Ni en el lugar horrendo, ni en aquella casa, ni en el camino intermedio había dado con su madre, ni entre los muertos ni entre los heridos. Estas señales bien podían serlo de que vivía; pero si vivía, seguramente habría andado buscándole á él como él la buscaba á ella; y buscándose uno á otro de esta suerte, se hubieran encontrado ya los dos.
Arrastrando por estas asperezas el fatigado discurso, se le ocurrió la idea de que, herida ó contusa ó buscándole á él, bien pudiera su madre haber vuelto á la posada. Este chispazo de luz iluminó un poco su tenebrosa fantasía y reavivó las fuerzas que iban faltándole por momentos y á medida que perdía las esperanzas. Pensar y ejecutar eran en Pachín entonces una misma cosa. Buscó con una rápida mirada el camino más breve y desembarazado para salir de aquellas espesuras asfixiantes; vió cerca de él una ventana entreabierta, y por ella saltó á la calle.
La noche, pues ya había cerrado, límpida y serena arriba en un cielo fulgurante de estrellas, era abajo negra, tediosa y funeraria; estaban á obscuras ó á media luz las calles, según que hubieran sido más ó menos flageladas por el azote de la tarde, y las que no desiertas en absoluto, escasamente recorridas por transeuntes que se movían sin ruido, como los fantasmas de las pesadillas. Todo esto doblaba las dificultades de Pachín, nada práctico en los laberintos de la ciudad con el sol del mediodía, cuanto más entre las tinieblas de la noche, ¡y de una noche como aquélla!; pero acertando por instinto unas veces y preguntando otras, siempre caminaba con buen rumbo y no perdía terreno en su afanoso andar sobre un empedrado nunca limpio de escombros de las casas contiguas ni de la metralla homicida de la explosión.
Lo peor era, para el infeliz, la poca fe que le animaba ya en sus exploraciones, con la experiencia de las malogradas; pero como tenía mucha en la misericordia de Dios, á menudo elevaba al cielo los ojos, conductores de las plegarias que salían del fondo de su pecho. Así se confortaba un poco, y así llegó al barrio y á la calle en que estaba su albergue provisional.
No sabía el pobre muchacho si condolerse ó alegrarse de llegar á él, porque mientras andaba, eran tan grandes como sus deseos de triunfar en el empeño, los temores de un nuevo desengaño. Pero más que estas vacilaciones de su espíritu, le detenían en su marcha la obscuridad y los estorbos de la calle, y hasta la codicia de oir algo que pudiera convenir á sus fines en el vocingleo desacordado y clamoroso de los corrillos que encontraba al paso, y encontró uno en cada puerta. Toda la vecindad estaba á la intemperie y medio á obscuras, unos por miedo á la soledad del propio domicilio; otros por las ruinas y quebrantos de los suyos; otros por saber de amigos ó deudos que no volvían, y casi todos por el ansia bien justificable de cambiar impresiones tristes y averiguar algo más de lo ocurrido, y de lo que se pronosticaba y se temía para aquella noche. Esto sacó en limpio el angustiado muchacho de lo que pescaba en las conversaciones sorprendidas al pasar, y además, que aquel resplandor que se notaba sobre la línea de edificios de la acera del sur y era la causa de que no fuera absoluta la obscuridad en la calle, procedía de un gran incendio, del de otra cuyo nombre, citado en las conversaciones, le era desconocido. Pero de lo que le interesaba verdaderamente, de lo único que le llegaba al alma y le poseía de pies á cabeza, ni una palabra. En estas ansiedades, temblándole las piernas y latiéndole el corazón, se acercó al corrillo que obstruía el portal de su posada. Sin despegar los labios miró á todas las mujeres que había en él, una de las cuales era la posadera: ninguna era su madre. Entonces se atrevió á preguntar por ella: si estaba en casa ó si había estado poco antes. Conocióle por la voz la buena mujer, que no cerraba boca ponderando estragos y dolores, y corrió á abrazarle, declarando á gritos lastimeros que él era el único huésped de la casa que veía desde la «reventadura» del vapor.
El mísero Pachín, que estaba gastando en aquella prueba las últimas fuerzas que le quedaban en el espíritu y en el cuerpo, no dió con el suyo en las piedras de la calle, porque le recogió en sus brazos la posadera.
Proezas de caridad hicieron con él aquellas buenas gentes, que al verle á la luz de una vela que ardía en el portal, donde en seguida le metieron, hasta muerto llegaron á considerarle. No era para menos el aspecto que ofrecía, con las manos y la cara pálidas como la cera, donde no estaban manchadas de sangre ó teñidas de negro, como las ropas que le cubrían el cuerpo desmayado, después de haberse citado allí por alguien que acababa de verlo, casos de heridos ó contusos que andando por sus pies hacia la casa de socorro desde el lugar de la catástrofe, habían caído muertos de repente. Mas como en opinión de otro, menos pesimista y charlatán que los demás circunstantes, quedaban en Pachín restos de vida, cada cual subió en volandas á su piso y bajó con el remedio que más fe le merecía en un caso como aquél: cabezas de ajo, vinagre fuerte, pencas de romero, vino generoso. De todo ello y de mucho más se hizo uso, rápida é inmediatamente, quitándose la vez las afanadas ministrantes (pues lo eran sólo las mujeres, y tantas como los remedios aplicados), hasta que con ellos, ó á pesar de ellos, fué volviendo en sí poco á poco el desmayado.
Á todos y á cada uno de los presentes miró después con gran fijeza, pero á nadie dijo una palabra; y en el mismo silencio apartaba con las manos los remedios con que le perseguían implacables las caritativas mujeres por las narices, por la boca, por «el dedo del corazón» y por detrás de las orejas, hasta que estimó con el olfato el contenido de una copa que le ponían entre los labios, y sorbió con avidez aquel licor vivificante, que era vino generoso. Sintiéndose más reanimado con él, probó á levantarse del escalón en que estaba sentado; consiguiólo sin dificultad, y se negó á beber más vino que le ofrecía la vecina triunfadora. Se consideraba ya en posesión de las fuerzas que necesitaba para lo que se proponía; habló solamente para preguntar si durante su desmayo se había sabido algo de su madre; dedujo una negativa de las artificiosas respuestas que se le dieron, y se lanzó de nuevo á la calle, sin que advertencias ni ruegos en contrario alcanzaran á detenerle un solo instante.
¿Á dónde iba el infeliz? ¿qué planes llevaba en la cabeza? Ni él mismo lo sabía. Á buscar á su madre, á saber de su madre donde quiera que hubiera gente, muerta ó viva, ó se oyeran acentos de lástima ó quejidos de dolor; á todos los sitios y lugares, menos á aquéllos en que reinaran la alegría y el reposo, si es que algo de esto quedaba á aquellas horas en los ámbitos entenebrecidos de la castigada ciudad.