Mandé que le hicieran entrar; y entró, poco á poco, á paso de buey, marcando con dos golpes cada pisada de sus enormes borceguíes; en la mano un palo corto, rayado á fuego; vestido de paño pardo y con camisa de estopilla, á la moda de treinta y cinco años atrás. Guardó en un bolsillo del chaleco la punta apagada del cigarro que traía entre los amoratados labios, para darme los buenos días, sin pensar en descubrirse la cabeza; y del modo que ya se le ha descrito, desde el vano mismo de la puerta, donde se quedó parado, me disparó la andanada; pero, en honor de la verdad, no con la artillería gruesa. Así y todo, se llenó el cuarto de ruidos, y temblaron dos cristales mal seguros en sus mortajas. No le entendí una palabra, porque no hubo injuria, ni interjección, ni desvergüenza; lo cual era de agradecer, y se lo agradecí.

Mirándole y admirándole y gozándome en contemplar su estampa original y pintoresca, dejéle que se desfogara á su gusto; y cuando ya abrió los ojos y pudo mirarme y verme, con señas y ademanes expresivos le invité á que pasara más adelante y se sentara cerca de mí. Pasó y sentóse, poco á poco, muy poco á poco, y al carel de la butaca arrimada á la pared, casi debajo de un aparato telefónico, por más señas. ¡Qué acabado estaba el pobre hombre! ¡qué viejo, qué acartonado y rugoso, y cómo olía á humo de cocina, de cuyo fuego eran señales las cabras que se le veían en las enjutas canillas por debajo de las campanas de sus perneras!

Estando así sentado, quedaba enfrente de él, y muy cerca, el cuadro de que íbamos hablando, colocado sobre una silla, tal como yo le había puesto para contemplarle á mi gusto.

Pensando en la manera de conjurar aquella tormenta que se me había venido encima de repente, en el breve espacio de silencio durante el cual tuvo mi hombre clavados los ojos en el cuadro, y andaba yo con los míos del cuadro á él y de él al cuadro, acordéme de que en la naturaleza bravía é irracional de Cutres había una cuerda sensible y entonable con el sentido común y el lenguaje humano, y traté de herírsela, para distraerle un poco del asunto que le había sacado de casa, á pie y andando, por las señales del barro blanco de sus borceguíes, y por constarme bien que no se movía su cuerpo de otro modo, ó en carro de bueyes... ¿El tren?... Primero el coloño de espinos, «arrastrao por las patas, ú la horca mesma».

—¿Qué le parece á usted esto?—díjele corriendo más hacia él la silla en que estaba el cuadro.

El hombre, que aunque le miraba no le veía, se encogió de hombros por toda respuesta. Contaba yo con ello, y le añadí:

—Mírele bien, que hay algo ahí que le interesa á usted.

—¿Á mí?—exclamó entre admirado y desdeñoso.

—Á usted.

Volvió á encogerse de hombros, y volví yo á insistir en que mirara bien, metiéndole el cuadro por los ojos.