Cuando dieron por terminados sus quehaceres de la mañana y vieron que les quedaba algún tiempo sobrante hasta la hora de comer, quiso Pachín llegarse «hacia los otros muelles» para ver más de cerca su vapor. Deseaba conocerle «por afuera» antes de visitarle por adentro, y bien despacio, por la tarde.

Volviendo de esta excursión, que hacía de mala gana su madre, porque estaba rendida de dar vueltas por la ciudad, como la ardilla en su jaula, oyeron decir á unos hombres que miraban con fijeza á un vapor que estaba atracado á la cabeza de uno de los muelles:

—Dicen que se le ha declarado fuego á bordo.

Estremecióse la buena mujer, y exclamó con los ojos puestos en Pachín:

—¡Que el Señor te libre, hijo mío de mi alma, de peligros tales! Pos, mira, no había contado yo con ellos.

—También las casas se queman—respondió Pachín empujando suavemente á su madre para alejarla de aquel sitio, pero sin apartar la vista del barco.—Por lo pronto—añadió, queriendo chunguearse,—ahí me las den todas... y vámonos á la posada, que ya es hora de comer.


Á gloria les supo la comida con el hambre que llevaban y la sazón que le dió aquel comensal que había de ser compañero de viaje de Pachín, hombre ya duro de colmillos, que iba á la Habana á recoger la herencia de un pariente muerto allá, y muy hecho, según afirmaba, á navegar por «los mares de acá». Todo lo pintaba llano y placentero como la palma de la mano; y en cuanto á los incendios de los vapores, tras de no ocurrir dos en medio siglo, eran tan fáciles de apagar con las «maquinarias» que hoy se llevaban á bordo solamente para eso, como aquel pitillo que él estaba fumando, en cuanto le metiera por la punta encendida en el agua del vaso que tenía delante. Y como lo afirmaba lo hizo. Con esta demostración y aquellas seguridades, á Pachín le irradiaba la cara de complacencia, y respiró su madre con entero desahogo; de manera que mucho antes de acabarse la comida, ya habían perdido el uno y la otra hasta el recuerdo del vapor, con fuego á bordo, atracado á uno de los muelles de Maliaño.

Sin levantarse de la mesa arreglaron el programa de la tarde. Primeramente irían al vapor suyo, al cual no habían llegado por la mañana para verle por fuera á su gusto, porque, puestos á andar hacia allá, iba resultando el camino más largo de lo que aparentaba visto desde lejos, y ellos estaban ya muy rendidos y con grandes ganas de comer. Le verían, pues, á la tarde, por afuera y por adentro; se acercarían al capitán, billete de pasaje en mano; conocerían el camarote que se destinaba á Pachín y cuanto les dejaran ver de las maravillas del barco, y averiguarían cuándo debía presentarse á bordo con su baúl el pasajero, y á qué hora saldría el vapor al día siguiente. Después de hacer esto, y de hacerlo bien, porque era su principal negocio de aquel día, volverían á la ciudad y visitarían, si daban con ella, á Juana Cornejo, hija de tío Juan Cornejo, su convecino, que les había rogado mucho esta visita á la mozona, la cual servía en casa del señor don Pedro Redondo, viudo, sin otras señas, y andaba (la moza) algo olvidada de su familia de año y medio á aquella parte. Luego irían á dar las gracias al tabernero influyente que tan bien les había servido por la mañana, y hasta suministrado los informes necesarios para rastrear el paradero de Juana Cornejo, no tan á la vista como su padre pensaba. Hecho esto, si era posible, comprarían algunas baratijas que necesitaba Pachín y le regalaba su madre para ornamentación de su persona; verían la Catedral, si estaba abierta... y, en fin, irían aprovechando, para sus ya escasos negocios, y entretenimiento y recreación de sus espíritus, las sobrantes horas del día y las primeras de la noche, minuto á minuto é instante por instante, como si fueran los últimos de la vida.

El huésped consabido de la posada y comensal de ellos en la mesa, y que parecía una buena persona, les convidó á café después de la comida; agasajo que no aceptó Pachín sin la condición de que el otro aceptara el obsequio de un puro de diez céntimos y una copita de Ojén. Con este motivo se prolongó la sobremesa algo más de lo calculado; y cuando el hijo y la madre se vieron en el portal de la posada y se despidieron del comensal, que se largó con rumbo opuesto al que ellos iban á seguir, oyeron que daba las dos el reló de la Catedral. Afortunadamente había tiempo para todo, y no se apuraron gran cosa por el desperdiciado en el comedor.