En estas investigaciones se andaba, cuando la hoguera dió un respingo de gigante, arreciando hasta lo espantable sus mugidos; y coronada de humo más negro que la pez, que se retorcía y enroscaba sobre sí propio como una monstruosa sierpe enfurecida, se elevó en el espacio á grande altura. Fué aquello como un huracán que barrió de gente toda la planicie, con la heroica excepción de los imperturbables centinelas, á quienes el deber obligaba á permanecer en sus puestos á pie firme. Todos los curiosos huyeron á la desbandada, entre los alaridos de las mujeres y los ayes angustiosos de los niños, que rodaban por el suelo arrollados por la muchedumbre despavorida. Porque había allí niños también, ¡muchos niños! La tarde, por su templanza, serenidad y hermosura, tentaba á salir de casa; y una vez en la calle, ¿qué mejor campo de recreo que los terraplenes de Maliaño, con la golosina de un vapor ardiendo junto á ellos? Así resultó aquel sitio como el fondo de una sima que se fué tragando poco á poco toda la gente desocupada de la ciudad.

Pero el fenómeno que había producido la desbandada desapareció en breves instantes; cesaron los rugidos anormales, descendió la columna de fuego á su ordinario nivel, y volvieron á atacarla con mayores bríos los denodados trabajadores, que se habían quedado, en presencia del fenómeno, con el ánimo suspenso. Todo lo cual alentó á los fugitivos y les devolvió la tranquilidad y la confianza, fueron saliendo poco á poco de sus refugios y escondrijos, y avanzando en masas y en hileras hasta el lugar que les atraía con una fuerza irresistible; y cuando á él llegaron, ya estaba delante de todos Pachín González con su madre, pálida, temblorosa y sin pulsos, que le pedía, por todos los santos y santas del cielo, que la sacara de allí, donde no podía suceder cosa buena. Además, la tarde iba corriendo demasiado, y no les quedaría, dentro de poco, el tiempo que necesitaban para lo que tenían que hacer en el otro vapor, en el suyo. Á todo ello respondía Pachín con muy buenas y muy cariñosas razones; pero no raía de allí: le tenía fascinado aquel espectáculo, y no quería perderle de vista hasta ver en qué paraba. Cabalmente llegaba en aquel momento al costado del vapor otro pequeñito y negro, con gente de uniforme á su bordo, y oía él decir que eran el capitán, oficiales y parte de la tripulación del Alfonso XIII, del vapor-correo, el de los cuatro palos, fondeado en la embocadura de San Martín. Pues aquella gente tan marcial y tan gallarda, con la multitud de aparatos que traía consigo, no vendría al buque incendiado á humo de pajas. Le pidió á su madre media hora siquiera para ver los resultados que daba aquel importante refuerzo, y no supo negársela la pobre mujer.

Desde el momento de la dispersión tumultuosa, no había pasado uno solo sin que Pachín oyera hablar á su lado de las causas probables de aquel inesperado é instantáneo embravecimiento de la fogata, y de lo mismo continuaba hablándose junto á él á la vuelta de las oleadas de dispersos. También observó que por un buen rato después de aquel alarmante caso, hubo menos tranquilidad en los espectadores, él inclusive. Dominaba la creencia de que había en la bodega incendiada líquidos y materias inflamables en abundancia: latas de petróleo, por lo menos. No podían ser de otro origen aquellas tremebundas llamaradas de antes, cuya humera apestaba «á demonios chamuscados».

Hablándose de esto, fué cuando llegó por primera vez en aquella tarde á los oídos de Pachín, la palabra dinamita. ¡La dinamita! Bien sabía él lo que era: cansado estaba de verla usar en unas canteras de su pueblo. Con un cartucho solo de dinamita, se hacía rajas un peñasco más grande que la Catedral. ¡Y se daba en su derredor, como noticia comprobada recientemente, la de que en las bodegas del vapor incendiado venían centenares de cajas de dinamita. ¡Imposible! Cuando menos, debían saberlo los de á bordo; y sabiéndolo, ¿cómo habían tenido entrañas para dejar arrimado á la ciudad tan espantoso peligro, pudiendo llevarle mar afuera? Era esta reflexión tan humana y de buen sentido, que á Pachín le bastó para no dar crédito á los alarmantes rumores, como no se le daba la muchedumbre que continuaba creciendo y desparramándose tranquila y descuidadamente en todas direcciones, desde la estación del ferrocarril de Solares, hasta los últimos muelles de las escolleras.

Pero donde estaba la mayor espesura, la gran masa de gente, era en los contornos de los tres lados del vasto rectángulo, cuyo centro ocupaba el vapor que ardía; rectángulo formado por el muelle longitudinal y otros dos salientes y perpendiculares á él, y la línea exterior de embarcaciones de todas castas y tamaños, unas fondeadas allí, y otras recién llegadas en auxilio del vapor.

De toda la masa de espectadores, lo más curioso para Pachín era la primera fila de ellos, sentados al borde de los tres muelles y con las piernas colgando. La mayor parte de este apretado festón se componía de chicuelos de la hampa de la ciudad, «chicos de la calle», sin apego al hogar (los que le tienen) y á toda casta de disciplinas, las del maestro de escuela en particular; vagabundos empedernidos por las intemperies y los vicios precoces, y para los cuales un espectáculo como aquél, tan imponente y duradero, es un manantial inagotable de regocijos, y además «de ellos» y «para ellos», que no tienen otros que los de la vía pública, y de balde. Agitando las desnudas piernas sin cesar, parecían éstas los flecos de una colgadura de balcón movidos por el aire; porque la colgadura, con relación á estos adornos flotantes, la fingían bastante bien las apretadas hileras de gente que se escalonaba detrás, levantándose sobre las puntas de los pies ó encaramada en las grúas, ó en las estibas de tablones, ó sobre las pilas de grava del arrecife inmediato. En miles calculaba Pachín las personas de que se componía esta gran muralla, coronada á trechos por las rizosas cabecitas de los niños, alzados en hombros de sus zagalas para ver «la quema», una vez sola y á su gusto.

Detrás de la muralla había otra muchedumbre, pero errabunda y dispersa, con la atención repartida entre las peripecias del incendio, las hipótesis de sus motivos y los encantos del paseo en un lugar tan animado y á la luz esplendorosa y tibia de la tarde otoñal más apacible que pudiera apetecerse... En suma: que por ninguno de los términos del cuadro que dominaba Pachín desde su sitio, volviendo la cabeza á diestro y siniestro, ó empinándose sobre los pies cuando miraba hacia atrás, veía señales de temor al denunciado y formidable enemigo; al contrario, todo en su derredor y al alcance de su vista revelaba el más profundo descuido: hasta las palpitaciones y respingos de la fogata, por repetirse á menudo, habían dejado de ser temibles y empezaban á ser divertidos; al borde del muelle, junto al vapor mismo que se quemaba, el corrillo de autoridades departiendo con la mayor tranquilidad, y voltejeando á pocas varas del buque, embarcaciones atestadas de gente que no hacía falta ninguna allí. Se había visto poco antes sacar del barco varias cajas; apilarlas una por una y con gran tiento en el sitio más despejado del tablero; llegar después un carro de bueyes, cargar las cajas en él y llevarlas así, pero con mucho cuidado y custodiadas por dos policías, en dirección á las afueras de la ciudad; y, por último, había corrido la voz de que aquellas cajas eran la única dinamita que conducía el barco en sus bodegas.

—Todos teníamos un poco de razón—se dijo entonces Pachín, como se dijeron cientos, miles de personas tan interesadas como él en aquel delicado particular.—Había un poco de dinamita: se ha sacado, y en paz.

De esta sesuda reflexión había nacido la tranquilidad absoluta en que descansaban hasta los más recelosos; y en medio de ella continuó el incendio largo, larguísimo rato, dando que mirar á los incansables espectadores, y mucho, muchísimo que hacer á los que llevaban horas y horas combatiéndole sin fruto y sin descanso.

La pobre viuda aldeana, cuyos terrores habían ido trocándose poco á poco en indiferencia y después en cansancio, no sabía ya sobre qué pie sostenerse, y eso que se apuntalaba con el paraguas; y volvía á pedir por Dios á su hijo que la sacara de allí: aquello no llevaba trazas de rematarse ni de pasar á mayores; ella no podía ya con el cuerpo; habían dado las cuatro en el reló de la Catedral, y se iba acabando la tarde sin hacer los dos lo que tenían que hacer en el su barco, que era urgente y de importancia.