De nada de ello se dió Pachín cuenta cabal. Se sintió de pronto como invadido de una pesadilla, y soñó que salía volando de la pila de maderos, y que, volando á flor de tierra, con velocidad y fuerza prodigiosas, iba arrollando con su propio cuerpo, pero sin tocar en ellas, masas de gentes que se inclinaban y caían á su paso, como al del vendaval enfurecido los verdes maizales en las mieses de su aldea.


Al despertar de aquel sueño, ó lo que fuera, no supo explicarse por qué estaba él tendido á la larga entre un carro hecho astillas y un caballejo perniquebrado y expirante. Le faltaba casi en absoluto la memoria: no conservaba en ella otro recuerdo que el de un «tronido» muy fuerte y el de una llamarada tremebunda. ¿Cuánto tiempo llevaba en aquel sitio y de aquel modo? ¿Un minuto, una hora, meses, años? ¿Había nacido allí mismo y para aquello solo? Sentía gran quebranto en su cuerpo, dolor agudo en algunas coyunturas, y escozor vivo en el cogote. Maquinalmente, y no sin dificultades, se incorporó, y también maquinalmente se llevó las manos á la cabeza, porque en su nueva postura se le desvanecía algo. Al retirarlas después, las vió teñidas de sangre, y había también un charco de ella á su lado, charco que se alimentaba con la del perniquebrado caballejo que espiraba entre convulsiones y quejidos. Al enterarse de ello Pachín, descubrió su vista azorada, un poco más allá del caballo, un hombre tendido en el suelo, con la boca contraída y muy abierta, los ojos encandilados, y ceniciento el color de la faz; tenía un brazo de menos y una pierna destrozada. Esta visión produjo en el pobre chico un sacudimiento feroz, instantáneo; quiso huir de allí, por instintivo terror, y para suplir la agilidad que le faltaba y levantarse pronto, se agarró con la diestra mano á una de las curvas espirales de una larga pieza de hierro que había entre él y las astillas del carro; pero no bien lo hubo hecho, cuando lanzó un grito de dolor, retirando la mano y levantándose de un brinco por su propio esfuerzo. Aquel hierro abrasaba.

Sin apartar aún su vista del reducido espacio en que tan extrañas cosas le rodeaban y sucedían, puso y clavó toda su atención en ellas, porque notaba que iba despertándosele en las regiones de la inteligencia algo que estuvo dormido poco antes, y quería darse exacta cuenta de lo que le estaba pasando. Aquel hombre y aquel caballo, muertos, y no sólo muertos, sino destrozados; el carro hecho astillas junto á un hierro candente y retorcido; entre él y el carro y los cadáveres y el hierro caprichoso, sembrado el suelo de las cosas más raras é inconexas: clavos de herradura, fundas de cartuchos de fusil...; aquel recuerdo, único de su memoria: el «tronido» y la llamarada... Asociando estas ideas y eslabonándolas bien unas en otras, Pachín llegó á preguntarse, haciendo hincapié en la más luminosa y firme: «¿qué hacía yo cuando sentí el tronido ése y vi la llamarada?» Y sin gran esfuerzo de su retentiva, consiguió responderse, adquiriendo una idea más y trabándola en la cadena de las otras: «ver un vapor que se estaba quemando». Con este recuerdo solo se abrieron de par en par las puertas de su memoria, y se le fueron despertando en el cerebro, una por una, todas las dormidas ideas: las peripecias del incendio, las muchedumbres de curiosos, los rumores alarmantes esparcidos entre ellos, los sitios que él ocupó... Y de ésta, de ésta nació la otra idea, la idea terrible, la que le dejó frío y sin alientos, como le había dejado el estallido del vapor: la idea de su madre que le acompañaba entonces. ¿Por qué no estaba ya á su lado? ¿Á dónde había ido á parar? ¿Qué habría sido de ella? ¿Qué fuerza los separó al pie de la estiba de maderos donde habían estado juntos los dos? ¿Viviría, por milagro del cielo, como él vivía? ¿Habría sido muerta, destrozada quizás, como aquel otro desdichado?... Y el infeliz temblaba de pies á cabeza; se golpeaba el cuerpo con los puños cerrados; sentía un hormigueo punzante y frío debajo de la piel, que le volvía loco de inquietud, y como un loco gritaba revolviendo en torno suyo los ojos desencajados: «¡Madre!... ¡Madre!... ¡Madre mía de mi alma!». Quería correr en su busca; pero no sabía en qué dirección, al tender la mirada codiciosa por la vasta llanura que poco antes había visto él colmada, repleta, de gentes vivas y regocijadas, y que ahora... ¡Dios santo! ¡Dios de las grandes misericordias!... ¡qué espantoso le pareció todo aquello que veía! Como si hubieran pasado huracanes y terremotos por allí, todo era campo de desolación y muerte, ruinas, escombros y cadáveres entre el silencio y la inmovilidad imponentes de los grandes desastres consumados. Cuanto quedó con vida y movimiento al consumarse aquél, había huido muy lejos con el espanto en el alma y la angustia en el corazón... Pero algo vivía aún en aquella región del exterminio inclemente y bárbaro; algo puesto allí como de intento para dar al cuadro una nueva tinta de horror; algo que rebullía sobre la tierra aquí y allá, y cuyos debían ser los ayes de agonía que llegaban á los oídos de Pachín, como si el aire se los fingiera para recordarle el martirio de su madre.

Él parecía ser el único vivo y sano en

aquella región de muertos insepultos; él, Pachín González, el mísero aldeanuco recién llegado á la ciudad, forastero y pobre en ella, desconocido de todos los supervivientes de la gran catástrofe. ¿Á dónde y hacia quién volver los ojos para pedir ayuda ó consejo en el amargo trance en que se hallaba?... ¿Quién oiría en aquel negro páramo sus lamentos? ¿Quién daría valor á su desventura sin ejemplo, delante de tan enorme cúmulo de ellas?... ¡Jamás hubiera creído que podían llegar á extremos tales la soledad y el desamparo de un hombre sobre la tierra!...

Y el pobre muchacho comenzó á llorar de

pesadumbre... y de miedo. Pero el amor de hijo, sobreponiéndose en él á todo, le devolvió la energía de su espíritu, hasta con dobladas fuerzas; y, sin enjugarse las lágrimas, se lanzó á la empresa con una decisión que rayaba en lo desesperado.

La extraña «cosa» que le había llevado á él en volandas desde la estiba de maderos al sitio en que acababa de despertar, debió de llevar á su madre de igual modo y en la misma ó muy aproximada dirección, puesto que juntos estaban los dos entonces, aunque un poco más en alto él que ella... Pues á buscar, primero, por allí, en derredor suyo y del hombre muerto cuya visión le aterraba... Y á buscar se puso, con la avidez y el espanto en los ojos; y vió más hierros, á modo de grandes carriles retorcidos y enroscados; masas informes, como de cubos metálicos fundidos unos con otros; más clavos de herradura y más cartuchos vacíos... ¡jirones de prendas de vestir, ensangrentados y humeantes!... Más allá unos edificios cerrados que parecían grandes almacenes, con los aleros quebrantados y los cristales hechos añicos; debajo, en la calle, más hierros enroscados, y más cubos fundidos, y cascos de maquinaria... En la misma calle, hacia la derecha, un tren detenido y sin gente... el de las campanadas, no podía ser otro, con el resuello fatigoso y extenuado, los coches contundidos por la metralla del volcán, uno de ellos con las portezuelas desvencijadas, y dentro... ¡la muerte también!... Huyó de allí, en dirección contraria, hacia la izquierda... Un grupo de árboles entecos y con el ramaje desgarrado. En la plazuela que formaban, otra vez los hierros, pero revueltos y enmarañados, como una lucha de sierpes infernales; y entre los montones, recias planchas, de hierro también, reviradas, contraídas, dos de ellas de canto y prestándose mutuo sostén, y detrás un cuerpo... un cuerpo de mujer vestida de obscuro, casi negro, y boca abajo. Pisando de puntillas, lívido de terror, con un brazo trémulo extendido y mirando sin ver, se atrevió Pachín á llegar hasta el cadáver; se bajó, cerró los ojos, y á tientas y con las manos crispadas y sin sangre, le levantó la cabeza cuya cara quería reconocer... Lo que le pidió el mísero á Dios en aquellos supremos instantes, ni él mismo lo supo: ¡tan contrapuesto y complicado era!... Haciendo después un esfuerzo de voluntad sobrehumano, abrió los ojos para ver la cara... No la tenía aquel cadáver. Lo que había sido cara, tal vez hermosa, era una masa de carne macerada y sanguinolenta y de huesos triturados. Pachín lanzó de lo más hondo de su pecho un rugido de espanto; dejó caer de sus manos la mutilada cabeza, y se incorporó de un salto frenético. ¡Virgen María! si aquello era su madre, valiérale más no haberla hallado. La vehemencia misma del deseo de haberse equivocado, le movió á hacer otros y más detenidos reconocimientos; y entonces se convenció de que ni el corte, ni el color, ni la calidad de los vestidos de la muerta, eran señales de lo que él buscaba.

Más tranquilo ya; es decir, menos aterrorizado, pero con las mismas angustias en el alma, quiso, para orientarse mejor y metodizar un poco su trabajo, averiguar dónde estaba la pila de maderos desde la cual había volado él... Al tender la vista para buscarla, observó que al otro extremo, hacia lo más ancho de la llanura, había seres humanos, de pie, vivos y moviéndose entre los obstáculos del suelo, y que otros muchos iban llegando apresuradamente de hacia la ciudad... ¿De dónde y cuándo habían venido los primeros? ¿Eran resucitados, como él? ¿Qué más le daba? Los unos y los otros eran hombres vivos: no era ya todo muerte en aquel fúnebre escenario, y el amor y la caridad comenzaban á habitarle. Esto le consoló algo, porque ya no se veía solo y desamparado, y se sintió más fuerte y valeroso para continuar su triste faena.