De pronto reflexionó que estando su madre viva, y sana ya, y no habiendo ido todavía á buscarle á la posada, era lo natural que anduviera buscándole á aquellas horas en el lugar mismo donde él la había buscado á ella apenas resucitado. Y hacia allá se fué sin vacilar.

Andando, andando, por el mismo camino que los dos habían llevado por la tarde al salir de casa, también llegó á verse, como entonces, bien acompañado de transeuntes á medida que ensanchaban las calles que recorría y se acercaba á la desembocadura de la más ancha de todas en el vasto recipiente. Pero entre estos transeuntes y los de la tarde, ¡qué diferencia! Los que llevaban su mismo rumbo, ¡qué desesperados ó qué abatidos! Los que con él se cruzaban parecían el cortejo fúnebre de los muertos ó mal heridos que encontraba á cada paso, conducidos en camillas por hombres de andar acompasado y solemne. Así llegó al término de su viaje.

Pensaba Pachín que ya había visto el cuadro por la tarde en su aspecto más imponente y amedrentador; pero se convenció, al hallarse de nuevo delante de él, de que estaba equivocado en sus juicios. El incendio de los muelles se había ido nutriendo de la madera de los contiguos; hacia el fondo del oeste se erguían otros nuevos, cebados en las entrañas de grandes edificios, y el que él había dejado naciente sobre los que cerraban la plaza por el norte, era ya una lumbre formidable que llevaba devorado un tercio de la hermosa cortina, y extendía sus tentáculos de llamas destructoras sobre todo lo que quedaba enhiesto á sus alcances.

Á la luz brillante de estas enormes hogueras, los relieves siniestros de la superficie negra, iluminados en sus perfiles, resultaban más negros y repulsivos todavía, por la brusquedad y fuerza del claro obscuro; y como figuras de cuadro fantasmagórico, las personas que discurrían lentamente ó maniobraban agrupadas en toda la extensión de la llanura. Como detalle, también nuevo para Pachín, el vecindario de la calle incendiada, llorando otro infortunio más sobre la ruina de sus ajuares arrojados por los balcones ó amontonados en el arroyo, y cada cual mirando por lo suyo, porque en aquel infausto día nadie estaba tan libre de desventuras propias, que tuviera tiempo sobrado para atender á las ajenas de tal casta. Donde se contaban por cientos los cadáveres, ¿qué importaban las gentes sin hogar?

Pachín, por mozo, por inteligente y por blando y noble de corazón, aunque inculto aldeano, era un poco artista sin saberlo; y por eso se le impuso y le anonadó el espectáculo, más que por cada uno de sus siniestros componentes, por la terrible grandeza del conjunto de todos ellos. Para un campo cubierto de ruinas, de cieno y de cadáveres, ¡qué luz más propia y adecuada que la de una conflagración como aquélla? Un horror alumbrado por otro horror.

El trabajo del pobre chico iba á ser muy diferente del que allí mismo había hecho por la tarde. No rebuscaría entre los muertos, que ya se sabía de memoria, sino entre los vivos que buscaran algo, como había buscado él. Mas como los vivos eran muchos y, aun á corta distancia de ellos, por la negrura del suelo y las fantasías de la luz todos aparecían á sus ojos como bultos informes, sin distinguirse los hombres de las mujeres, necesitaba examinarlos muy de cerca, y, para eso, recorrer el campo de extremo á extremo. No le arredró la tarea, y la acometió en seguida sin otras vacilaciones que las que le imponían las dificultades del suelo agravadas por la obscuridad.

Eran ya más las lágrimas que los quejidos en aquel enorme spoliarium, y por eso había ocasiones en que Pachín no oía en su derredor otros rumores que el incesante crepitar de las llamas devoradoras, y alguna voz de los que huían de sus estragos, ó de los que empleaban en combatirlos, inútilmente, las escasas fuerzas que les había dejado la tremenda sacudida del otro azote. En estos casos eran mayores las repugnancias y el miedo del pobre aldeanillo, que al dudar si pisaba entre las negruras del suelo «carne cristiana», soñaba oir hasta el gemido de protesta contra la profanación cometida por sus pies. Sudaba el infeliz en estos trances y procuraba acercarse á la luz mortecina de los farolillos que llevaban algunos grupos y personas dispersas, y lo hacía con el doble fin de saber mejor dónde pisaba y reconocer más fácilmente lo rastreado, si tenía la dicha de dar con ello.

Pero andaba, andaba, palpando casi las personas cuyos pasos seguía, y jamás lograba otros frutos que un desengaño en cada intento. En esta labor dolorosa, prefería las figuras solitarias, por calcular que su madre, desconocida y forastera, no podía andar de otro modo por allí.

Una vez, siguiendo el rumbo de la luz extenuada de uno de los farolillos errantes, verdaderas luces de cementerio, tropezó con dos mujeres. La una llevaba un farol en la mano; la otra en las suyas un jarro con agua, una jofaina y una esponja. La del farol, aunque se envolvía el talle y parte de la cabeza en un espeso manto, le pareció, por la blancura de su tez y el aire de su persona, dama distinguida. Á la luz de los incendios más que á la amortiguada del farolillo, vió Pachín que tenía los ojos enrojecidos de llorar y surcadas de lágrimas las mejillas; y aunque se había cerciorado de que ninguna de las dos era la mujer que él andaba buscando, las siguió en su faena y sin estorbarlas, durante un buen rato. Cuando encontraban el cadáver de un hombre, si tenía cabeza, la señora arrimaba á ella el farol, y con la esponja empapada en agua que le ofrecía la otra mujer, le quitaba cuidadosamente la tizne de la cara... ¡y adelante con su pesada cruz! porque nunca era el muerto que reconocía, la prenda de su corazón que iba buscando. De todos los dolores que había conocido Pachín hasta entonces en el mismo triste lugar, ninguno le pareció tan hondo, ni le mereció tanto respeto como aquél.

Dejando perderse á la infeliz señora en los misterios de la obscuridad lejana, corrió él hacia los grupos de gente que vió sobre uno de los muelles fronteros al buque sumergido, alumbrados por el resplandor del que estaba quemándose. Tampoco estaba su madre allí, entre las mujeres que seguían con avidez ansiosa los trabajos que se hacían en el agua, trabajos ya conocidos de Pachín, aunque en escala más reducida. Ahora los botes y las lanchas eran más, y más los garfios que se arrojaban al fondo, y más los restos que salían enganchados, sin contar lo que se recogía flotando entre maderos, latas y otros mil despojos del desastre, que iba apareciendo arrastrado por la corriente, sin que nadie supiera de dónde venía ó dónde había estado hasta entonces. Se alumbraba la escena con hachones de viento, cuya luz iluminaba racimos de cabezas, y se reflejaba trémula en las removidas y turbias aguas. Pachín huyó de allí con el corazón oprimido por una nueva forma de dolor congojoso y asfixiante, y se sumió de nuevo en las sombras de la llanura, á continuar su labor con más bríos que esperanzas.