Entonces una parrafada de última hora; y por remate de todo, un resumen de lo acontecido, con la tasación de daños, y lágrimas compasivas en recuerdo de los perjudicados y contusos; una descarga de reflexiones acerca del mal servicio contra incendios, otra de loores para las «dignas autoridades» y demás personas que han sido complacientes con él, y una alabanza especial para el heroico bombero del tejado.

Gran teatro es un incendio gordo para lucir su diligencia y su sagacidad un hombre así; pero aún hay otros que se prestan mejor al ejercicio de los raros talentos que posee por privilegio singular de su naturaleza y por ley de la costumbre que le ha formado: verbigracia, los crímenes ruidosos, las causas célebres. ¡Aquí es donde hay que verle para admirarle en toda la pompa de su absoluto poder y señorío! Á donde va el juzgado instructor, allí está ya él, que también es juez y magistrado, y Audiencia y Tribunal Supremo y cuanto hay que ser; allí está desde mucho antes, mano á mano con el supuesto criminal, ó testigo, ó cómplice, cuyas declaraciones se buscan.

—¿De cuántas puñaladas mató usted á su víctima?

—¡Señor!... Yo no he matado á nadie: bien lo sabe el juez.

—¡Qué juez ni qué niño muerto! Aquí no hay más juez que yo, ni más tribunal que el que yo represento, que es el tribunal de la prensa, el de la conciencia pública; y público y notorio es que usted la hizo, por lo que nadie más que usted ha de pagarla. Con que, á cantar de plano.

—Repito que soy inocente.

—¿En dónde se hallaba usted á las ocho de la mañana del día siete de febrero del año próximo pasado?

—¡Yo que sé!

—¿Qué señas tenía cierta mujer que en aquella ocasión, y mientras usted saludaba al espatarrao, pasó por la acera de enfrente?

—No recuerdo nada de eso.