¿Qué pasaba allí? Creo que nadie lo sabía. Notábase un oscilar de cabezas y un ruido sordo, como de resaca, de mar de fondo. Alguna voz más alta que otra, ó un grito aislado, casi siempre de mujer: graznido de gaviota augurando tempestades sobre una mar preñada de misterios. Quizá no había en toda aquella masa bullente una sola persona con propósito bien determinado. Los huracanes populares se forman casi siempre de la manera más extraña: gentes inofensivas que caminaban por la calle más de prisa que lo acostumbrado; rostros pálidos y miradas en las cuales se pintan el temor y la curiosidad, el afán de lo desconocido; noticias extraordinarias, absurdas tal vez, que parecen circular por sí solas en las ondas del aire, de barrio en barrio, de grupo en grupo, de oído en oído; diez curiosos detenidos delante de un edificio, porque en él hay algo de lo que estorba al común anhelo; otros diez que se detienen después por la misma causa; y luego otros tantos, y en seguida ciento, y mil, y más, hasta que ya no se cabe; y empiezan, con el roce y el tufillo de las muchedumbres, el escozor de la curiosidad no satisfecha y la inquietud nerviosa en cada burbujita, que luego engendra el lento bamboleo de toda la masa; y el bamboleo, la hinchazón de las olas; las olas, el choque, el estruendo, y la espuma, y al fin, el desastre.
Como yo estaba encaramado en el pedestal de la farola y ésta alumbraba bien, dominaba en mi rededor una buena parte de la multitud. Observé que abundaban las mujeres de rompe y rasga, y que no escaseaban los hombres de mala catadura; castas que parecen nacidas para esas cosas, porque nunca se las ve más que en los motines: légamo que sale á la superficie cuando las corrientes embravecidas revuelven el fondo de los cauces. De estos hombres, algunos iban armados; pero casi todos estaban muy mal vestidos. Pude observar también que las puertas del Principal estaban cerradas; y por los rumores que hasta mí llegaron, entendí que la guardia se resistía á abrirlas aunque se le intimaba á ello, fraternal y pacíficamente; pues es de advertir que ni los de adentro tenían una orden á que ajustar su conducta enfrente de aquél tan serio como inesperado trance, ni los de afuera plan ni concierto ni dirección. Por lo visto, todos éramos curiosos más ó menos interesados en que se diera el placer de quitar aquel estorbo á unos cuantos aficionados de la primera fila que lo pretendieron. Y en estas finas y corteses embajadas se anduvo larguísimo rato por la ventana baja, próxima á la calle de Carretas.
Pero es cosa probada que las muchedumbres, ni en serio ni en broma pueden estarse quietas y de pie mucho tiempo. Yo mismo comencé á impacientarme por la falta de un desenlace cualquiera; porque aun cuando los rumores crecían y los gritos se acentuaban y el bamboleo iba convirtiéndose en serio oleaje, aquello no tenía fin. ¿Y por qué no lo tenía?
Entonces, de repente, me acordé yo de que era Pedro Sánchez; no el hijo del pobre hidalgo montañés don Juan Sánchez; no el inofensivo Pedro Sánchez que estaba allí como un curioso más; sino el Pedro Sánchez redactor de El Clarín de la Patria; el Pedro Sánchez «perseguido por la causa de la libertad»; el popular autor de un escrito incendiario; el Pedro Sánchez que acababa de salir del escondrijo donde burló la vigilancia de los esbirros del poder, que le buscaban porque su nombre era bandera de batalla en manos de la revolución; y aquélla que fermentaba en derredor mío, era, en gran parte, obra de mi ingenio, chispa de mi pluma fulminante... ¡Oh! ¡qué grande volví á verme en aquel momento! ¡Qué borracho de ideas tumultuosas y revolucionarias! ¡Qué odio se encarnó en mi corazón hacia los «hombres funestos que habían arrastrado al país hasta el borde del precipicio!». ¡Cómo execré á los «nefandos conculcadores de las leyes, expoliadores del erario público, escándalo de la moral y ludibrio de gobernantes» en la patria de Riego y de Padilla! (Estaban muy de moda entonces estos dos personajes.) ¡Con qué facilidad podría yo inflamar aquel reguero de pólvora y convertir en mar embravecido lo que ni siquiera había llegado á lago turbulento! Desde lo alto del pedestal de la farola, lanzar mi nombre por encima de todos los ecos y rumores de la multitud; después, cuatro arranques tribunicios bien empapados en el espíritu revoltoso que palpitaba en aquellas gentes inflamables, y, al fin, arrastrarlas en mi seguimiento, cual desbordado torrente, por donde á mí me diera la gana. ¡Dios mío, qué cosquilleo sentí entonces en la garganta! ¡Cómo forcejeaba en ella todo el aire de mis pulmones para formar un nombre, y lanzarle al espacio, sonoro y penetrante, como toque de clarín de guerra! ¡Cómo se estremecían todas las fibras de mi cuerpo! ¡Qué temblar el de mis brazos! ¡Qué gallardía la de los apóstrofes que me asaltaban las mientes, caldeados al fuego del entusiasmo que me devoraba! No podía más: alcé el brazo que no necesitaba para agarrarme al pedestal; arranqué el sombrero de mi cabeza; moví los labios trémulos...
En esto crecieron los gritos y la agitación de las primeras filas; y el resplandor de una hoguera, arrimada á las puertas del Principal, iluminó aquella parte del sombrío cuadro. El inesperado acontecimiento me contuvo. Momentos después, entre aplausos y patriótica bullanga, ardían los portones. ¿De quién fué la idea? ¿Quién trajo la leña, y de dónde? ¡Vaya usted á saberlo!
Abierta la brecha, se lanzó por ella, con la impetuosidad de un torrente, lo que del mar de afuera cupo dentro del edificio. Esta evolución removió toda la masa sobrante; y por los huecos que iban resultando, avancé yo, á fuerza de puños, hasta la acera misma del Principal. El tumulto había atropellado la guardia; y como no halló resistencia, apoderóse, entre abrazos á los soldados y vivas á todo lo de costumbre, de las armas y municiones de éstos.
La cosa hasta entonces iba arreglándose tal cual: ni un tiro, ni una herida, ni un insulto entre los dos tradicionales enemigos. Harto más alborotaban las furias ociosas de la Puerta del Sol, que habían dado en la gracia de pedir las cabezas de determinados personajes. En medio de estos gritos salieron del Principal á la calle muchos hombres, armados con sables y fusiles que habían adquirido adentro; otros, que ya estaban afuera con armas, se unieron á ellos. No sé si fué por contagio de los gritos de las mujeres, ó porque les hizo más feroces el verse tan unidos y bien pertrechados; pero es la verdad que apenas estuvieron agrupados en la calle, comenzaron á rugir amenazas de muerte y exterminio. ¡Á casa de Fulano! ¡Á casa de Mengano!... Y el coro, la gran masa, lo repetía con voz formidable y ademán aterrador. Y noté que en este vocerío tremebundo se nombraban con preferencia un palacio de la calle de las Rejas, muy aborrecido entonces, y la casa de Valenzuela. Y sin duda por ser ésta la más cercana, los foragidos aquéllos enderezaron el rumbo hacia allá. Me estremecí. Luego, movido de una resolución súbita, avancé, apartando la gente á empellones, hasta ponerme delante de los primeros.
—¡Alto!—grité como un energúmeno, alzando los dos brazos mucho más arriba de la cabeza.
¡Suerte loca la mía! En la vanguardia del pelotón armado iban Bujes y tres de sus camaradas, que, como él, me habían conocido en la redacción.
—¡Pedro Sánchez!... ¡Viva Pedro Sánchez!—gritaron, abrazándome Bujes y alzando los otros los fusiles al aire.—¡El defensor de los hijos del pueblo! ¡El perseguido por los enemigos de la libertad!