En el de Pachín González no quedaba más que una chispa de calor para sostenerle en el incierto andar con que seguía el camino de su posada: la esperanza levísima de encontrar en ella, y aguardándole, á su madre. ¡Pero si esta esperanza le salía fallida también!... Y cuando el pobre pensaba en ello, le abandonaba el vigor artificial sostenido por la tirantez de su espíritu, y se sentía desfallecer, le dolían las heridas de la cabeza, y tenía sed ardorosa, latidos en las sienes y mucho frío en las extremidades... En estas alternativas de vida y muerte, llegó á la posada; y febril, dolorido, desconsolado, se desplomó sobre la cama en cuanto la posadera respondió con un triste movimiento de cabeza á la pregunta que él la hizo con los ojos acobardados.

Ni razones, ni súplicas de la buena mujer y de las personas que la acompañaban, lograron sacarle del marasmo en que se hundió. Al verle así, en un estado más alarmante aún que la otra vez en el portal, se pensó en avisar á un médico para que le asistiera; pero ¡quién encontraba entonces un médico libre, cuando todos los de la ciudad no alcanzaban para atender á los grandes apuros de los tristes lugares en que se apilaban los heridos? Con desdichas tan grandes, «¿qué importaba el enfermo venturoso que se moría en su propia cama?... Había que renunciar á este recurso y valerse de los caseros. Y á ellos se acudió inmediatamente. Quieras que no, se le lavotearon las heridas, y se las curaron con menjurjes en que abundaban el vino blanco, la ruda y el aceite; se le vendó la cabeza, y hasta se le obligó á desnudarse y á que se metiera en la cama, donde le hicieron tragar una buena ración de vino generoso. El pobre muchacho, primero insensible á todo, y después dejándose gobernar como una máquina, ni desplegaba los labios para pronunciar una sílaba, ni apenas abría los ojos. La vida exterior no parecía interesarle lo más mínimo. Así permaneció largo rato. De pronto gritó «¡madre! ¡madre!», llevándose ambas manos á la cabeza, y rompió á llorar amargamente. Lloró mucho el infeliz, y llorando desahogó su pecho de las angustias que se le oprimían.

Cuando acabó de llorar, se le acercó la posadera enjugándose las lágrimas, contagiada por la aflicción de su huésped, para preguntarle si se sentía mejor. Pachín la respondía con una mirada en que se reflejaba más la gratitud que una respuesta afirmativa... Pero el hielo estaba roto, y eso buscaba la noble mujer para ingerirse por allí con otro remedio del orden moral, en el que fiaba mucho para esparcir los nubarrones de aquel cerebro enardecido. Había que hablarle, referirle «cosas entretenidas», distraerle, sin salirse del círculo de las ideas que le tenían tan amilanado; porque irse con la conversación por otros caminos más risueños sería como burlarse de las tristezas del pobre muchacho. Y acomodado á esta pauta fué el relato de la posadera, sentada á la puerta de la alcoba. ¡Cómo y por dónde venían las cosas más negras, Señor de los cielos! ¡Qué descuidada estaba ella cuando!... ¡Jesús, María y José! De pronto creyó que habían reventado las cañerías del gas, porque propiamente parecían los tronidos debajo de los balcones. No quedó un cristal á vida, retembló toda la casa y se resquebrajaron casi todos los tabiques: allí tenía Pachín uno de ellos, bien á la vista, si quería mirar. Pero ¿qué valían todas esas pequeñeces comparadas con lo que había ocurrido en otras casas del barrio, como pudo averiguar en cuanto se echó á la calle para saber lo que pasaba? Techos y tabiques enteros desplomados, escaleras descoyuntadas y, lo que era peor, heridos á montones por los ladrillos y cascotes de la ruina... ¡Las cañerías del gas! ¡Buenas y gordas! Al descubrirse lo cierto, todo el mundo se asombraba de que hubiera quedado cosa con cosa en la ciudad ni alma viviente para contarlo. Pues en seguida le entró el recelo por la suerte de los que faltaban de su casa: tres personas, sin contar á Pachín y á su madre; pero todas habían ido volviendo, gracias á Dios, y allí presentes estaban entonces, menos la pobre mujer que no había llegado aún, pero que llegaría, ¡vaya si llegaría!: tenía ella, la patrona, buenas razones para afirmarlo... Pero ¡cuánta desgracia, Señor, y de qué pelaje muchísimas de ellas!... porque no había que decir: primeramente, todas las autoridades, desde el señor Gobernador civil, y luego... en fin, que no tenían cuenta los «malogrados». Ésta era la cara «propiamente mala» del asunto. La otra, no la buena, porque buena no la tenía desde ninguna parte que se mirase, ya era algo distinta. Quedaban los desaparecidos; los que habían sido amparados de repente, al ser barridos por el huracán, en esta tienda y en la de más allá, en esta casa ó en la otra. Pues todos habían de parecer á su hora; pero ¿quién sabía el cómo y el cuándo de tantas cosas raras como habían de suceder?... Por lo pronto, en cuanto amaneciera Dios, saldrían á la calle todos los papeles públicos atestados de noticias, bebidas en buenas fuentes; y en esas noticias habría para todos los gustos y para todas las necesidades de muchísimos desconsolados como Pachín. Con que no había que amilanarse por completo, ni perder la confianza en la misericordia de Dios...

Lo cierto fué que con el relato y los comentos de la posadera, reforzados con la aquiescencia bien declarada de los circunstantes, Pachín fué pasando poco á poco del marasmo á la atención y de la atención al interés, hasta acabar por reanimarse y por tomar el alimento sólido y confortativo que le ofreció la patrona y que hasta entonces se había obstinado en rechazar. Con esto, y el cansancio de unas faenas tan extraordinarias como las suyas y las necesidades imperiosas de su naturaleza juvenil, llegó á dormirse profundamente; y cuando de ello se convenció la posadera, apagó la luz de la alcoba y se alejó allí, de puntillas, como todos sus acompañantes.


El sueño le agarró de tal manera que no le soltó hasta la madrugada. Pero ¡bien caro le pagó entonces el infeliz! Es un hecho comprobado por la experiencia de muchas gentes, que cada hombre tiene designado por el mismo Lucifer un diablejo que se encarga de recogerle, en el momento en que se queda dormido, todos los pensamientos tristes que vagan por su cerebro, y de ponérselos delante de los ojos y á través de un cristal de aumento, en cuanto se despierta. Un diablejo de esa casta fué quien martirizó á Pachín, al despertarse, arrebatándole de pronto las plácidas visiones de su sueño, y poniéndole á la vista el cuadro de su negra realidad.

Jamás había tenido un sueño como aquél. Se había visto dichoso, completamente dichoso; y no porque se hubieran realizado sus ambiciones de gran señor, ni porque tuviera ya los billetes de banco y el oro de las Indias á carretadas: al contrario, la dicha la había encontrado en el rincón de su aldea. ¡Pero qué rincón aquél! ¡qué praderas, qué ganados! ¡qué frutos los de sus heredades! ¡qué montes tan espesos, y qué música la de su ramaje verde! Y la casa, dentro del cercado que parecía un jardín por la abundancia, la variedad y el esmero en el cultivo, tan abrigadita del vendaval y con la solana al mediodía; la parra, que nacía arrimada á un esquinal, formando un arco, amarrada á los tornos del balcón; las cuadras, con hermosas pesebreras debajo del pajar henchido de heno fragante, al costado, y dentro de la casa, la abundancia de todo lo indispensable para la vida de familia; el trabajo de la tierra fecunda, placentero, libre y á la luz del sol; la conciencia tranquila, y el descanso, como la conciencia; el corazón sin odios; y en el más estimado rinconcito de él, un cierto cosquilleo vivificante, que tentaba á levantar y ennoblecer el espíritu y despertaba en la imaginación recuerdos de ojos azules, de sonrisas plácidas, de promesas cambiadas con palabras trémulas y miradas cobardes; cuadros, en fin, de una nueva vida de amor y paz y bienandanza... ¡Y su madre!... el alma de todo, el calor, el ejemplo, el ambiente sano, la luz y la sabiduría de la casa. ¡Cómo le quería y miraba por él y le aconsejaba! ¡Y qué vanidad tan lícita la suya al considerarse merecedor de una madre como aquélla!... En suma, que Pachín había dado con el idilio de la vida y adivinado el argumento de un paisaje de abanico. Pues hallándose en el goce de lo más delicioso de él, fué cuando el diablejo, su enemigo, le apagó las luces de la fantasía y le puso delante de los ojos el cuadro de sus desdichas verdaderas. Gimió, lloró mucho entonces, unas veces en el mayor desconsuelo, otras veces desesperado. Clamó á gritos por su madre, y rezó fervorosamente por ella, y pidió á Dios... todo lo que más necesitaba: á su madre, ó fuerzas para resignarse á perderla de aquel modo.

No quiso desayunarse ni que le curaran las heridas, pero sí levantarse de la cama: esto lo quiso con grande y reiterado empeño, contra el parecer y los consejos de la posadera y cuantos con ella habían acudido á consolarle. Quería levantarse para lanzarse de nuevo á la calle y registrar toda la ciudad, casa por casa y piedra por piedra. Pero el trabajo de la víspera y los sufrimientos morales habían acabado con sus bríos, y se sintió clavado en el lecho por la extrema debilidad.

En estas peleas y arrechuchos, entró el comensal de marras: venía pálido y descompuesto de faz. Le acosaron á preguntas y refirió lo que había visto. Había salido muy temprano, porque había dormido mal, y la curiosidad le arrastraba fuera de casa. Las calles, á la luz del sol naciente, le habían parecido más tristes que al anochecer de la víspera; las gentes más abatidas y desencajadas; los estragos más notorios, y el aspecto, en general, de la población, más patético y aflictivo. Los incendios continuaban, pero aislados y en camino de acabarse por falta de cebo y no haber querido Dios que los empujara el viento hacia donde le había muy abundante. Tentado del diablo y de un mal consejo, había ido al hospital. ¡Nunca allá fuera! Entró sin dificultades, como entraba mucha, muchísima gente, y no toda en son de paz y con el respeto que debía. Por subir la escalera, comenzó á arrepentirse de haberla subido y tuvo tentaciones de volverse á la calle. Pero la curiosidad, ¡la pícara curiosidad!... Estaba la galería por donde andaba, llena de colchones en el suelo, y yacía en cada colchón un herido; ¡pero qué heridos! ¡qué caras tan monstruosas, tan negras, cuando no eran amarillas como la cera de las sepulturas! Y sobre todo, ¡qué alaridos los de aquellos desdichados y otros tales que se oían de más lejos! Según noticias, así estaban desde la madrugada, desde que «se les habían enfriado las heridas» curadas por la noche. Le temblaban las piernas y se le turbaba la vista, pero le arrastraba la fascinación del horror mismo, y ¡adelante, adelante, adelante!... Así llegó hasta una embocadura, á cuya puerta, mal cerrada, se quedó como clavado por los pies. Lo que vió por los resquicios le hizo dar diente con diente: unas mesas muy raras; sobre las mesas, cuerpos desnudos de pies á cabeza; y en aquellos cuerpos, insensibles por el cloroformo, mutilados, chamuscados, desgarrados por la metralla del vapor, un enjambre de médicos con los mandiles manchados de sangre, y grandes y relucientes cuchillos, ó formones ó sierras en las manos, cortando miembros destrozados, ó extrayendo costillas machacadas, ó mondando, desbrozando boquetes horrorosos, obstruidos por piltrafas sanguinolentas; irrigando los cortes en carne viva con chorros incesantes de un agua que olía muy mal, y luego mantas y más mantas de esponjados algodones y vendajes sobre lo operado; y por fin, entre brazos de enfermeros el herido, á otra sala contigua; y otro enfermo de ella, ó de otra igual, á sustituirle en la mesa de operaciones; y cada cual de los heridos no operados aún, pidiendo á gritos desgarradores la merced de la sierra ó del cuchillo cuanto antes. Sudaba de congoja el pobre hombre, y, sin embargo, no podía apartarse de allí: al contrario, iba insensiblemente y poco á poco penetrando en la sala, y no sabía qué le fascinaba más, si el horror de los tormentos y de la sangre, ó el valor, el trabajo heroico é inmensamente caritativo de aquellos incansables y diestros cirujanos. Al fin llegó á sentir su cerebro, su corazón, todo su organismo, saturado, ebrio de aquel conjunto de cosas espantables, y huyó en busca de otro ambiente y de otros espectáculos.

Corrió, más que anduvo, por las galerías en demanda del aire libre de la calle, y le invitaron á ver el patio exterior, lleno ya, materialmente, de muertos; pero esta invitación, lejos de seducirle, le hizo apretar el paso y buscar con dobladas ansias la salida del hospital... De un tirón había llegado á casa por el camino más corto, y sin poder quitarse de entre cejas la visión de tan grandes lástimas y de tanta carnicería...