—Á manera de puente cascao—dijo al fin, después de mirar el dibujo con la cabeza entornada, tan pronto á un lado como á otro, la boca muy abierta y haciendo embudos con los labios.—Y si no lo juere—añadió sombrío,—que no lo sea. Á mí, ¿qué cutres me va ni qué me viene en ello? ¡Ajo! En esas penturucas con que tiene apestá la casa de allá, y la de acá por lo que veo, gastará usté los dinerales que estarían mejor gastaos en sacar avante la hacienda ultrajá de un probe como yo. ¡Cutres! Á ver cómo anda eso vengo, ¡ajo! y no más que á eso.

Se me iba, se me iba el salvaje por los cerros de su gusto, si no me apresuraba á atajarle.

—Mire usted, Cutres de los demonios, cabezón y testarudo—díjele apuntando al mismo tiempo con el dedo,—¿ve usted esta figuruca de hombre, metida en una O grandona?

—Pué que la vea,—respondió volviendo á mirar como antes.

—Pues es la estampa de un campurriano.

—¿Por ónde es campurriano eso, cutres?

—Por la cara, por la gorra de pelo, por la pipa, por la capa...

—Por el... ¡ajo! ¿Ónde están los zajones? ¿Ónde están las albarcas de pico entornao? ¿Ónde los escarpines negros con botonaúra?

—¡Otra te pego! ¿No ve usted que esto es un retrato de cintura arriba?

—Y ¿ónde se han visto campurrianos que no tengan ná de cintura abajo, cutres? ¡Y si habré visto yo compurrianos en mi vida!... ¡Ajo!