—La pura verdad, la pura verdad,—respondía Pachín á su madre, pero sin moverse del sitio ni apartar los ojos del incendio, en cuyo derredor, lo mismo que sobre el puente y en los portillos de la obra muerta, acababa de notarse un desusado movimiento entre las personas que allí mandaban y servían.
Al cabo, también esto perdió el interés por lo continuo y duradero; llegó á cansarse de veras Pachín, y dijo de pronto á la entumecida y buena mujer, precisamente en el instante en que el reló de la Catedral daba las cuatro y media:
—Vámonos, madre, y antes con antes, al nuestro barco, porque lo de éste ya dió de sí todo lo que tenía que dar.
Dicho esto, cogió de un brazo á su madre, y sin soltarla, abrió brecha en el muro de gente por el intersticio más próximo, y pasó á la otra parte, desde la cual, y no bien puso los pies en ella, oyó un golpeteo, como de grandes martillazos sobre láminas de hierro. Detúvose á recoger unos rumores que venían de hacia el sitio mismo que él había abandonado, y averiguó por ellos que se intentaba, como último y supremo recurso adoptado por los hombres que lo entendían, abrir un boquete en el casco del vapor para echarle á pique y apagar el incendio de un solo golpe.
—Hay que ver eso, madre—dijo entonces Pachín,—porque ha de ser cosa de verse y de poca espera.
Arguyóle en contra su madre, y hasta duramente; pero no le convenció. Lejos de ello, sin soltarla de la mano ni replicar una palabra, intentó atravesar de nuevo el muro de gente para volver á la primera fila; pero hallándola demasiado compacta y resistente, desistió de su empeño; volvió entonces los ojos en derredor, descubrió una estiba de maderos que tenía plazas desocupadas, corrió hacia allá, ocupó una de ellas y brindó con otra á su madre, que prefirió quedarse abajo, de pie y refunfuñando.
Desde aquel pedestal dominaba Pachín el espectáculo á todo su gusto, porque sin el menor esfuerzo veía, no solamente el barco, sino la muchedumbre que llenaba el escenario vastísimo de aquel drama que parecía no tener fin, como la paciencia de sus espectadores, en los cuales crecía la curiosidad á medida que continuaban los martillazos en el vapor, cuya sumersión se aguardaba de un instante á otro. Pero pasaban los minutos, y el barco no se iba á pique, y hasta se amortiguaba el martilleo, del que llegó á parecer un eco el tintinar de la campana de un tren de pasajeros que arrancaba lentamente de la estación de Solares.
Con estas dilaciones y con acreditarse el rumor de que se había abandonado el intento de echar el barco á pique, se le acabó al fin la paciencia á Pachín González; enderezóse de pronto como si le hubieran dado el impulso las campanadas del tren, que ya sonaban á su espalda; bajó el primer escalón de la tosca gradería, y dijo mientras se disponía á dar un brinco para saltar de una vez:
—Tenía usté razón, madre: esto no se acaba. Vám...
Lo que cortó la palabra en la boca de Pachín, y la respiración en sus pulmones, y hasta el circular de la sangre en sus arterias, no tiene nombre en ninguna lengua conocida. En la pobre fantasía de los hombres no hay término de comparación para el sonar de aquellos dos estallidos, casi simultáneos; para aquel cráter horrible que se abrió con ellos; para aquella inmensa columna de fuego que se elevó al espacio y en cuya cima humeante flotaban, entre denegridas espirales, cuerpos humanos; para aquella infernal metralla de candentes y retorcidos hierros que vomitaron los senos del vapor entre infectas oleadas de cieno del fondo de la mar, sobre las apiñadas, desprevenidas é indefensas multitudes; para el color extraño de aquella luz que se enseñoreó del aire, empañando la del sol que corría á precipitarse en el ocaso como si huyera de alumbrar tantos desastres acumulados en tan reducido lugar y en tan breve tiempo.