Por sentar Pachín los pies en la acera, comenzó el diablejo de su meollo á darle que hacer. ¡Ni en aquellas horas críticas sosegaba el arrastrado! Al contrario, cuanto más se iba aproximando el instante de la despedida final del pobre muchacho, con mayor ahinco le sentía trabajar en su cabeza.

—Mira, Pachín González—le dijo entonces,—y fíjate bien en la calle por donde vas: qué angosta, qué vieja es; qué sombría, qué silenciosa y qué solitaria está, como todas las que arrancan de ella á uno y á otro lado; comparalas con lo que has visto esta mañana, henchido de gentes, de cosas y de ruidos. Pues esto es la muerte de algo que fué; aquello, la vida robusta y poderosa de lo que viene: lo uno es la sombra, el frío de la vejez con hambre; lo otro, la luz, el calor ardiente y vivificador de la riqueza. ¡Qué diferencia tan grande, eh? Pues atente al nuevo ejemplo, Pachín González, y no te llames á engaño mañana ú otro día, que bien avisado estás.

Andando y pensando así el hijo y siguiéndole la madre, sabe Dios con qué pensamientos, porque los tenía de todos colores la pobre mujer, pasaron de la zona antigua á la moderna, donde hasta el sol se complacía en ser más esplendente y lo bañaba todo por igual con sus rayos de oro, tan deseados y apenas vistos entre las angosturas del barrio fósil. Hasta las gentes parecían otras allí, más diligentes, más expresivas, más locuaces. Esto ya lo había notado Pachín por la mañana al verlas caminar en todas direcciones; pero le llamó bastante la atención que la actividad de por la tarde, sin ser menor que la de la mañana, se manifestaba en una forma muy distinta: casi todas las personas que iban á mucho andar, seguían una misma dirección, la de los muelles de Maliaño. ¿Por qué? Y ¿por qué cuanto más acentuaban éstas el andar, mayor era el número de las que arrastraban consigo de las otras? Era como una corriente central que iba absorbiendo poco á poco los remansos adyacentes. Pero ¿á qué fuerza de atracción obedecía todo aquel extraño movimiento? ¿Á dónde iba aquella gente tan apresurada y afanosa?

Un raquerillo desarrapado que pasó corriendo junto á Pachín, aclaró las dudas de éste, respondiendo á grito pelado, y sin detenerse, á otro camarada que le había interrogado desde lejos:

—¡Á ver un vapor que se quema atracao al tercer muelle!

—¡El vapor de esta mañana!—dijo Pachín á su madre, que se quedó en una pieza.

¡Bien enterado estaba el hombre de la posada en materias de apagar incendios en los vapores!

Sin cruzarse una palabra entre la madre y el hijo, continuaron ambos andando, ó mejor dicho, dejándose conducir como dos burbujas más en el centro de la corriente. Así llegaron á dar vista á la gran explanada donde se esparcía la muchedumbre de curiosos, sobre cuya masa, y por la línea borrosa que ésta dibujaba hacia el sur, se elevaba una columna de humo negro con toques de llamaradas rojas, que recordaba á Pachín el calero de la sierra de su lugar cuando le encendía, bien á menudo, una cuadrilla de tejeros asturianos. Al revés de lo que se observaba en los demás, la madre y el hijo acortaban el paso á medida que se aproximaban al lugar del suceso. Les imponía mucho aquel espectáculo tan nuevo para ellos, sin contar con que, como buenos aldeanos, eran tímidos y recelosos. Anduvieron de este modo un buen trecho, palpando el terreno con los pies, mirando cautelosamente en derredor y buscando siempre los espacios más abiertos y desembarazados. Pachín dirigía los rumbos, y le seguía su madre maquinalmente y como cosida á sus ropas. Así llegaron hasta las filas más avanzadas, oyendo desde allí bien claramente el siniestro resollar de la hoguera formidable, pero sin ver lo que el mozuelo deseaba por los momentáneos é intermitentes resquicios de la muralla de gente que tenía delante. Estas dificultades avivaron más sus deseos: cogió con su diestra una mano, que temblaba, de su madre, y sin apresuramientos ni violencias, se la llevó consigo, y no paró de maniobrar y de entretejerse hasta que se halló con ella delante de la primera fila de espectadores y pudo contemplar el cuadro sin estorbos. Pero como en Pachín González hasta la curiosidad era metódica, en vez de saciarla de un golpe y atropelladamente, como los glotones el hambre, quiso proceder con orden, y comenzó por averiguar, ante todo, qué barco era el que se quemaba. Cabalmente lo podía leer con suma facilidad en el tablero de popa; allí estaba su nombre estampado en letras de oro: Cabo Machichaco. Y el vapor era grande. Por uno y otro lado del muelle á que estaba arrimado, sobresalía un tercio del casco; y aunque era baja la marea, la cubierta del buque levantaba más que el tablero del muelle, enfrente del cual había un buen espacio despejado por la Guardia civil y la policía. La quema estaba entre el palo delantero y la máquina. Por aquella escotilla, por aquel ancho agujero, salían rugientes las llamaradas entre apretadas columnas de humo denegrido y espeso. Imponía mirarlo y oirlo.

No podía explicarse Pachín las razones de qué había nacido la ocurrencia de tener un barco en aquellas condiciones arrimado á unos muelles de maderas embreadas y tan cercanos á la población. Pero ¡qué sabía el pobre aldeanuco de esas cosas? Cuando así se había hecho, bien hecho estaría. Por de pronto, las medidas que se tomaban para combatir el incendio no dejaban de ser una excusa muy atendible: en lo más apartado y solo de la bahía, no hubiera sido fácil luchar contra el fuego como se estaba luchando allí desde tierra y desde el barco mismo, con todos los recursos de que se podía disponer, dentro y fuera, y una voluntad y una valentía que á Pachín le tenían entusiasmado. Bomberos, marinos, paisanos de todos pelajes... de todo había en aquella legión de trabajadores, y nadie economizaba las fuerzas ni esquivaba los peligros: el agua caía á chorros en las bodegas incendiadas, y por todos los portillos de su obra muerta entraban y salían hormigueros de hombres bien organizados que ponían á salvo del incendio, sobre el muelle, cuanto podía cargarse al hombro ó sacarse entre las manos, de las cámaras del vapor: libros, cajas, muebles, ropas, aparatos náuticos, papeles y mil cosas más, cuyo destino desconocía Pachín González en su ignorancia de aldeano de tierra adentro. Por eso prestaba suma atención á lo que se hablaba á su lado; y cuando de este modo no salía de sus dudas, se atrevía á preguntárselo á algún colateral, que nunca le negaba la respuesta. Así supo que unas cuantas personas que estaban agrupadas sobre el muelle y muy cerca del vapor, eran el gobernador civil, y los ingenieros del puerto, y el comandante general, y el coronel de las fuerzas que prestaban servicio afuera con la Guardia civil, cuyo jefe estaba allí también, y el de Marina, y el alcalde... en fin, todas las autoridades de la ciudad y de su puerto; jefes y autoridades que á lo mejor desaparecían en el barco ó entre las muchedumbres, porque en nadie había allí sosiego, ni para nadie puesto fijo ni punto de reposo. Se cruzaban á gritos muchas veces, entre los del barco y los de afuera, las órdenes y las respuestas; tan á gritos, que las entendía Pachín perfectamente, y siempre parecían mayores las inquietudes en los hombres que pudieran llamarse de casa, con relación al barco, que en los extraños que contendían con ellos.

Entre tanto la hoguera continuaba rugiendo y devorando, sin crecer ni menguar en la apariencia, como si de los elementos mismos que contra ella se empleaban, se nutriera su voracidad. Algunas veces, sin embargo, se acentuaban los mugidos del incendio, se estremecían, alargándose, las llamaradas, y salían las columnas de humo entre guirnaldas y ramilletes de pavesas crepitantes. No parecía sino que andaba hozando algún monstruo en los profundos de aquel enorme brasero. ¡Aquel brasero! Precisamente era el tema que más daba que hablar á los curiosos inmediatos á Pachín. ¿De qué se alimentaba aquel brasero? ¿Cómo se concebía que siendo de hierro el casco del vapor, de hierro su costillaje y armadura, de hierro, según se decía, la mayor parte de la carga que contenía en la bodega incendiada, llevara ya el incendio más de cuatro horas, sin la menor señal de extinguirse, á pesar de los esfuerzos con que se le combatía?