Con esto se fué el granuja á ver más de cerca las tristes maniobras que se hacían en las lanchas, y se volvió Pachín al otro mar, al de cieno, para continuar en él sus interrumpidas exploraciones.
¡Pobre muchacho! ¡Lo que él anduvo!... ¡lo que él indagó! ¡Las ansias desesperadas con que, no fiándose ya de su propia iniciativa, se unía á los grupos que buscaban heridos para socorrerlos, y se adelantaba á todos cuando la víctima era una mujer! ¡El terror santo con que recogía del suelo cada despojo, cada jirón de vestido, cada mechón de cabellos, que pudiera haber pertenecido á su madre! ¡El valor, la vida, las fuerzas que gastaba en este empeño sobrehumano, en la bárbara lucha de sus deseos voraces de encontrar lo que buscaba, con el temor horrible de hallarlo entre los muertos! Para hacer las primeras armas en las luchas de las contrariedades de la vida su corazón de niño, ¡un campo de batalla como aquél! Ni cálculos risueños, ni ideas consoladoras cabían allí, ni siquiera la consideración de que, estando vivo él, podía estarlo igualmente su madre, por lo mismo que no la hallaba ni entre los muertos ni entre los moribundos; porque la clasificación en vivos, muertos y moribundos, no era bastante para aquel cuadro excepcional: necesitaba otra casilla para el renglón de los despedazados, cuyos eran los despojos, las entrañas, los miembros que Pachín hallaba dispersos, sembrados por toda la extensión de la llanura entre las pilas de los escombros ó revueltos con el fango negro de las escolleras. ¡Y si de las víctimas de este renglón era su madre!...
Sin embargo, llegó á ver el desdichado una chispa de luz en medio de tan densa obscuridad: oyó decir que en los primeros momentos después de la explosión, habían sido llevados muchos heridos leves, ó que lo parecían, á la casa de socorro. ¿Por qué no había de ser su madre uno de esos heridos? Pues á la casa de socorro sin parar. ¿Dónde estaba esa casa? ¿por dónde se iba? Él lo averiguaría preguntando, si no la descubría por el rastro sangriento de los infelices que iban acudiendo á ella.
Cuando salió de Maliaño en dirección á la ciudad, empezaba el crepúsculo de la tarde, plácido, tranquilo, sonriente, como si nada hubiera pasado en la tierra; como si uno de sus pedazos más hermosos y florecientes, no estuviera cubierto de luto y llorando sobre el estrago sangriento de una de las mayores catástrofes que registran los anales del mundo; y á la luz débil de aquellas horas, iba adquiriendo esplendor y señorío la del incendio de los muelles de madera, que continuaba propagándose, y se erguía resplandeciente la de otro que comenzaba en las alturas de la gran cortina de edificios que servía de fondo, por el norte, al escenario siniestro del espantoso drama.
Al abocar Pachín á la amplia calle por donde había de internarse en la ciudad, no pudo menos de comparar lo que iba viendo con lo que había visto tres horas antes. Entonces, hervor de gentes afanosas, contentas y engalanadas; los edificios bañados en sol, abiertos todos sus claros á la saludable alegría de la espléndida tarde; rumores de vida, cánticos del goce soberano de ella; esperanzas, ambiciones y amor logrados y satisfechos; la expresión externa, en fin, de la salud robusta de un pueblo venturoso que vive de su trabajo y va en próspera fortuna. Ahora, rostros macilentos; grupos de gentes consternadas que ni se mueven, ni hablan ni se miran; puertas entreabiertas ó desvencijadas y fuera de sus quicios; muros y aleros quebrantados; el suelo cubierto de escombros, de polvo de cristales y de aquellos hierros malditos, metralla de Lucifer y segures de tantas vidas; los ayes angustiosos del herido que pasa en brazos de la caridad; los gritos desgarradores de la madre que va en busca de su hijo, ó del hijo que vuelve sin haber hallado á su padre, y la desconfianza, el terror, la pena en las caras de los menos desventurados.
Contristábale tanto aquel espectáculo como el que dejaba atrás, y andaba, andaba, sorteando los grandes estorbos del camino... hasta que dió con uno que le llenó de espanto... ¡á él, que acababa de ver tantas cosas espantables! Era una mujer tendida en el suelo, cerca de la Pescadería, cuyos puestos estaban solos y abandonados. Aquella mujer era ya cadáver rígido; pero cadáver como él no había visto otro. Los había visto sin miembros, con la cabeza sin cara, con el tronco sin cabeza, deshechos materialmente; pero no laminados, como el que tenía delante, cerca de un bloque de hierro, que bien pudo ser el laminador... Cerró los ojos para no volver á verlo, y huyó por la ancha plaza en dirección á la Ribera.
Allí, lo mismo que lo que iba quedando á su espalda: igual aspecto, igual estrago en los edificios; los mismos grupos inmóviles, silenciosos y consternados; iguales ó parecidos escombros y proyectiles sobre la calle; los mismos lamentos, la misma desolación en todo; y como detalle sorprendente que le hizo pensar en la fuerza inconmensurable de la mina diabólica, en lo alto de la cuesta y en una de las aceras de la calle, un ancla enorme clavada entre dos losas, debajo de un balcón despedazado. En la plaza inmediata, los vecinos en medio de ella, en hábitos caseros, como si hubieran abandonado precipitadamente sus viviendas después de un terremoto y temieran su repetición.
Pachín, aldeano, inexperto y niño, no se dejaba herir de las impresiones de estas cosas más que por la conexión que tuvieran, á sus ojos, con las ideas que llevaba en el cerebro y le obligaban á andar sin punto de reposo. Por eso, cada vez que pasaba junto á un corrillo de gente, le asaltaba el mismo pensamiento: «pero, señor, ¿no habrá entre todas estas personas alguna que conozca á mi madre por haberla visto pasar conmigo esta mañana por aquí?». Y le entraban tentaciones de preguntar á cada paso si habían vuelto á verla después del estampido del vapor. Pero temiendo que no le escucharan ó que se rieran de él, se limitaba á preguntar por la casa de socorro... y así llegó á ella.
La invadía, por todos los mezquinos claros de sus dos fachadas, una multitud medio amotinada ya, porque eran muchos los heridos, poco el espacio interior y muy escasos los hombres y los recursos para curar. Pachín fué mirando una por una á todas las mujeres de la muchedumbre invasora... Ninguna de ellas era su madre. Después se dijo: «hay que entrar, ¡y entraré aunque muera en el empeño!...». Y entró al fin, ingiriéndose, deslizándose, forcejeando, oprimido, pisoteado y devorando los ayes que le arrancaba cada golpe que recibía en la herida de su cabeza... pero entró; entró, para luchar de nuevo en las angosturas de los pasadizos y encrucijadas miserables de aquel triste asilo, oprobio, por su pobreza y desamparo, de una ciudad cristiana y rica. Se ahogaba el infeliz en medio de aquella otra muchedumbre prensada entre mugrientos tabiques resquebrajados, y en una atmósfera impregnada de todas las pestilencias imaginables y de las notas aflictivas de todos los quejidos del dolor. Ni siquiera tenía la suficiente luz para orientarse en el menguado recinto. Pero por todo suplía el ardor de la fiebre que le movía y le guiaba. Así logró ver entre las tinieblas y andar á través de compactos muros de gente, y examinar uno á uno á los sanos, y á los heridos que esperaban turno para ser curados, y á los que curándose estaban, y á los que yacían en sillas, catres y rincones, muertos ya ó agonizando... hasta llegar á convencerse de que ni entre los muertos ni entre los vivos de dentro ni de fuera de la casa de socorro, estaba su madre... ¡Nada, pues, le quedaba que hacer allí!... Y ¿á dónde volver ya la consideración en busca de una esperanza siquiera?