Detúvose allí, calláronse todos en cuanto le vieron, y dijo en voz alta dirigiéndose á los del portal:
—Seis hombres para el paso de la virgen.
—Hay cuatro,—respondió un buen mozo señalando á otros tres que le acompañaban.
El párroco les dió las gracias con un gesto, y volviendo á recorrer todo el concurso con la vista, tornó á decir:
—Ocho para los judíos.
—Hay seis,—respondió en un lado un fornido mocetón.
—¡Hay cuatro!—dijo en seguida otro más fornido aún, saliendo al frente desde el lado opuesto con los tres que mantenían su atrevido arranque.
Produjo en los presentes aquella valentía rumores de entusiasmo, y en el señor cura cierta expresión de asombro placentero. Con ella en la cara, dió por terminado el asunto y se volvió á la iglesia, á donde le siguieron los mozos triunfadores en la puja, y se dispuso á seguirle la gente del portal.
Que no le siguió por de pronto, porque aparecieron en él, por el boquete del norte, dos penitentes, cuya inesperada presencia allí suspendió los ánimos de todos. Vestían luengas túnicas muy bastas, con alta caperuza y muy caído antifaz: iban descalzos, embarrados los pies y los vestidos, y llevaban á cuestas sendas cruces de madera en bruto, muy grandes y de mucho peso. No era extraño el suceso en toda la comarca, ni nuevo en aquella iglesia; pero sí poco frecuente. Según algunos forasteros, que por curiosidad los acompañaban desde su pueblo, cuyo sagrario habían visitado ya, los penitentes llevan andadas á aquellas horas seis estaciones; es decir, recorridos seis pueblos, que nombraron; y esto lo sabían los relatantes por otros curiosos que los habían seguido hasta el de ellos. Lo que no se sabía á punto fijo era de qué lugar procedían, ni quiénes eran, ni por qué pecado hacían aquella dura penitencia, que debió de comenzar por la mañana y no podía terminar sino bien entrada ya la noche. Nadie los había visto comer, ni beber, ni descansar, ni siquiera ponerse á subio para defenderse de los chubascos y granizadas que habían caído alrededor del mediodía.
Llegaban, pues, muy quebrantados de fuerzas, y bien se les conocía en el andar y, sobre todo, cuando subieron los escalones del pórtico para entrar en la iglesia.