Quería Pachín dejarlo «para luego», porque la historia era larga y su madre necesitaba, ante todo, alimentarse y descansar; pero pensaba ella de muy distinto modo: insistió en su empeño; se acomodó en una silla que la posadera le arrimó á la cama; sentáronse también, aunque á prudente distancia, aquella buena mujer y el comensal y cuantas personas estaban allí presentes, y no tuvo Pachín más remedio que ponerse á contar su terrible odisea.

Como tenía el corazón bien repleto del asunto, la boca del narrador le fué pintando de tal arte, que á los fascinados oyentes les parecía estar viéndole estampado en un papel; y tan á lo vivo resaltaban los horrores del cuadro y las angustias del pintor, que al andar éste por la mitad escasa de su tarea, le pidió su madre, por caridad de Dios, que hiciera punto en lo ya dicho y dejara lo restante para otra vez.

—Razón tenías, hijo de mi alma—añadióle,—en resistirte á contármelo ahora. Están las llagas demasiado frescas todavía para poder tocarlas sin que sangren.

Y con el evidente propósito de llevar sus imaginaciones á otra parte menos triste, le dijo en seguida:

—Á más de que hay que hacer de tripas corazón y ponerse cada cual en su deber. Lo que no tiene de por sí remedio, no lo han de remediar fuerzas humanas; y cuando el Señor de los cielos te libró de mal tan grande, será porque te guarda para mejor suerte por otros caminos. ¿No te lo paece á ti también? Y si no, dime: ¿á cuántos estás, á la hora presente, de tu negocio? ¿Á que no has pensado siquiera que se puede haber largado el otro barco sin acordarse del santo de tu nombre?

—¡El otro barco!—exclamó Pachín, llevándose ambas manos á los ojos, espantado de la idea despertada en su cerebro por las preguntas de su madre,—¡el que había de llevarme á mí por esos mares, días y días, lejos, ¡muy lejos! en busca de... no sé qué?

—El mesmo, hijo mío, el mesmo.

—Pues hágase cuenta, madre, que, para mí, todos esos particulares, ya, como las nubes de antaño. Desde ayer acá, soy muy otro de lo que fuí en el ver y en el pensar de ciertas cosas... Aquello, ¡ay, madre de mi alma!... yo no sé explicarlo bien; pero, aunque torpe de entendederas, paéceme á mí que es á modo de libro abierto que tiene mucho que leer y no poco que rumiar. De algo de ello viví yo loco por tentaciones de Satanás, y así y con todo no pagué mi culpa donde tantos inocentes perecieron ayer. ¿Qué mayor suerte? ¿Qué mayor aviso, madre? Y si no lo fuere, yo por tal le tengo y á él me agarro... y al pobre rinconuco del nuestro lugar quiero volverme antes con antes, á trabajar para usté... para los dos, majando terrones como los majó mi padre que, trabajando así, honrado vivió y en santa paz entregó á Dios el alma... Y, en suma y finiquito, ¿qué mejor caudal, madre? El trabajo que honra y da la paz, ¡bendito sea él!... pero la cubicia tirana, el hambre del dinero que con todas entra, porque nunca se ve harta, ¡maldita sea de Dios como la peste más dañosa!


Al otro día, ó al siguiente, porque no están acordes los datos acerca de este insignificante particular, la madre y el hijo emprendieron el viaje de vuelta á su aldea, hablando poco y meditando mucho, según iban adelantando en el camino. Pachín, sobre todo, que había visto y sufrido más que su madre, no podía apartar su discurso del cuadro que llevaba estampado á fuego en la memoria, ni cesar un instante en el empeño de reconstruirle, de componerle y de completarle en su fantasía con los elementos adquiridos fuera del alcance de su propia observación. Así, á larga distancia, con el espíritu en reposo y á la serena luz de sus recuerdos, llegó á verle en toda la magnitud de su conjunto de horrores, sobre los cuales se cernían los espectros del dolor, de la orfandad y de la miseria, como una bandada de buitres sobre un campo de batalla; y al estremecerse entonces de espanto, no podía sospechar el noble y rudo aldeanillo que aún faltaban nuevos renglones en la columna negra de aquella cuenta terrible; que el monstruo, aunque sepultado, respiraba todavía, y que, como el de la fábula bajo el peso de su monte, había de vomitar nuevas desventuras sobre la infortunada ciudad, al agitarse en el fondo de su tumba con las últimas convulsiones de la agonía.