—¡No seas cubicioso, hombre!...

—Pues un perro chico.

—¡Si no lo hay en casa!... bien lo sabes tú. Mes y medio hace que no conozco al rey por la moneda. Las últimas que tuve se las llevó el cobrador por el último tercio... porque pa eso las guardaba... De lo colgao comemos, y gracias que hay un poco de ello. ¿Quieres una parte? De corazón la ofrezco.

—Lo sé por demás. Pero sonante se quiere, y sonante ha de ser, aunque sea poco.

—Pues de eso no tengo á la presente... ni barrunto que lo halles en todo el lugar: cuando venda la novilla, para pagar con las ganancias, si las da, las rentas al amo de ella y de las pocas tierras que labro, del sobrante te daré lo que pueda, aunque yo lo coma de menos ese día.

—¿Y no das más por la presente?

—En sonante no más que eso, y una buena voluntá para el día de mañana.

—Pues ésa te apunto, por lo que sea.

Y yo se la garantizo, porque le conozco mucho; y además, ofrezco por él, para las páginas de Charitas, estos renglones que taso, si no le parecen caros á mi amigo Matheu, en un perro chico, moneda con que ya se conformaba el alcalde.