—Ya lo recordará usted en el patíbulo. ¿De qué color eran las botinas de la barbiana con quien usted se detuvo en la misma calle, ocho meses después, al rayar el mediodía, y por qué, al despedirse, fijó usted la mirada en el balcón de un tercer piso, y ella dijo que sí con un movimiento de su cabeza?
—Tampoco hago memoria de cosa alguna de ésas.
—¿Y tampoco recuerda usted quién era la señora recatada que salió en compañía de un caballero muy elegante, con el cuello del sobretodo alzado y el ala del sombrero muy caída sobre los ojos?
—¿De dónde salían esas personas?
—Del portal mismo de la casa del interfecto, tres horas después de cometido el crimen. ¿De qué piso bajaban? ¿Á dónde iban, y por qué al extremo de la calle se cruzaron con un hombre, y este hombre arrojó en aquel instante la colilla del cigarro que fumaba, y al arrojarla tocó con el codo el brazo de la señora, y la señora volvió la cara hacia él?
—Pero ¿por qué he de saber yo esas cosas?
—Porque el hombre de la colilla era usted, y la señora recatada y el señor que iba con ella, sus cómplices y encubridores de usted, como se irá demostrando poco á poco.
—¡Por los clavos de Jesucristo!... Pero, señor, aunque fuera cierto que tirara yo una colilla en ese sitio que usted dice, y tropezara con el brazo á una señora al mismo tiempo, y esa señora se volviera para mirarme, ¿qué tiene todo ello de particular ni que ver con el crimen cometido tres horas antes... no sé en dónde?
—Por esa puerta falsa quiere la justicia histórica dar escape á la responsabilidad criminal de usted; pero á mí no me la da esa señora con vuelillos y hopalandas... Y vamos adelante. ¿Á qué hora de aquella misma noche entregó usted un envoltorio al presidente del Consejo de Ministros?
—¿Yo?...