Pachín iba á lanzarse de nuevo á sus interrumpidas faenas en aquel piélago nauseabundo, cuando oyó gritos y lamentos hacia la mar y como en la dirección del barco sumergido: le parecían gritos y lamentos de mujer, y, por tanto, de su madre. No era racional que hubiera ido á parar hacia aquel lado, sino hacia el opuesto, al ocurrir la explosión; pero ¿qué contrasentido no era posible en un tan espantoso desquiciamiento de toda ley natural? Había que verlo todo y registrarlo todo, y allá se fué, entrando hasta las corvas por la charca negra, y volviendo á saltar, acelerado y anheloso, por encima de hierros, cadáveres y moribundos.
Cerca del vapor sumergido voltejeaban botes y lanchas tripulados por gentes caritativas que recogían náufragos que gastaban las últimas fuerzas en sobrenadar unos instantes más, ó agarrarse á los pilotes del muelle, ó adherirse como lapas á los peñascos de las escolleras debajo de los tableros. De hacia allí procedían los gritos; mas no de los infelices amparados de aquel modo, que ni para gritar tenían ya alientos, sino de los que, como Pachín, buscaban algo que no parecía, y lo buscaban desde lo alto de los muelles, porque por allí debía de estar, según sus cálculos, muerto ó vivo. Lo vivo era bien escaso, por desdicha; lo muerto... ¡qué manera de buscarlo! Una de las lanchas iba provista de garfios al extremo de una cuerda: se arrojaban los garfios al fondo, bogaban los remeros para que tirando de la cuerda se pudiera rastrear en él; y cuando trababan sus hierros algo, se detenía la lancha, se halaba poco á poco de la cuerda, y surgía, al fin, á la superficie, un cadáver... ó pedazos de cadáveres, que embarcaban en la lancha los remeros silenciosos. Y nunca salía lo que esperaban los desdichados de tierra, de cuyos pechos brotaban en cada hallazgo los alaridos de dolor que habían apartado á Pachín de sus investigaciones.
Cuando trató de volver á ellas, porque nada esperaba de las que allí se hacían, reparó que estaba á su lado un chicuelo con la escasa y fementida ropa goteando y pegada al cuerpo; el cual granuja, mirándole fijamente, le dijo sin más ni más:
—Yo vi eso.
—¿Cuál?—le preguntó Pachín.
—Lo que pasó ahí, en la mesma canal, y se tragó tanta gente... Lo vi desde aquel muelle, el del ferrocarril: yo estaba asentao en el mesmo carel. ¡Dios, qué cosa!... Había contra el casco del vapor muchas embarcaciones, y la lancha fina de las Obras del Puerto, y el Auxiliar de los correos con toa la gente del Alfonso XIII... ¡Mucha gente, Dios!... y buena y bien prencipal, y con bien de galones y bordaos: hasta el comendante de Marina y el ingeniero de las Obras... ¡y muchos, vamos!... De repente, ¡pliinn!... ¡plaann!... ¡Me valga! y al mesmo tiempo, el agua de esa mar, ¡arriba, con basa y too! y abajo, el suelo de la canal, limpio como la palma de esta mano; y en ese suelo... ¡Dios!... rocimos de hombres... enteros ó descuartizaos... Y en menos de un decir «Jesús» to ello... Porque hazte tú el cargo: la mesma oleá que dejó en seco la canal, me sacó á mí por la otra banda del muelle, como sacó á otros muchos que fueron conmigo por el aire. No sé qué habrá sido de los más, porque puede que no fueran tan sanos como yo iba cuando chaplemos. ¡Dios, qué cole! ¡y las cosas que había en el agua cuando salí á flote!... Dispués, anadé, anadé, hasta el paredón; por él me subí... y de eso vengo... ahora mesmo. ¡Me valga!... ¡lo que se alcuentra en el camino!... ¡Pero como esto de la canal!... ¡Dios!...
—Y dime—le preguntó Pachín, que le escuchaba electrizado,—en esos racimos de la canal, ¿viste una mujer aldeana, vestida de negro, con un paraguas en la mano?
—No diré que la viera—respondió el granuja muy serio y echando las manos atrás.—Pero ¿te piensas tú que daba el tiempo pa tanto?... Por las trazas, buscas algo de esas señas. Cuando viva, ¿estaba aquí esa mujer?
—No: allá abajo...
—Pues cacia ese lao debes buscar... lo que quede de ella.