No tardó mucho en hallar la estiba de maderos que buscaba; pero sí en llegar hasta ella, porque, aunque el camino era corto, no había en él un palmo de terreno sin los hierros de siempre ó charcos de sangre humana. Con esfuerzos heroicos de su espíritu llegó al fin á la pila; recorrió todo su perímetro, y nada halló de lo que andaba buscando, ni de cosa parecida.

—Aquí mismo estaba mi madre... y yo allí,—se dijo apuntando sucesivamente á un sitio al pie de la estiba y á otro de una de sus gradas...

En seguida trepó á ella para estimar con acierto el camino que él había llevado por el aire, y la dirección del impulso, ó de la «cosa» que le había arrebatado y pudo y debió arrebatar á su madre también. Enterado de lo primero, buscó, sin moverse de allí, el vapor funesto; y como no le vislumbraba, se orientó por el muelle á que había estado arrimado. Al fin, distinguió sus restos: un palo muy caído hacia atrás, con un guiñapo sucio en la punta, y el puente y el castillo de popa sobresaliendo del agua. El muelle, dislocado en partes y en partes ardiendo; y sobre el otro muelle que corría á derecha é izquierda, y sobre el arrecife inmediato, en cuanto alcanzaba la vista, un sedimento negro y reluciente como el fondo de una poza recién agotada; sobre este tizne asqueroso, más despojos de la catástrofe horrible, más cadáveres, y carros desvencijados y yuntas mutiladas junto á ellos... Pachín se quedó espantado. ¿Era todo aquello obra de Lucifer, que se hubiera complacido en vomitar tantos horrores entre el légamo de las charcas infectas de sus cavernas infernales? Y si no era obra de tales manos, ¿de qué otras podía serlo? De la dinamita, de aquellos centenares de cajas de ello de que tanto se había hablado cuando se quemaba el vapor: eso no podía dudarse; pero ¿qué más daba? Sin el mal espíritu que había cegado á los que lo sabían y ensordecido á los que lo sospechaban, ¿cómo hubiera sucedido aquello?... Si cuando su madre, una vez, dos veces, tres veces... le pedía por caridad... ¡Oh! ¡qué sordo, qué necio, qué mal hijo fué y qué mal cristiano, desoyendo los avisos que Dios le enviaba por la boca de la santa mujer!... Pensó perder el juicio con el punzante dolor de estos remordimientos, y se arrojó de la estiba gritando desconsolado:

—¡Madre mía... madre de mi alma! ¡Dónde estás? ¡Viva ó muerta, yo necesito... yo quiero hallarte!

Y corría de un lado para otro, con la vista desencajada y las manos en la cabeza, ensangrentada y desnuda.

Aunque tenía el racional convencimiento de que lo que iba buscando no podía hallarse más que en una dirección, el desventurado Pachín quería rebuscar en todas; y en todas rastreaba y corría, saltando laberintos de escombros y charcos de sangre, y miembros mutilados, y prendas de vestir con despojos palpitantes, y cadáveres de hombres. Nada le imponía ya en materia de horrores, y sobre todo pasaba insensible, más que insensible, loco, si no era prenda ó miembro que pudo pertenecer á su madre. Así entró en la zona del fango negro, cuya fetidez dió á sus sentidos la nota repulsiva que le faltaba al cuadro. Allí todo era negro, hasta los cadáveres.

Sobre uno que lo parecía, se inclinaba, hundidas las rodillas en el cieno, un sacerdote con los talares mojados y ensangrentada la faz descolorida; le exhortaba á bien morir, y le absolvía, en nombre de Dios, de todos sus pecados, redimidos con el dolor de su martirio cruento. Pachín se quedó absorto, mudo, poseído de estupor, delante de aquella escena imponente; y por un impulso irresistible de su alma fervorosa, cayó arrodillado y rezó por la de aquel hombre, que expiró con un estremecimiento.

—¡Señor, señor!—se atrevió entonces, acordándose de su madre, á preguntar al sacerdote, que empezaba á incorporarse á duras penas:—¿qué es esto, que jamás se vió en el mundo? ¿qué ha pasado por aquí?

—La ira de Dios, hijo mío,—le respondió el cura limpiándose con un pañuelo de percal la sangre del rostro que le fluía de la cabeza.

Y se fué, recogiendo los talares embarrados y andando trabajosamente, en busca de otro moribundo á quien auxiliar.