Conste que no lo puedo remediar, y vamos al caso.
Pregunté qué hombre era el que me buscaba, y me respondieron que «uno muy oscuro», que se llamaba no sabían si Blas ó si Juan, si Roque ó si Gómez, porque el hombre no se dejaba entender.
No caí en la cuenta por estas señales. Pedí algunas más, y á poco rato me dieron estas otras:
—Dice que es Cutres.
¡Cutres! ¡Cutres en la ciudad! Lo menos hacía veinte años que Cutres no ponía los pies en ella. ¿Qué río se había salido de madre, ó qué monte se había desborregado en el lugar? Porque, vistos los antecedentes de Cutres, y conocidos como yo los conocía, se necesitaba un verdadero cataclismo para hacerle salir de sus enroñecidos quiciales. De cualquier modo, con la visita anunciada había para que me temblaran las carnes; porque Cutres era de los hombres «de allá» que más me daban que hacer. Siempre tenía en tramitación dos ó tres expedientes, dos juicios de faltas «para el sábado que viene», y otros tantos en apelación; y todo ello por ser Cutres el hombre más testarudo que ha nacido de madre; por el condenado empeño de hablárselo todo él solo, después de forjarse las cosas á su gusto en la empedernida mollera. Oía ó soñaba el agravio, la reclamación ó el consejo; bajaba la cabezona hirsuta, fruncía las cejas grises, cerraba los ojos mortecinos apretando mucho los párpados... y allá va esa descarga de sonidos broncos, desconcertados y feroces, intraducibles en ideas ni en palabras. Se le llamaba á la razón con templadas reflexiones para explicarle el caso, para que oyera, cuando menos. Peor. La interrupción le cegaba más, y el zumbar de su palabreo incesante y confuso, llegaba al mugido del torrente en el fondo de una sima. De tiempo en tiempo, un estampido, una detonación, como si estallara algo allá dentro. Era una interjección, ó una desvergüenza, ó una injuria: «¡Ajo!... ¡La tal de tu madre!... ¡Ladrón!... ¡Saca-mantas!» Lo único que se le entendía claro en sus tremendos desfogues; y como había testigos, y él no escuchaba á nadie ni quería «volverse atrás de lo dicho», demanda «al consiguiente», y á juicio verbal «el sábado que viene». Á este tenor, sus negocios con el Municipio ó con la Hacienda; y expediente al canto... y á mí con el mochuelo al otro día, de palabra si me hallaba á la vera, ó, si en la ciudad, por el correo, en letras como perojos, que parecían hechas con la ahijada, sobre papel de hilo barbudo, y cerrada la carta con pan mascado.
¡Y este hombre había sido risueño y campechano, cantador y bailarín, la alegría del lugar!... hasta que se acabó «la carretería». Desde entonces, y por eso sólo, se hizo esquivo, lúgubre y desapacible, y se declaró en guerra implacable con todo el género humano. El mundo ya no andaba para él, ni las cosas que pasaban eran valederas ni producían derechos para nadie. Todo estaba fuera de la ley, incluso el tiempo, considerado por Cutres como una suelta, más ó menos larga, que tendría su fin más tarde ó más temprano, llegado el cual, volvería él á uncir... y hala con lo tuyo por el camino de siempre.
Pero la suelta duraba y duraba... y duraba, y el peso de los años que corrían, aunque ilegales, iba quebrantándole los bríos, arrugándole el pellejo y encorvándole los hombros. Él tenía fe ciega y tenaz en la vuelta de las aguas al abandonado cauce; pero ¿cuándo sucedería eso? Al paso que iba desmoronándosele la armazón, que fué de encina brava en otro tiempo, cuando se tocara á uncir de nuevo y á preparar la mostela, ¿tendría él agallas ya para subirla al carro?
Y esto le impacientaba y le consumía, y con ello iba haciéndose, de hora en hora, más feroz é inaguantable.
Á la sazón de preguntar por mí, tenía por acá tres expedientes dormidos en los respectivos centros; expedientes forjados á su manera sobre soñados atropellos del municipio de allá. Se habían dejado dormir de propio intento y por obra de caridad, porque el menos improcedente de todos ellos contenía descomedimientos y crudezas de sobra para dar que hacer en el asunto, por razón de desacato, al juez de primera instancia. Cutres no quería entenderlo así; y en su empeño obcecado de ver en Ceuta al alcalde, y en la cárcel al gobernador que «le encubría», me había puesto á mí para pelar cincuenta veces, de palabra y por escrito, suponiéndome primero tibio en ampararle á él y, por último, cómplice y encubridor de «los otros», por lo que se me pudiera pegar, «si á mano viene».
¿Había ó no para que me temblaran las carnes al saber que Cutres estaba en la ciudad, y á la puerta de mi casa, resuelto á verse conmigo?