Mientras Pilita retrocedía dos pasos al verme penetrar de un salto y en tan sospechoso desaliño en su casa, su hija, leyéndome los pensamientos en los ojos, me habló así:
—¿Qué peligro corremos? ¿Qué es eso que está pasando y que nadie nos explica bien? ¿Qué tiene que ver con nosotros?...
—¿Don Augusto?...—pregunté anhelante.
—Está fuera de Madrid desde esta madrugada, y en lugar seguro—me respondió Clara;—pero bien ajeno á todo temor de que pueda correr su familia el menor peligro.
—Algo es eso—repliqué;—pero no es bastante.
Entonces referí, como mejor pude, no todo lo que sabía, sino algo que les diera una idea del riesgo que les amenazaba.
—Y bien, ¿qué remedio tiene eso?—me preguntó Pilita con espanto, mientras Manolo se desplomaba sobre una silla.
—Usted traerá un plan meditado, seguro,—dijo Clara, clavando en la mía insinuante su mirada de acero.
—Sí, señora—respondí con fe;—seguro es mi plan, si ustedes se someten á él sin vacilaciones y sin perder un momento en fútiles reparos...
—Al momento... ¡Diga usted!—respondió Clara firme y resuelta.