—Pues bien: recojan ustedes alhajas, dinero... cuanto se pueda llevar á la mano... y en seguida prepárense para salir á pie conmigo... y sin lujos ni aparato; porque importa mucho que no nos conozca nadie... y, sobre todo, ganar tiempo... Si hay un criado leal á quien pueda confiarse el secreto del refugio de sus amos, que nos siga á cierta distancia con algún equipaje indispensable...
—¡Vamos, mamá; vamos, Manolo!—dijo Clara por toda respuesta, empujando á Pilita y á su hermano hacia las habitaciones interiores.
Yo me dejé caer, rendido de cansancio y de emociones, en una banqueta del mismo recibidor en que me hallaba. En seguida comencé á oir, allá dentro, ruido de tiradores abiertos de prisa; recias llamadas á aquel criado y á esta doncella; el estrépito de una porcelana hecha añicos en el suelo; el pisar recio de los unos; el crujir de las faldas de las otras; trastazos de puertas, carraspeos, suspiros... Y, entre tanto, los minutos me parecían años, y cada rumor de la calle que penetraba por la escalera y llegaba á mis oídos, me ponía los pelos de punta, porque temía que volvieran los forajidos, que yo dejé en la calle del Arenal, á consumar la obra que ya habrían consumado sin el éxito feliz de mi temerario alarde.
Mi plan era harto sencillo: llevar, con un largo rodeo, á la familia Valenzuela á mi posada, que, por ser época de vacaciones, debía estar completamente desocupada. Hallándose á buen recaudo el objeto principal de los odios populares, como yo había presumido, porque tales pájaros huelen la pólvora desde muy lejos, bastaba con separar, por el momento, de los caminos trillados que habían de seguir las turbas, al resto de la familia, para librarla de un bárbaro atropello. Después, Dios diría.
Apareció Clara arrastrando los graciosos pliegues de la falda de un sencillísimo vestido, y envolviéndose el gallardo busto en una ligera mantilla, cuyo velo, arrollado sobre la cabeza y cayendo en pabellones hasta los hombros, parecía un fondo pintado de intento para destacar con mayor fuerza las enérgicas facciones y el pálido color de la cara. En seguida llegó Pilita, bastante más emperifollada que su hija; pero traía el velo de la mantilla echado sobre la faz; y este eclipse de astro viejo fuí ganando en aquella partida. Manolo iba detrás de ella, vestido, en su afán de disfrazarse bien, con lo más anticuado y triste de su ropero, y se había cortado las barbas con las tijeras: llevaba en la diestra un elegante saquito de mano, muy repleto. Parecía un seminarista que volvía á su aldea cargado de desalientos... y de calabazas. Pilita me dijo abanicándose:
—He estado pensando que deberíamos irnos, una vez que tenemos que salir de casa, á la de Chuncha.
—Y ¿quién es Chuncha?—pregunté con la mano ya en el pestillo de la puerta.
—La duquesa del Pico,—respondió Pilita debajo de su velo.
—¡Ay, señora!—repliqué:—no corren ahora tiempos de duquesas; son malas recomendaciones los nombres encopetados cuando andan las muchedumbres armadas y rugiendo por la calle.
—¡Vamos adonde usted quiera... y pronto!—dijo entonces Clara, con su acento rudo y aire resuelto, mirando á su madre.