Cientos y cientos, y creo que miles de bocas repetían entonces mi nombre, cuya resonancia, no cabiendo en los ámbitos de la Puerta del Sol, fué á perderse en rugidos en todas las calles que desembocaban allí. Manos sin número estrecharon las mías, y brazos sin cuento me estrujaron, me oprimieron y aun me levantaron en vilo.

—¿Adónde vais?—pregunté con aires de tribuno romano, tan pronto como pude resollar.

—¡Á comenzar por casa de Valenzuela las venganzas del pueblo oprimido!—me respondieron los más elocuentes.

—Pues si ese santo fin os guía—repliqué, tomando posturas de héroe de tragedia,—habéis errado el camino... ¡Al tronco, al tronco!... ¡Herid el tronco, y dejad las ramas para cuando el árbol esté en el suelo!... ¡Á la calle de las Rejas!

¡Yo que tal dije! Ni el pelotón de soldados mejor instruidos hacen una conversión hacia la espalda con mayor rapidez, que aquella muchedumbre la hizo entonces; y con tal suerte mía, que estando yo el primero delante de ella en dirección á la Carrera de San Jerónimo, me quedé el último y solo cuando el lago de gentes se precipitó por la calle del Arenal, bramando estas palabras mías:

—¡Á la calle de las Rejas!

¡Que Dios me perdone, en gracia del caritativo fin que me inspiraba, la culpa que tuve de que se anticipara algunas horas aquel desastre, que estaba decretado y había de cumplirse de todas maneras!

Con el mayor disimulo posible, acelerando mucho el paso y echando por los atajos para desorientar á los que pudieran conocerme, me dirigí, apenas logrado mi primer intento, á la calle del Príncipe, por fortuna poco concurrida á la sazón, por estar la pública curiosidad empeñada en otra parte. Llegué sudando, y con la brega que había tenido en la Puerta del Sol, desaliñado, conmovido y polvoriento. Subí de cuatro en cuatro los escalones; y sin detenerme á respirar, llamé á la puerta de Valenzuela, ante la cual había llamado otra sola vez en mi vida, también tembloroso y conmovido, aunque por bien distintos motivos. Tardaban en abrirme; y, entre tanto, oía yo ruido de gente acelerada allá dentro. Volví á llamar más fuerte, y tras el mismo rumor de pasos, de voces discordantes y de palabras sueltas, abrió un criado el ventanillo.

—¡Necesito ver inmediatamente á los señores!—le dije con imperio, llevándome el diablo con aquellas precauciones en que se empleaba un tiempo que tan necesario podía sernos para cosa más importante.

Sentí á poco rato que el ventanillo volvía á abrirse, pero con mucho cuidado, como si se tratara solamente de examinar la catadura del que llamaba. Entonces di mi nombre, rogando por todos los santos del cielo que me abrieran la puerta cuanto antes, pues de abrírmela ó no, dependía la salvación ó la ruina de toda la familia. Noté que llegaba otra persona al ventanillo; y apenas había tenido tiempo para mirar por él hacia afuera, cuando la puerta se abrió. Clara, que apareció en el hueco un instante, volvió á cerrar tan pronto como yo hube entrado. Estaba terriblemente hermosa la hija de don Augusto Valenzuela: pálida, ceñuda, con los ojos fulminantes, algo convulsos y contraídos los labios, alta la cabeza, destacado el pecho, y apartando impaciente la cola de su bata con el menudo pie... Detrás de ella, Pilita con la faz desencajada, cárdena y roja á trechos, porque el sudor de su angustia le había barrido parte del colorete; revueltos los postizos y asomando el crepé por las rendijas del moño y de las cocas... ¡pero con el abanico en la mano! Verdad que hacía un calor de todos los demonios. Allá en el fondo, arrimado á las jambas de una puerta, lacio, amarillento, exánime, Manolo. Tal era el cuadro que, en el momento de entrar yo, pude examinar rápidamente á la luz de la lámpara que alumbraba el vestíbulo.