—Pues también me lo ha dicho: á santo de que es «el padre del reo de P...». Por lo visto, anda así de puerta en puerta.

Algo como luz de pajuela que alumbraba en un rinconcito de mi cerebro á una figura de patriarca venerable, se apagó de repente, dejando á obscuras el santo y la hornacina.

—¡Dile que no estoy en casa!—respondí con intención de que lo oyera el postulante.

«¡El padre del reo de P...!» ó como si dijéramos, el verdadero, el auténtico delfín de Francia.

¡El bendito de Dios se había dedicado á explotar de aquel modo la negra fama de su hijo!

No hago comentarios, lector pío y justiciero: hazlos tú si gustas y eres de esos ya citados linces que se pasan la vida aquilatando cerebros y corazones, para distinguir entre cuerdos, imbéciles y desequilibrados; en la seguridad de que todo lo referido en estas cuartillas es exacto y rigurosamente cierto, y de fecha no remota.

1898.

LA LIMA DE LOS DESEOS
APUNTES DE MI CARTERA