Con el fin de este relato coincidió la llegada de un periódico recién salido de la imprenta. Al verle Pachín en manos de la posadera, la pidió por caridad de Dios que le dejara enterarse de él con sus propios ojos. No se fiaba de nadie. Complaciósele de buena gana, y se engolfó con avidez febril en aquel mar de letras de molde. Comenzaba por la historia del suceso, con declamaciones y comentarios que, por entonces, no importaban á Pachín cosa mayor. Después iban listas inmensas de nombres, nombres de muertos conocidos y comprobados; de heridos muy graves que pronto morirían, y de otros más leves, y de desaparecidos... Pues todas estas listas leyó Pachín, nombre por nombre y en voz alta, sin topar con el que buscaba el inocente de Dios. Luego venían en montones los anónimos, y en seguida el resumen de cada serie, en números, hasta la hora en que se imprimía... Sumaban más de doscientos los cadáveres recogidos en el campo de la catástrofe y en las calles de la población; más de otros tantos los heridos muy graves, y muchísimos más los relativamente leves, los que habían sido curados en establecimientos y casas particulares y los que se suponían existentes de esta clase; por último, los desaparecidos, que no eran pocos, y que, á aquellas horas, podían sumarse con los muertos. Después, una enumeración de los efectos del estampido en la ciudad: casas ruinosas, inhabitables en absoluto; otras con grandes quebrantos en el interior; la catedral, cuya mole había librado á la ciudad de muchas desgracias, ametrallada materialmente por el costado del sur; el tejado, hundido por la cumbre; en el jardín de su claustro, á montones las vigas de hierro engarabitadas, y las madejas enmarañadas de cables metálicos, y los clavos de herradura y los cartuchos vacíos; en tal casa de tal calle, un casco de la caldera del vapor sobre la alfombra de un gabinete; en el balcón de tal otra, un bastidor de un camarote; y así hasta el infinito. Luego, muestras del alcance increíble, de la fuerza expansiva del volcán diabólico: por ejemplo, un bloque de hierro fundido, de más de seis quintales de peso, que había matado á una mujer en el camino de Corbán, es decir, á tres kilómetros del sitio de la explosión. Otros ejemplos de los extraños efectos de ella: cadáveres sin la más mínima lesión aparente; otro, descalzo de un pie y con el correspondiente botito al lado; otro, de una señora, con el abrigo, que llevaba puesto, intacto, y arrancada una manga del vestido que tenía debajo de él; niños desaparecidos de los brazos de sus zagalas ilesas, y al revés, sobre el tejado de un almacén de los contornos de la explanada, y sin un solo rasguño ni la contusión más leve, un jovenzuelo que había estado viendo el incendio muy cerca del vapor; en la mesa del comedor de un hotel frontero al muelle del desastre y ocupada por varios huéspedes, la caída del busto mutilado de un hombre, colado como un proyectil por la vidriera inmediata... Por último, un aviso de la alcaldía en el que se suplicaba á los propietarios que hicieran reconocer los tejados de sus casas, y si encontraban en ellos restos humanos, los recogieran cuidadosamente para darles cristiana sepultura... ¡Qué más ya?

¿Había entre los allí presentes, ni entre los vivos de la ciudad ni del mundo entero, quien tuviera noticia de cosas semejantes sucedidas, ni siquiera soñadas? Ni en duda puso Pachín este sentido apóstrofe de la posadera... ¡Á buena parte iba con el quejido la buena mujer!... ¡á Pachín, que había visto con sus propios ojos casi todo lo que se puntualizaba en el periódico! Pero no era ese el caso ya para él, que no podía evitar tanta desgracia, sino ver el modo de remediar la suya, si cabía en lo humano, ó, cuando menos, intentarlo con nuevas investigaciones.

Se hablaba en el papel de gentes recogidas en establecimientos y casas particulares... Por aquí se podía rastrear, y mucho, siquiera en las vecindades del abominado sitio, porque no era creíble que su madre hubiera sido impulsada con vida más al centro... Pero... Y se retorcía el infeliz en la cama, haciendo pruebas inútiles para levantarse. No sólo la debilidad, los dolores de sus coyunturas, el quebranto de todo el cuerpo, le tenían amarrado, adherido á aquel potro de insufribles tormentos morales. Volvió á llorar desesperado y á rezar, pidiendo á Dios que le diera las fuerzas que necesitaba para moverse de allí, para salir á la calle y recorrer la población casa por casa: esta merced siquiera, ya que no le considerara digno de la fortuna de hallar á su madre viva, al fin de sus investigaciones. Con lo que hizo llorar de nuevo á la posadera y conmoverse al comensal, que prometió al afligido muchacho echarse á la calle en seguida y hacer sus veces en el empeño que á él le estaba vedado. Y como lo dijo lo cumplió.


Pasó tiempo, casi toda la mañana, sin que el comensal volviera, ni llegaran á la posada otras noticias que las que andaban en todas las lenguas y por todas partes; y Pachín, pensando que el adquirir fuerzas para levantarse pronto dependía de engullir mucho, no cesó de bregar contra la obstinada inapetencia que se lo impedía. Á la hora de comer, bien corrida ya, volvió el comensal, desmadejado y sudoroso, pero no desalentado al parecer. Nada traía de lo que había ido á buscar; pero aseguraba haber dado con un rastro que le prometía algo bueno. Si Pachín creyó ó no creyó aquel embuste caritativo, nadie se lo conoció; pero lo cierto fué que el excelente sujeto se volvió á la calle sin deglutir el último bocado, dejando la posada llena de noticias que había adquirido en su excursión: que venían legiones de hombres con potentes aparatos contra incendios, de varios puntos de la provincia, y todos los bomberos de Bilbao, y el ministro de la Gobernación con una falange de altos funcionarios, de Madrid, y un batallón de ingenieros, de Logroño. Porque toda España se había estremecido de espanto al conocer la extensión de la catástrofe, y de todas partes llegaban generosas demostraciones de ello.

Con el comento de estas noticias y la adquisición de otras por el estilo, fué pasándose la tarde y entreteniendo Pachín sus impaciencias; porque, á todo esto, el comensal no volvía... Hasta que empezó á anochecer; y cansado de llorar, de sufrir y aun de impacientarse, en un breve rato en que se quedó solo en la alcoba y casi á obscuras, le acometió el sueño; pero tan á traición y de repente, que no tuvo tiempo el diablejo, su espía, de recogerle los malos pensamientos, y se le quedaron todos en la cabeza. También soñó con su pueblo entonces; pero ¡de qué distinta manera que la otra vez! Toda la comarca era un erial ingrato: ni el sol se dignaba alumbrarla dos veces al mes, y se sentía frío en ella hasta en agosto. Él se descoyuntaba el cuerpo trabajando, ¡y nada! Sembraba, y lo sembrado no nacía; el suelo resquebrajado de sus praderas, sólo daba escajos y zarzas miserables; la casuca se le desmoronaba á ojos vistas; el hambre y la ruinera acababan con sus ganados, y se veía con el último vestido que había podido adquirir, hecho jirones y mugriento por el uso, y además solo, ¡solo de toda soledad! Porque su madre había muerto también. Subiendo á lo alto del monte para hacer una carga de leña de la única que se conservaba en todo él, pero raquítica y chamuscada, como que procedía del incendio que devoró los robledales que allí hubo, había rodado por los peñascos de una quebrada, sin que apenas hubiera hallado él quien, por caridad, le ayudara á sacar del fondo de la barranca el destrozado cadáver. Todavía estaba viéndole metido en un ataúd sin tapadera, porque era el de los pobres de solemnidad, con cuatro varales y cuatro patas: los unos para ser cargado en hombros de cuatro hermanos de la Vera-Cruz; las otras para mantenerle en alto junto á la sepultura y volcar en ella fácilmente el cuerpo, sin tocarle con las manos. Se había vuelto hacia casa, después de rezar el responso entonado por el cura sobre la fosa rociada con agua bendita al mismo tiempo, y aún seguía andando, andando; pero cuanto más andaba, menos adelantaba en el camino. Había pasado así toda la mañana y casi toda la tarde; y ya se había puesto el sol debajo de la espesa capa de nubes cenicientas, y se veía venir la noche; y unos perros, extenuados de hambre, que habían salido á ladrarle de las corraladas por donde había ido pasando, no cesaban de ladrar ni de perseguirle; y él andaba y andaba, moviendo á un lado y á otro un palo que llevaba en la mano apoyada sobre la cadera, y empezaba á tener miedo. Porque la noche venía; y al latir lastimero de los canes se iban agregando voces humanas, que no sabia él si eran para apaciguarlos ó para azuzarlos más. Por último, anocheció de todo, y á los ladridos y á las voces se juntó un manoseo que sentía sobre el pecho y sobre la cara, sin poder averiguar quién ó qué cosa se le producía; porque la noche era negra, negra como él no había conocido otra, y no veía en torno suyo más que la negrura impenetrable, maciza, de la obscuridad. El manoseo del pecho llegó á quitarle la respiración, al mismo tiempo que le taladraban los oídos, no ya el ladrar de los perros, sino unos gritos y llamadas que no acertaba á definir; y como la angustia, el ahogo de su pecho, seguía apretándole, hizo un esfuerzo de respiración en que puso todo lo que le quedaba de vida... y triunfó en el empeño. Rotas aquellas opresoras ligaduras, hasta se disiparon las tinieblas y cesaron los aullidos de los perros... y vió, vió delante de sus ojos, comiéndole á besos y estrechándole entre sus brazos, ¡oh prodigio y caridad de Dios!... á su madre; pero á su madre viva: no á la que había rodado por los peñascos de la quebrada del monte de sus delirios, sino á su verdadera madre; á la que había desaparecido cuando la voladura del vapor y buscado él por todas partes, llorándola ya por muerta. Y vió más todavía: vió, á la derecha de su madre, á la posadera, y á la izquierda, al comensal, ambos con los ojos encharcados de lágrimas, fijos en él... por más señas, que la posadera tenía en la mano una palmatoria con una vela encendida, á cuya luz, que hasta le deslumbraba, veía Pachín la escena como al sol del mediodía, y distinguió claramente á las personas que formaban parte de ella en la penumbra del segundo término. No cabía la menor duda: aquello no era continuación de su sueño desconsolador y fatigoso, sino la realidad patente. Pachín estaba despierto, y su madre, viva, junto á él. Pensó volverse loco de alegría, como ya lo había estado dos ó tres veces de pesadumbre. De un brinco se sentó en la cama y se colgó del cuello de su madre que seguía devorándole á besos é inundándole de lágrimas... ¡Fueran los químicos del sentimiento á averiguar cuál de los dos corazones ponía mayor cantidad de fibras en aquel abrazo sublime!


No fueron largas ni minuciosas las explicaciones de la madre cuando llegó el momento de darlas, ni podían ser de otro modo. Sabía muy poco de lo que le había pasado; y eso, por referencias hechas cuando ya no había en ella otro pensamiento ni otras ansias que el saber de la suerte de su hijo. Por lo visto, había sido encontrada debajo de unos maderos, á la vera de un portal, por unas almas caritativas que la subieron sin conocimiento á su casa. De tal arte estuvo hasta cerca de la media noche, hora en que empezó á volver en sí. El verdadero y cabal conocimiento no lo había adquirido hasta las dos de aquella tarde. Entonces fué cuando la enteraron de todo lo del vapor y del modo que había sido hallada y recogida ella; pero como no la daban noticias de su hijo cuando preguntó por él, ya no vió ni oyó nada de lo que á su lado pasaba ó se decía, ni pensó en otra cosa que en saltar de la cama para echarse á la calle cuanto antes en busca del pedazo de su corazón. No tenía otro mal que una pesadez muy grande en la cabeza y unos cuantos golpes en el cuerpo, que no le habían hecho sangre ni levantado el menor bulto, pero que le dolían algo... Pues todo se le quitó, como por milagro de la Virgen, tan pronto como se empeñó en que se le quitara con unos sorbos de caldo y la necesidad que tenía de hallarse buena y fuerte. Y tan animosa se vió de pronto y tan firme y atrevida, que ni siquiera quiso aceptar la compañía que le ofrecieron, por lo que pudiera acontecerle en sus exploraciones: demasiado habían hecho ya aquellas caritativas gentes. Se lanzó á la calle como desatinada y loca; y al verse en ella, se la ocurrió que, ante todo, debía comenzar por volver á la posada, donde quizás estuviera Pachín llorándola por muerta. Anduvo, anduvo hacia allá, y á medio camino alcanzó á aquel buen hombre (el comensal), que se alborotó de alegría al conocerla, y la impuso de lo que más la interesaba saber. Alabó á Dios con toda su alma agradecida... y allí estaba, un poco menos boyante que la víspera y más baja de color; pero con la salud sin quebranto serio... y hasta con su paraguas y todo, pues abrazada á él había sido encontrada bajo la pila de maderos, según después se le dijo.

—Y ahora, hijo mío de mi alma—añadió, volviendo á besarle con ansias de frenesí,—ahora que sabes de esto más de lo que hace falta, cuenta, cuenta tú de lo tuyo, que es lo que importa y viene al caso.