NOTAS:
[3] Estas cuartillas estaban destinadas á un periódico extraordinario de gran lujo artístico que, con el título de Charitas, había de publicarse en Barcelona bajo la dirección del eminente poeta catalán Francisco Matheu, á beneficio de los damnificados por los últimos y memorables terremotos de Granada, y que al fin no se publicó por insuperables dificultades nacidas de la magnitud misma del proyecto.
CUTRES
CUTRES
L dibujo era de mi pertenencia, por espontánea é inmerecida generosidad del artista, como constaba y consta en la dedicatoria al pie, de su puño y letra; lo cual, por sí solo, le daba ya, en mis adentros de hombre agradecido, un valor excepcional. Pero con ser este valor tan grande, aún me parecía mayor el que tenía en absoluto el cuadro, considerado como obra de arte y como primera y palpable revelación, á mis ojos, de los talentos del artista, mozo santanderino, en quien el delicado sentimiento de la tierruca madre no se ha embotado ni se embotará jamás con el roce continuo de la jerga ramplona de los alegatos en papel de oficio; como no ahondarán los barnices de la vida madrileña en la epidermis de su cepa campurriana.
Me complacía yo en pensar esto del artista en presencia de su cuadro, y en creerlo á pies juntillas, porque, para mí, es innegable que ciertas delicadezas de estilo no pueden tenerse sin una exquisita afinación del sentimiento de la cosa tratada; inquiría, como lego, los procedimientos seguidos por el dibujante para lograr aquellos efectos de verdad y de hermosura en su obra; admiraba tan pronto lo acertado de la composición como la destreza de la mano ejecutora del pensamiento; regocijábame en hacer con el mío rápidas excursiones al campo del arte montañés; contaba y clasificaba á los artistas por orden de géneros y hasta de edades; resultábame de tan varias, independientes y ricas manifestaciones, una tendencia común, una perfecta unidad final, como resulta en la fábrica del gallardo monumento con todas y cada una de las partes que le componen y que tan diferentes parecían entre sí, desparramadas y en manos de los artífices que van dándoles la forma determinada por el arquitecto; colábanse por este resquicio la idea de la escuela, el esbozo de la región; algo de lo que puede haber en estas ideas de ilusorio, por espíritu de raza ó por embriaguez patriótica; mucho de lo que, aunque irrealizable, tiene de bueno el achaque, por lo fecundo que es en nobles empresas y en generosos esfuerzos locales, que, á la postre, lucen en beneficio y en gloria de la patria común... en fin, hasta pesaba y medía el cuadro, que ya era mío, recordando sitios y espacios, para elegir el más conveniente para colgarle, cuando se me dijo que preguntaba por mí «un hombre de allá».
Hay que advertir que estos «hombres de allá» siempre llegan á mi casa (y llegan cada día desde los de mi mocedad) á la hora y en las ocasiones menos á propósito para entender yo con paciencia en los roñosucos «particulares» que los sacan del lugar: por lo común «expidientes» que «no corren» en estas oficinas; diferencias sobre intereses con el convecino; juicios en apelación al juzgado de primera instancia; cartas de recomendación para el preste Juan de las Indias, ó para el mismo príncipe de los apóstoles, portero de la gloria celestial, «motivao al muchacho que anda por los mundos» y desea mejorar de fortuna, ó á «la defunta que fallició» la víspera y pudiera, «con un buen empeño», verse libre de las penas del purgatorio; á menudo, porque la cogecha ha sido mala, el perdón de la renta ó el anticipo «pa salir avante del mayor apuro á la presente»; la fianza para aquello ó el consejo para lo otro, y así, por este orden, hasta los pajaritos del aire ó los cuernos de la luna, porque, los benditos de Dios, no se paran en barras, puestos á pedir lo hacedero y lo imposible.
En todos estos casos, relates eternos y digresiones interminables; los puntos litigiosos, sacados á tenaza por mí; salivazos en el suelo, tres libras de barro molido y estirado á pisotones sobre el hule, mal herido, además, por las tachuelas de los blindados borceguíes, y una humera, densa y asfixiante, del tabaco más malo que puede suministrar la Dirección de Estancadas, puesta de intento á darlo de lo peor... Vamos, que me cuestan un sentido, en todos conceptos, esas benditas gentes, que, por remate y «finiquito», no me lo agradecen tanto así... ¿Agradecer dijiste? ¡Buenas y gordas! Gracias que no se me responda lo que cierto compadre á quien yo ponderaba los sudores y congojas que, en dos meses de brega, me había costado poner en claro un derecho suyo desconocido en determinado centro oficial: «Si usté, al meterse en lo que no le importa, supiera teclear como es debido, más pronto... y mejor quizaes, hubiera sido el resultante». ¡Y lo había ganado con costas, y yo le había servido á sus instancias y de balde... y poniendo dinero encima! De veras: hay para pegarlos, muy á menudo. Pues así y todo, sufro y estimo, ¡qué estimar? amo á esos «hombres de allá», por el más sarnoso de los cuales me lío la manta al brazo á cada hora, para habérmelas con el lobo mismo, como si la oveja fuera de mi rebaño, sangre de mis venas, ó fibra de mis propias carnes; y frecuento oficinas, y escribo cartas, y molesto á los amigos, y aburro al más paciente y estimado de todos ellos, ¡yo que jamás he «incoado» un expediente propio en ningún centro del Estado, ni por asuntos de mi pertenencia he dado los buenos días, en todos los de mi vida, al más modesto funcionario!