Tras ellos se fué toda la gente que había fuera, y vió cómo la de adentro, muy admirada y respetuosa, les iba abriendo paso hasta las gradas del monumento, donde se postraron de rodillas, uno á cada lado de la cruz, sin aliviar los hombros del peso de las suyas.
Mientras oraban allí venerando al sacramento, se iba formando la procesión que había de seguir su carrera acostumbrada alrededor de la iglesia, por el camino más largo y dificultoso: una cambera desnivelada y áspera, festoneada, á trechos, de bardales, mimbreras y saúcos que ya empezaban á reverdecer. Todo este camino había de recorrerse sin descanso alguno; y en eso estaba el toque de la puja entre los bravos mozos para conducir los pasos, especialmente el de «los judíos».
Salió al fin la procesión, haciendo cabeza de ella un hombre descalzo, revestido con un alba de desecho, envueltas en un lienzo blanco la cara y la cabeza, y con un gran crucifijo alzado. Á este personaje le llamaban allí el fariseo. Detrás de él iba el paso de «los judíos», cuyas andas crujían con el peso de las tres esculturas, mal aseguradas al tablado por largos tutores de hierro que á menudo rechinaban en sus hembrillas roñosas. Después, y á una regular distancia, iba la virgen; y entre este paso y los niños de la escuela que precedían al sacerdote y sus acompañantes, se colocaron los dos penitentes, hecha ya su visita al monumento. La masa de feligreses cerraba la procesión, que fué entrando poco á poco en su carrera.
De las viviendas inmediatas y de las callejas y senderos que confluían en aquel punto, iban saliendo apresuradamente los últimos rezagados del lugar é incorporándose á la piadosa comitiva: las mujeres cubriéndose la cabeza con un pañuelo ó con el chal de gala, y los hombres vistiéndose la chaqueta de los domingos. Las casas quedaban desiertas, los animales recogidos y los hogares apagados; y, como la vasta campiña y la brumosa cordillera y el cielo mismo, sombrío y anubarrado, todo en silencio, inmóvil y melancólico. Todo parecía sumido en hondas meditaciones y pendiente de los salmos que entonaba el pobre cura de aldea, con voz trémula y fatigosa, únicos sonidos que se percibían en toda la extensión de aquel grandioso escenario de la naturaleza entristecida y solitaria.
Según andaba lentamente la procesión, disgregábanse, de tarde en cuando, de la masa del fervoroso cortejo hombres y mujeres, que por las laderas altas del camino se adelantaban hasta los pasos; y por lo tímido del andar, lo respetuoso del continente y lo anhelante de la mirada, en cuanto la fijaban en ellos, no parecía sino que buscaban en aquella representación tangible, viva, de lo que allí se conmemoraba, una fuerza imaginativa más poderosa que la de sus meditaciones: en la sangre que corría por las espaldas de Jesús á los golpes de sus verdugos, en la que goteaba de las heridas abiertas por las espinas de su corona y en la cuerda que ataba sus manos, como las de un criminal, la magnitud del sacrificio del hijo de Dios por amor á sus criaturas, á las mismas que tan despiadadamente le atormentaban; en la faz amargurada de la virgen-madre, la intensidad de sus inenarrables angustias y dolores; y ¡quién sabe si del logro de sus piadosos deseos; de haber visto y sentido, por este medio, cuanto anhelaban ver y sentir entonces, nacía aquella singular expresión de sus ojos al fijarlos después en los dos penitentes desconocidos que iban arrastrando pesada cruz de pueblo en pueblo en alivio de sus propias culpas, que tal vez eran leves, y en desagravio del redentor del mundo, tan ofendido por la soberbia y la ingratitud de los hombres?
La crítica mundana, que se paga mucho de la superficie y del aparato teatral de las cosas, ¡cuánto hubiera hallado merecedor de sus burlas en aquel espectáculo tan desprovisto de primores del arte y de las pompas del lujo! Y, sin embargo, allí, en la traza risible de los dos penitentes y bajo el pobre y abigarrado aspecto de aquel apiñado concurso de honrados campesinos, que sabían descubrir la realidad del dolor en las imperfectas imágenes, y sentirle y llorarle en sus corazones, se guarecía, como en su propio albergue, la fe sin nubes, sencilla, profunda y arraigada; la fuerza poderosa que traslada los montes, redime los pueblos y dignifica los hogares.
Cuando la procesión volvió á la iglesia, los fieles todos cayeron de rodillas, y dirigidos por el cura, elevaron á Dios una plegaria de perdón. ¡Y era cuanto había que oir aquel coro de voces de todos los matices imaginables, nutrido, concordado, llenando, clamoroso y resonante, los ámbitos del templo! Escena verdaderamente sublime, así por la ocasión como por la grandeza de su sencillez.
Tan pronto como la iglesia volvió á quedar en silencio, salieron de ella los dos penitentes, ya cerca del anochecer; y tomando el camino de la Vega, se les vió desaparecer muy pronto en una de sus hondonadas, seguidos por algunos muchachos que no tardaron en volverse por miedo á la noche que ya estaba encima, y de las bendiciones de la gente que admiraba su piedad heroica y aplaudía su ejemplo edificante.
Marzo 30, 1900.