—Curriente—dijo el pardillo sentencioso que llevaba allí la dirección del cotarro.—Pero ¿has de entregarlas en seco? ¿No has de acompañar la fineza con una mala palabra?

—Justo que sí—respondió el de las aves,—y ya estaba yo en esa cuenta.

—Y contabas bien—repuso el otro.—Pero ¿qué piensas decirle?

—Hombre—contestó el interpelado,—lo que sea de razón y venga al ite de la cosa.

—Con verlo basta.

—Pos le diré, punto más, punto menos, que... por acá, que... por allá; que si eres esto; que si vales lo otro; que bendita sea la luna en que nacistes, y la hora en que te avecindastes aquí... y... y...

—Pos, mira, tendrá que oir too ello, como lo jiles bien. ¿Y tú?—añadió el pardillo encarándose con otro concurrente.

—Pos yo—respondió el aludido rascándose el cogote,—si no tengo aves que llevar á ese sujeto, algo de cuenta paecerá en casa, ó en las aguas de la mar, con que pintarle la buena ley que le tengo; y al auto de la palabra, tampoco ha de faltarme en su hora y punto.

—Pon un simen de ello.

—Pos al simen de lo que acabas de oir al mi compadre: que... por arriba, que... por abajo; que lo que sabes, que lo que puedes, que lo que vales; que ni los mesmos soles del día, ni los luceros de la noche que te se acomparen, y que bendita sea la hora...