaera, pa que no cantara, porque si allegaba á cantar, multaban los camineros... multaban, ¡ajo! multaban... y con mucha cuenta y razón, ¡cutres! que á cantar ca carro de aquella senfinidá de ellos, cosa juera de no poderse vivir en los vecindarios transeuntes... ¡Santísimo Cristo de mi padre, cómo estaba aquel camino real por aquellos estonces de la pompa de la carretería!

La repentina visión de ello debió de deslumbrar á Cutres, porque al mencionarlo se llevó las dos manazas á los ojos, dejando caer el palo entre las piernas; y así estuvo á obscuras un buen rato, bufando como un jabalí y balbuciendo palabras que yo no le entendía.

—Le digo á usté—continuó enderezándose y volviendo á empuñar el garrote,—que había veces que no sabía uno cómo enrabarse en la ringlera al abajar al camino, ú al salir de la suelta, porque no se jallaba un claro por onde meterse. Aquello era el sinfinito de carros por las dos orillas, diendo él un rosario, y otro que tal golviendo. Lo que á mí me entraba al ver aquel trajín... y al agolerle, ¡cutres, al agolerle tamién! sí, señor, porque agolía: agolía el aire como á jabón recalentao, de tantísimos ejes, con su punto, además, de vaho de las tabernas... Lo que á mí me entraba estonces, no es pa dicho con palabras. Lo mesmo era verme allí, ya me tenía usté con la ahijá por los hombrales, los brazos por encima de ella, colgando dispués palante; y toná va y toná viene, al andar de la pareja y á la vera mesma del carro... Un puro silguero, vaya, porque no cerraba boca en lo mejor del camino. Los otros compañeros, en escomenzando yo, se me iban arrimando poco á poco; y éste ahora y el otro dimpués, acababan por entonar conmigo toos ellos. ¡Offf! ¡Ajo!... y sépase usté, por si no lo sabe, que siempre y en toas partes era yo estonces lo mesmo. Yo nunca supe hasta dispués lo que era la malencunía negra, como ésta que me viene consomiendo y acabando malamente, por culpa de las picardías de otros hombres que han güelto lo de arriba abajo en las cosas de la tierra... ¡Mal rayo los parta, cutres! por la metá de los riñones, ¡ajo!

Viéndole temblar de ira y con los ojos casi cerrados ya, señales infalibles de sus malos propósitos de largarse otra vez por los cerros de su barbarie, atajéle de prisa, pero con sumo cuidado para no embravecerle más.