Tampoco aquí se le tira con nada ni se le niega la más insignificante de las respuestas que pide.

Si en aquel día ó en el anterior ha andado rebotando en las columnas de la prensa periódica algún escandalillo con iniciales transparentes, ó se ha descubierto un ingenio de chispa en el teatro ó en la novela... á ello en seguida para echarlo desnudo á la calle, antes que envejezca entre las veladuras del misterio. Al marido ultrajado: ¿qué causas pudieron influir en el origen de los sucesos que acarrearon la catástrofe? Y así. Al banquero en quiebra: si tuvo parte la política en el desastre; á cuánto ascienden el pasivo y el activo; de qué pelaje son las víctimas más numerosas, y si están resignadas, etc., etc. Al autor dramático ó al novelista: si es verdad que «en sus principios» fué guardia civil, ó seminarista, ó teniente de Estado Mayor; que robó á una bailarina y se batió á navaja con uno de Orden público; que escribe boca arriba, y que en su pueblo come la carne cruda y duerme en el pajar...


Cualquiera que entienda un poco en achaques de la débil naturaleza humana, pensará que ese hombre que no ha cesado de moverse, de ver, de hablar y de escribir en todo el santo día de Dios, caerá desplomado en la cama á las primeras horas de la noche. Pues no, señor: es también corresponsal de diez ó doce periódicos de provincias; y después de haber enviado por el correo otras tantas correspondencias de su puño y letra, á última hora, es decir, á las dos ó las tres de la mañana, cuando ya nada queda que husmear en las tertulias de los Ministerios y se han apagado las candilejas de los escenarios del otro mundo, correrá al telégrafo, y allí, con la velocidad del rayo, mandará hasta los últimos confines de la Península la quinta esencia de cuanto ha averiguado desde que se levantó de la cama, para que se desayunen con ello, pocas horas después, los suscriptores de los periódicos provincianos que le pagan este inapreciable servicio.

En suma: que no conoce el cansancio ni las puertas cerradas; está en todas partes y á todas las horas del día y de la noche, presenciando todos los sucesos que sean narrables en letras de molde... ó esperando que acontezcan, porque solamente suponiéndole dotado de un prodigioso instinto de adivinación ó de presentimiento, puede concebirse la puntualidad con que asiste á cuanto ocurre en todas partes, público ó secreto, grande ó chico, fausto ó infausto.

Tampoco hay distancias para él. En cualquier estación del año las salva, de balde y en primera (¡otro privilegio asombroso en ese feudo proverbial de las compañías de ferrocarriles!), ó como la necesidad lo exija, á ratos (de balde también, por supuesto), y ya está allá gimiendo sobre los estragos de un terremoto, ó las víctimas de una epidemia, ó los despojos de un naufragio; cantando los triunfos de la ciencia en la inauguración de un artefacto; describiendo la pompa de una fiesta excepcional, ó inventariando moños é intrigüelas en tal ó cual punto «de cita» veraniega para las damas distinguidas de «nuestro mundo elegante».

Pero aún alcanzan á mucho más los alientos de este hombre, de ordinario simple fisgón al menudeo. Cuando la ocasión lo pide, sabe elevar su oficio á las alturas de la epopeya; y es de admirar entonces cómo un día, porque en lo más remoto del mundo pasa ó va á pasar algo que no se ve á todas horas ni en cualquiera parte, atraviesa mares y montañas, arrostra los peligros de las tempestades y de los climas insalubres; y en la diestra el lapicero, espada de este conquistador de nuevo cuño, después de haber residenciado al capitán del buque ó á los guías de la montaña ó del desierto, como preámbulo de la obra que le preocupa y le arranca de su hogar, si es que le tiene, acomete al sha de Persia, ó á un rajá de la India, ó á un salvaje patagón, por señas, si no puede de otro modo, y le desocupa la conciencia sobre las cuartillas de papel de su cartera inagotable.

El suceso que le lleva á tan lejanos confines es, por lo común, una guerra bárbara entre dos grandes naciones por un «quítame esas pajas». Ya está debidamente instalado en el cuartel general de uno de los ejércitos beligerantes. Es plaza montada; y si no tiene ración y lecho en la tienda del general en jefe, los tendrá en la que la sigue. Antes de darse la batalla, ya tiene él contados los combatientes de cada lado, con sus respectivos elementos de pelea, descritas las condiciones del terreno y pronosticado el éxito definitivo. Suena el primer cañonazo y él, después de consultar su reló, consigna el gran momento en sus cuartillas. Desde entonces, y como si su oficio fuera el de guerrear, olvidado de los peligros que corre, todo es ojos y actividad para cumplir con su deber, no de cronista escrupuloso, sino de noticiero diligente; y se le verá entre el polvo y el humo de la batalla correr de acá para allá, movido del ansia de ver las cosas más salientes por sí mismo y de anotarlas con el mayor lujo posible de pelos y señales. Y si deduce de algunas de ellas, extrañamente desastrosas en su campo, que en el frontero se estrena un nuevo artificio bélico, será capaz de meterse bajo los fuegos enemigos y de no parar hasta ver con sus propios ojos el aparato mortífero y el modo de funcionar. Si lo consigue, ¿qué victoria como ella? Pero consígalo ó no, exista ó no exista el artificio, cuélese ó no se cuele en el campo enemigo, que éste pierda ó gane la batalla, él, siempre infatigable y con el estruendo del último cañonazo aún en los oídos, saldrá del revuelto y ensangrentado campo á todo correr de su cabalgadura, y atravesará llanos y desfiladeros, y andará leguas y leguas sin punto de reposo, hasta la más próxima estación telegráfica ú oficina de correos. Allí, quizás sin haberse desayunado todavía, coordinará sus apuntes, y, en la forma conveniente á sus propósitos, los enviará á su destino. Al día siguiente, vuelta á empezar la misma dura faena con ligerísimas variantes, hasta la terminación de la contienda... si antes no ha terminado él de vivir por obra y gracia de algún mal tropiezo con que no soñaba en la borrachera de su insaciable y peligrosa curiosidad.

¡Á tal extremo puede llegar, y ha llegado más de una vez, la manía de este nuevo caballero andante, para quien, hallándose en el ejercicio de su libre profesión, tampoco rigen las comunes leyes del Estado!

Y todo ello, en definitiva, lo grande y lo chico, lo serio y lo cómico, de este sujeto, ¿por qué y para qué?... Pues por el ansia, como ya se ha apuntado, de ser el primero en recoger hechos y dichos, para que el periódico que le paga no sea el segundo en venderlos en la vía pública á un tropel de haraganes desdeñosos y á otros tantos lectores impacientes, que han de olvidarlos, apenas engullidos, por el hambre de otros nuevos, y que aún hallan cara la ración en la miseria que les cuesta de un perro chico.