El rastro de las improvisadas camas de la galería, algunas ocupadas ya, iba enseñándole el camino á lo largo de ella; otro, de lamentos y quejidos, le guió á un departamento en que había dos grandes mesas de muy extraña forma, y varios aparatos de uso desconocido también para el ignorante aldeanillo, aunque por el sitio en que se hallaban y la vecindad que tenían y, sobre todo, por «el arte» de unas herramientas que vió relucir en el fondo de un armario cerrado con cristales, presumió que nada de ello debía de ser para «cosa buena». En cada costado, según se entraba, había una puerta, y cada puerta daba ingreso á un gran salón en que se percibían mucha gente, muchas camas, muchos ayes y mucho olor «á boticas».

Tomó, al azar, por la derecha y penetró en aquella estancia; pero con más desahogo que en la primera que había visitado, porque no sólo era más grande, sino que las camas estaban armadas y en dos filas, con los testeros á la pared, dejando entre los pies de unas y de otras, un ancho pasadizo para la gente. Por lo demás, el mismo linaje de enfermos, iguales martirios, igual trabajo de los médicos y sus ayudantes, las mismas religiosas asistentes, idénticos moribundos con el cura á la cabecera, el mismo espanto en todas las caras, las mismas lágrimas en muchos ojos, y el mismo afanoso ir y venir de los que no podían subdividirse para estar á la vez en todas partes.

Pachín fué recorriendo cama por cama, detrás de los médicos unas veces, y otras como podía ó le era permitido; y sólo cuando llegó á las últimas, supo que no había más que hombres en aquella sala. La destinada á las mujeres era la de enfrente. Salió volando de aquélla, atravesó la de los aparatos y penetró en la que le interesaba más.

Era una exacta reproducción de la de hombres, con el mismo número de camas y de enfermos, é idéntica legión de médicos y asistentes. Á Pachín le parecía imposible que habiendo tantas mujeres reunidas allí, víctimas de una misma causa, no fuera una de ellas su madre. Esto le reanimaba mucho las vacilantes ilusiones; pero al mismo tiempo aumentaba enormemente su trabajo. No tenía más campo de investigación que las caras; y la que de ellas no estaba desfigurada por el dolor, lo estaba por las heridas, ó por las contusiones, ó por el fango negro. Tenía que preguntar á la enferma misma, y casi nunca le respondían, ó le respondían con un ¡ay! que le desgarraba el alma. Á las más contrahechas de semblante ó aletargadas por el ardor de la fiebre, les gritaba su propio nombre al oído, para sorprender un indicio en un gesto ó en una vibración de aquella vida expirante. Cuando en estas investigaciones no satisfacía sus dudas, preguntaba á las monjas, á los médicos, á cualquiera de los enfermeros, por la procedencia de la enferma, y, al último, por las ropas con que había llegado al hospital, y corría á examinarlas; y con un desengaño más, volvía á la sala de nuevo á proseguir su dura labor, cada vez menos afortunada y más dificultosa.

Al darla por concluida allí, ¡qué hallazgo, en definitiva, el suyo! En los lugares azotados directamente por la catástrofe, había visto un sinnúmero de heridos y muertos; tantos, que había llegado á familiarizarse con los horrores amontonados, con la tizne del fango negro y los vestidos en jirones; pero en las camas del hospital, siguiendo las faenas heroicas de los médicos, había estimado los horrores en toda su desnudez y detalle por detalle, limpios de todo disfraz y destacándose sobre la blancura de las ropas. Le parecía imposible que con aquellos enormes boquetes sanguinolentos, con aquellas desgarraduras espantosas de la carne, con aquellos miembros macerados y brutalmente desprendidos de sus goznes, pudieran vivir los pacientes hasta que, según también sabía ya, fueran operados en la sala contigua y en otras semejantes, á la luz del sol de nuevo día... si era creíble que nacieran días de sol de una noche como aquélla.

Largo rato pasó el sin ventura á pie firme en medio de la estancia, con la cabeza inclinada sobre el pecho, la imaginación perdida en un páramo de desconsuelos, y la memoria atestada de los espectáculos recientes que se renovaban en ella á cada instante con los lamentos que llegaban á sus oídos de todos los rincones del salón. Sintiendo enervarse sus fuerzas y no resignándose fácilmente á darse ya por vencido en su generoso empeño, preguntó si no le quedaba más que ver y que registrar en los departamentos de aquella casa. El preguntado, después de levantar los brazos hasta la cabeza y la vista hacia el techo, le respondió afirmativamente y le dió minuciosas señas del camino que debía seguir.

Con ellas en la memoria y reavivada su energía con el estímulo de una nueva esperanza, salió Pachín de allí; desanduvo todo lo andado al subir, y cuando acabó de bajar la escalera, atravesó el patio interior que tenía enfrente, y después la nave del claustro... Allí estaba, abierta de par en par, la puerta que se le había indicado en los informes.


Cuando puso los pies en el umbral, sintió en la cara la impresión del relente frío de la noche, y tropezaron sus ojos con las espesas columnas de llamas de los incendios de Maliaño, recortadas en sus bases por la línea negra del muro que cerraba por dos lados el espacio del primer término. Se le antojaba que podían alcanzarse con las manos desde allí, á poco que se estiraran los brazos, las guedejas resplandecientes de las cabelleras infernales de aquellas furias destructoras, y tembló de espanto al considerar que podía cernerlas de un momento á otro una veleidad del aire sobre aquel santo asilo colmado de víctimas del otro azote. Rogó á Dios con toda su alma que apartara de allí tan negra desventura, y se dispuso á bajar los cuatro escalones de piedra que le separaban del suelo de aquel extraño recinto, que, por las primeras señales, le pareció un corral abierto, bien poblado de gente y regado de lágrimas.

El corral, patio ó lo que fuera, no tenía otra luz que la reflejada de los incendios por encima de las tapias, y, de este modo, acontecía en él lo que en la explanada de los muelles: que con aquellos reflejos indecisos y fantásticos, las sombras adquirían mayor intensidad que la ordinaria, y en los relieves del suelo se multiplicaban los engaños; por lo cual le costaba á Pachín mucho trabajo orientarse en el terreno que dominaba mal con la vista en la penumbra. Al fin se orientó, aunque más le valiera no haberlo conseguido; porque apenas descubrieron sus ojos, hechos ya á la obscuridad, los misterios de aquel cuadro, los apartó de él estremecido y se encontró sin fuerzas para dar un paso más hacia adelante. El recinto era largo y angosto y con el suelo muy inclinado hacia el sur; es decir, hacia la mar; enfrente de la escalerilla había un cobertizo arrimado al muro que limitaba el patio por aquel lado, paralelo á la fachada del hospital; en la parte alta, una puerta cochera; en la de abajo, un muro ciego; y entre este muro y la esquina visible del hospital, un espacio encerrado por una verja. Inmediato al costado de la escalerilla, á la derecha de Pachín, de largo á largo en el suelo del patio y con la cabeza arrimada á la pared del edificio, había un cadáver; más abajo, á dos palmos de él, otro, y luego otro, y otro... y otro; y así hasta donde alcanzaba la vista ó lo permitía el estorbo de la gente que hormigueaba entre ellos. Por la puerta cochera entraban entonces un carro de bueyes y un furgón; y aquel furgón y aquel carro venían también cargados de muertos, que algunos hombres vivos iban colocando después, uno á uno, en la línea de la pared, boca arriba, para ser más fácilmente examinados y reconocidos por los buscadores que, como Pachín, llevaban horas y horas rastreando desolados lo que no encontraban en ninguna parte. Con los cadáveres del furgón iban algunos sacos: aquellos sacos negros cuyo destino había espantado poco antes al pobre muchachuelo, el cual volvió á sufrir mayor espanto al ver que, después de conducidos del furgón á la tejavana, se amontonaba en el fondo de ella su contenido sangriento. No podía impresionar mucho la vista de unos muertos más á quien tantos y tantos había visto en pocas horas; ¡pero verlos como Pachín los veía allí!... en aquel estrecho y obscuro callejón, ordenados en hilera y cara arriba, oyéndose el coro de gemidos de la gente que iba manoseándolos y reconociéndolos uno á uno; por lo alto, la luz siniestra de los incendios; abajo, la penumbra misteriosa y tétrica, y enfrente, el antro negro del cobertizo colmándose de despojos humanos y de sangre: todo esto ofrecía un conjunto de novedad tan patética y horripilante á los ojos del infeliz aldeanillo, que le hizo temblar de miedo y clavó sus pies en el umbral de la puerta.