Observó que los grupos con luz eran siempre de hombres solos, hombres encargados de recoger cadáveres y de conducirlos en camillas ó amontonados en furgones, al sitio que les estaba destinado. Esto le pareció muy aflictivo, y, sin embargo, seguía á los grupos, aunque sin saber si lo hacía por verse más acompañado en su pavorosa soledad, ó por guiarse mejor con la luz de sus faroles, ó porque le arrastraba la fascinación de lo tremendo, como arrastra la visión de los abismos.
Explorando así entre vivos y muertos, y devorando, más bien que mirando, con los ojos hechos ya á la obscuridad y á descifrar los engaños en que envolvían á las personas errabundas los resplandores siniestros de las llamas, dió con otro grupo de hombres cuya ocupación era cuanto allí le quedaba que ver. Aquellos hombres llevaban entre manos unos sacos negros, muy grandes, y en estos sacos iban metiendo los despojos que encontraban desparramados: miembros, entrañas... y hasta la sangre, recogida del suelo con la tierra empapada en ella y por ella santificada ya... Asociósele, con la fuerza y velocidad del rayo, el recuerdo de su madre desaparecida á la visión de aquellas reliquias espantosas, y no pudo más el desdichado: sintió una angustia indefinible entre corrientes de sudor frío que le bañaban el cuerpo; turbósele la vista, y sin fuerzas para sostenerse de pie, cayó desplomado sobre un rimero de escombros.
Cuando volvió en sí, socorrido por aquellos buenos hombres, respondiendo á preguntas que le hicieron les contó su desventura y sus intentos malogrados. Allí, á aquellas horas, había perdido su última esperanza. ¿Qué le quedaba sin explorar? ¿Qué más muertos, qué más heridos ni qué más buscadores de ellos, que los que ya había visto y reconocido él? Dijéronle entonces, acaso para levantarle un poco el espíritu desmayado, que había en el Hospital muchos heridos y muertos de que él no tenía noticia, y ello bastó, en efecto, para que le renacieran los bríos y se creyera capaz de los imposibles. ¿Por dónde se iba al hospital? Le indicaron dos caminos: el más abreviado y el más largo; pero eligió el segundo, porque el arranque del primero, según se veía desde allí, estaba obstruido por dos incendios que casi cruzaban ya sus llamaradas.
Hasta entonces no se había detenido el pobre muchacho á considerar el incremento que tomaba por instantes aquel nuevo desastre, y la extensión y fuerza que alcanzaba. Por el lado del norte formaban las llamas una altísima cordillera; y de la anchura que había adquirido su base, de la cual parecían las raíces las enrojecidas lenguas que asomaban por todos los corroídos huecos de los edificios que le servían de pasto y golosina, se deducía fácilmente que estaban ardiendo los dos lados de la calle trasera en casi toda su longitud. Á su vez, el primer incendio del otro lado, el del oeste, encrespándose y respingando y nutriéndose sin cesar de las casas en que había hecho presa, se esforzaba en dilatarse á diestro y siniestro, pero especialmente hacia el norte, como si tratara de tomar de aquel otro incendio más pujanza, para llegar de un salto á enlazarse con el que le seguía por el sur, el cual también se cernía y forcejeaba para salirle al encuentro.
Por misericordia de Dios, las voraces hogueras subían pacíficas y rectas al espacio, en cuyas alturas chisporroteaban sus pavesas entre los remolinos del humo ceniciento acumulado allí en espesos nubarrones. Un soplo de aire que inclinara las llamas hacia el norte, y desaparecía toda la ciudad en breves horas. No se concebían en lo humano fuerzas bastantes para triunfar en una lucha contra enemigos como los de aquel día; día no menos infausto y pavoroso que los evocados por el poeta; aquellos
«...días de espanto
en que rezan á solas los ateos».
¿Qué fuerzas sostenían á Pachín para hacerle capaz de tanta resistencia? ¿Quién de los que le veían pasar y adelantarse á todos los que más andaban entre calles, y retroceder de pronto, ó desviarse para examinar un corrillo de mujeres, ó meter la cabeza por las entreabiertas hojas de la puerta de un tenducho, porque había creído oir una voz que se parecía á la de su madre, podía sospechar siquiera lo que aquella criatura llevaba andado, rebuscado, y padecido en el cuerpo y en el alma, desde las cinco de la tarde? ¡Oh! si los que pesan y miden por escrúpulos la fuerza y la resistencia de determinadas substancias del mundo físico, pudieran estimar del mismo modo lo de que es capaz y resiste el espíritu humano puesto en tensión vibrante por los grandes infortunios de la vida, ¡qué hallazgo para la ciencia y qué sorpresa para los sabios del alambique! Pues esta fuerza prodigiosa era la que sustentaba á Pachín y ponía en actividad todos sus miembros, y en plena luz su juvenil inteligencia, y le hacía insensible al dolor de sus heridas y á los lamentos de los desdichados como él, y diestro en la obscuridad de la noche entre calles que jamás había pisado, y sutil en la investigación de su camino. ¡Si hubiera podido dominar sus impaciencias como su debilidad y sus angustias! Y eso que no iba solo, porque le acompañaban otros muchos peregrinos del dolor. Allá iban todos en busca de lo que no habían podido descubrir en otra parte. ¡Lo mismo que él! Y con ellos siguió, calle arriba, calle arriba, como si todos fueran unos, aunque todos eran extraños entre sí. Nada se hablaban, nada se decían; pero casi todos lloraban en silencio, y éste era el lenguaje único inteligible y familiar de aquel pueblo en aquellas horas de infortunios cuya expresión no cabía en ninguna lengua humana.
El portón del hospital estaba abierto, porque no había un instante en que alguien no entrara ó no saliera por él. Pachín entró, adelantándose un buen trecho á los que con él iban; y dejándose guiar por las primeras luces que descubrieron sus ojos al hallarse en una galería de macizos arcos de piedra, tomó por el lado derecho, sin parar mientes en las monjas y otros servidores del piadoso asilo, que pasaban á su lado en afanoso trajín; volvió luego hacia la izquierda, siguiendo los rumbos de la nave; vióse enfrente de la embocadura de una gran escalera; subió por ella, y se encontró en otra galería como la de abajo, pero más abrigada y menos libre de estorbos para recorrerla, porque estaba á medio llenar, y continuaba llenándose, de camas improvisadas tendidas en el suelo. Mientras dudaba si tomar por un lado ó por otro, y sin atreverse á preguntar á nadie, ó quizás olvidado ya de cómo se preguntaba por lo que no se sabía, oyó rumor de voces y de lamentos hacia la derecha, y por aquel lado se encaminó. Á los pocos pasos topó con una puerta que daba ingreso á una habitación colmada de gente. De allí salían los rumores y los ayes. La habitación no era grande; pero sí lujosa, al parecer del aldeanillo, con muchos retratos en las paredes, y un piso tan reluciente y fino, que Pachín se resbalaba al andar sobre lo poco de él que estaba desembarazado. Olía allí mucho «á boticas», y había colchones y mantas en el suelo, y en cada cama de éstas y sobre cada mueble de los arrimados á las paredes, un herido ó un moribundo. Junto á los primeros, curándoles las tremendas heridas, médicos con sus blancos mandiles por delante, y la bruñida herramienta ó los vendajes entre manos, y practicantes que les ayudaban en la cruenta labor, y las santas siervas de la caridad que cuidaban de todo y á todo atendían como quienes eran. Junto á un hombre que se moría, un sacerdote arrodillado é inclinado sobre él, casi abrazándole; un sacerdote muy extraño para Pachín, que recordaba haberle visto en idénticas ocupaciones en la casa de socorro: vestía ropaje muy fino de color morado; colgaba de su cuello sobre el pecho un crucifijo de oro, y llevaba un grueso anillo en una de sus manos. Su voz era dulce, como el mirar de sus ojos compasivos, y su palabra, elocuente, persuasiva y amorosa. ¡Qué cosas sabía decir al moribundo, casi llorando de pena! ¡qué valor le infundía, y cómo le consolaba! Jamás había visto Pachín un obispo sino en estampas y con mitra, báculo y capa pluvial; y por eso no conoció al de su diócesis en aquel caritativo y humilde sacerdote con vestiduras moradas, de corte igual al de las negras de los otros curas que por allí andaban también, como en la casa de socorro y en el campo mismo de la catástrofe.
Pero ni entre los que se morían, ni entre los que eran curados por los médicos ó esperaban su turno para curarse, ni entre los vivos y sanos que se entretejían con ellos, se hallaba su madre. Supo que estaban colmadas de heridos todas las salas de cirugía del Hospital, y que por eso se había habilitado precipitadamente aquélla, cuyos destinos ordinarios eran bien distintos; y en busca de las otras salas fué, con las señas que le dieron.