Se me cayó el periódico de las manos, y no quise leer más ni meditar sobre lo leído, por no mezclar las tintas del nuevo cuadro con el recuerdo del otro, del hombre melancólico de la estación de T..., y mucho menos con el de su padre, el infeliz, el sencillo, el honrado labriego que volvería á ponerse á punto de morir de indignación y de vergüenza si se enteraba de aquella infame comedia representada en la cárcel de P...

Pasaron unos cuantos días, y con ellos se fué borrando en mi memoria lo más saliente de los recuerdos del hijo; pero no me sucedió lo mismo con los trazos de la imagen que yo había formado de su padre: nada más venerando para mí que la vejez de un pobre honrado, abatido por las pesadumbres; y en este concepto, lejos de achicárseme la idea de aquel viejo campesino cristalizada en mi cerebro, se iba agrandando á medida que pensaba en él, y pensaba muy á menudo.

Un día, cuando aún se hablaba mucho de los sucesos referidos, oí llamar á la puerta de mi casa, y se me dijo que preguntaba por mí «un aldeano ya de edad».

—¿Cómo se llama?—pregunté yo á mi vez y sin gran curiosidad, porque á las visitas de este linaje estoy bien acostumbrado.

—Dice que es el padre del reo de P...

—¡El padre del reo de P...!—exclamé estremeciéndome.—Y ¿para qué pregunta por mí? ¿Qué se le ocurre á ese buen hombre?—añadí muy dispuesto á mandarle entrar para conocerle y echar un párrafo con él.

—Ya se lo he preguntado, y me ha respondido que «á ver si le da usted algo...».

—¿Algo de qué?

—De dinero... de limosna...

—¿Á qué santo?