Le costó mucho, mucho trabajo rehacerse; pero se rehizo al cabo, impulsándole la conciencia de su deber impuesto por las leyes de su corazón de hijo, y descendió con paso firme y resuelto los peldaños de la escalerilla; y tuvo valor, ó, por lo menos, fuerza de voluntad, para acercarse á la andanada de muertos, y pasarlos revista uno por uno, y palparlos y removerlos en busca de mejor luz, cuando eran sus mortajas vestiduras de mujer. Pasaba ya la fila de ellos de la esquina del hospital, y penetraba en el enverjado. Pero en aquel terreno, que era un pedazo de jardín, cambiaba de forma la exposición y aparecían los cadáveres tendidos en los senderos, con los aterciopelados taludes de las canastillas por cabezal. ¡Contraste bien horrendo! La mansión de las flores, que son el adorno y la sonrisa de la naturaleza, invadida y hollada por los despojos de la muerte en su aspecto más repulsivo y desconsolador.
Pachín notó el contraste á su manera, y á su manera le sintió en el fondo del alma, herida ya en lo más vivo por una alucinación de su vista perturbada. La luz de los incendios, al reverberar en el suelo y en las caras de los cadáveres, contraídas y desfiguradas, fingía en ellas convulsiones y gestos que Pachín descifraba siempre en un mismo sentido. Le parecía que todas aquellas caras terrosas, sepulcrales, mirando al cielo, imploraban algo de él: unas, misericordia; otras, venganza. Esta obsesión invencible y avasalladora, y el espectáculo aflictivo de los que, más felices... ó más desdichados que él, hallaban al fin lo que habían ido á buscar en aquel fúnebre depósito, le obligaron á abandonarle.
Cuando, bien informado, además, de que nada le quedaba que hacer allí ni en ninguna otra parte de la ciudad por aquella noche, salía del enverjado en dirección á la puerta cochera que acababa de abrirse para dar paso á otros furgones con más muertos, se fijó en un hombre, muy anciano, que estaba sentado en un poyo y acariciaba la cabeza de un mastín acurrucado junto á él. Le sorprendió el hallazgo; y por entretener el miedo que le hacía temblar, ó por un inconsciente impulso de su condición de muchacho, preguntó al hombre lo que deseaba saber; y el hombre, bondadoso y con voz dulce y en la desconcertada sintaxis de todos los campesinos de su tierra, después de quitarse de la boca la pipa de barro que chupaba maquinalmente, satisfizo su curiosidad. Era hortelano «de la casa» muchos años hacía, y el perro, guardián de la huerta por las noches. Estaban allí los dos juntos, para que el mastín no molestara á nadie; y no le tenía solo y amarrado en su garita, porque no ladrara.
—¿Y qué que ladrara?—preguntó Pachín.
El buen hombre le miró con gesto admirativo; y extendiendo una mano después y la vista sobre la andanada de cadáveres, le dijo:
—¡Ladrar... ladrar!... ¡y eso por delante todo!... Rezar, rezar mejor es.
—Pero entonces—replicó Pachín lleno de asombro,—¿hasta cuándo va á estar usted de este arte?
—Hasta que Dios amaneciendo mañana, hijo... ó dispués.
Todo, en aquellas horas tremendas, era extraordinario y grande, como el infortunio que las había engendrado: hasta la piedad de los corazones más sencillos.