—Usted, sí. Ya ve usted cómo todo se sabe. Y ¿á qué otra, sobre poco más ó menos, tuvo usted una entrevista con el nuncio, y le dió una carta que le había proporcionado un gentilhombre de Palacio, á instancias del embajador de Rusia?

—¡Qué barbaridad!

Es verosímil que mientras el periodista anda empeñado en un interrogatorio como éste, llegue la justicia á cumplir con su deber, y que, advertido de ello el preguntante, responda altanero al funcionario que se lo advierte:

—Que aguarde.

Porque se han dado casos en que la justicia le obedezca y espere á que él concluya.

Después del interrogatorio, á la redacción para echarle á la calle corregido y anotado, ó, como si dijéramos, puesto en la salsa estimulante que el público apetece y saborea; y si le conviniese para sus fines, antes ó después de este trámite, á la presidencia del Consejo de Ministros ó á la del Tribunal Supremo. Si el presidente está ocupado, que se desocupe; si descansando, que perdone, pero que le reciba. Él necesita verle, y le verá. Y le ve al fin. Se ve con el encumbrado personaje, inaccesible á la masa anónima de los simples mortales; y no sólo le ve así, sino que le interroga y le amonesta por lo torcida que anda la vara de la justicia en lo del crimen aquél, y hasta le habla del envoltorio de marras en la entrevista del Jetas con el Nuncio, y de la carta del gentilhombre, y de las intrigas del embajador de Rusia, sin que nadie le tire con algo ni se amontone siquiera.

En el juicio oral tendrá lugar y asiento de preferencia, señalados por el Poder judicial para que tome y haga á su gusto notas y semblanzas, y pueda, después del juicio, ofrecer al público, para que se deleite con ello, los nuevos rumbos que va tomando el negocio criminal en la causa aparte que sigue él á los procesados.

Con igual derecho y con idénticas prerrogativas acudirá á las solemnidades académicas si son públicas, y si no lo son, á recoger las notas que se le proporcionarán de lo que unos hagan y de lo que digan otros, para dar cuenta minuciosa de todo ello, y fallar él en seguida ex-cátedra, háyase tratado en el concurso de agricultura, de matemáticas, de navegación ó de teología. Á él lo mismo le da, porque de nada de ello entiende jota; pero es listo y posee el arte de aparentar que de todo entiende mucho, y con ello le sobra para desempeñar airosamente su cometido.

Al salir los ministros de un consejo, ó un grupito de diputados de un conciliábulo, ya está él á la puerta para echarles el alto y pedirles cuenta de lo que se haya dicho y acordado en la secreta reunión.

En cuanto llega un personaje de nota, ó publica un documento de sensación, ó produce con su palabra ó con sus actos una escisión en el Parlamento, le pide la correspondiente interview; y sin aguardar la respuesta, se le planta delante y le somete á la tiranía de sus inevitables interrogatorios: «¿Á qué ha venido usted?—¿Qué día salió de París?—¿Cuál fué el verdadero objeto de la conferencia que celebró usted el día tantos con el embajador de Alemania en aquella capital?—¿Qué juicio han formado los hombres eminentes de ese Gobierno sobre la última crisis del nuestro?—Al publicar usted la carta que tanto da que decir hoy, ¿se propuso únicamente satisfacer una necesidad de su conciencia política, ó entró por algo en sus planes el deseo de molestar al Gobierno y de hacer más apurada su situación?—¿Fué obra de su propio y exclusivo impulso, ó por acuerdo también de los amigos políticos de usted?—En este caso, ¿tiraban ustedes solamente á herir, ó tiraban á matar?—Los motivos en que declaró usted fundar su acto, ¿son los únicos y verdaderos? ¿No hay otros reservados de muy distinta naturaleza?—¿Puede darse algún crédito á la versión, corriente en los pasillos, de que la inesperada discrepancia de usted reconoce por causa eficiente el haberle negado el Presidente del Consejo, en la última modificación ministerial, una cartera que le tenía ofrecida?».