Verdaderamente son dignos de más altos destinos el ingenio, la frescura y las fatigas sobrehumanas que se necesitan, y de ordinario se emplean, para desempeñar á conciencia el oficio de reporter.
1892.
DE MIS RECUERDOS
DE MIS RECUERDOS
NA tarde gris con intermitencias de sol tibio; una iglesia pobre y vieja sobre una meseta pedregosa con jirones de césped y matas de arbustos bravíos; una extensa campiña verde con fondos lejanos de cerros ondulantes y de erguidos montes gallardamente escalonados. En el porche de la iglesia, corrillos de aldeanos hablando y pisando quedo, por reverencia á lo que acontece en el santo lugar en día tan señalado. Dentro de la iglesia, el viejo párroco y un su feligrés, no mucho más joven, sentados en un banco de elevado espaldar, delante de un tenebrario, y cantando las Lamentaciones de Jeremías. En la capilla mayor y lleno de luces, el monumento, cuya armazón está cubierta de colchas y pañuelos muy vistosos, que se extienden después en dos alas, á diestro y siniestro, hasta los respectivos muros de la iglesia. Al pie de las gradas del monumento, echada la cruz sobre un paño negro y descansando sus brazos en dos almohadas guarnecidas profusamente de lazos de colores, cadenas de plata, acericos y relicarios. Los fieles, que llenan casi todo lo desocupado del templo, rezando fervorosos ó andando en grupos el Calvario, y á veces, como para acompañar al murmurio de los rezos ó al cántico de las tinieblas, el sonido tenue de la humilde moneda de cobre al caer en el platillo colocado junto á la cruz yacente.
En el cuerpo de la iglesia, los dos pasos, en sus correspondientes andas, que han de salir en la procesión: el de la Dolorosa, que no es muy grande, y el de «los judíos», que lo es y pesa mucho, pues representa á Jesús atado á la columna, flagelado por dos sayones: tres esculturas, no modelos de arte seguramente, pero de buen tamaño y bien macizas; por eso tienen sus andas ocho brazos.
Por fin se apaga la última candela del tenebrario, se oye la palmada del cura sobre su libro, cerrado ya; y los chicuelos que hormigueaban entre los hombres del portal, armados de cachiporras los más de ellos, comienzan á golpear desaforados todo lo que suene, como los postes que sostienen la achacosa tejavana, y hasta las hojas mismas de la puerta principal; los afortunados que tienen carraca, á voltearla furiosamente, y los que no tienen cachiporra ni carraca, á piafar sobre los morrillos del suelo con sus herradas almadreñas. El caso es hacer ruido... hasta que apareció el cura en la meseta del pórtico.