Abrí la puerta, y salimos. En el descanso de la escalera dudaba yo si dar el brazo á Clara ó á Pilita, porque las leyes de la buena cortesía se ajustaban muy mal en aquella ocasión á las de mi deseo.

—Manolo—dijo Clara:—da el brazo á mamá; nosotros iremos delante.

En esto me lanzó una mirada de las suyas, no sé si para confirmarme la orden, ó para pedirme mi parecer, que bien manifiesto estaba; se echó el velo sobre la cara, y en seguida sentí en el brazo que galantemente la presenté, el dulce peso del suyo, blanco, redondo y desnudo, asomando por la anchísima boca de la manga de embudo, que entonces era de moda. Con la otra mano se recogía los pliegues de la falda para no pisarlos, al bajar, con su lindo pie, que yo no podía menos de admirar; y por eso recuerdo que iba encerrado en estrecha bota de satén de color de ceniza, como su vestido. Bajamos. Antes de llegar al portal, me adelanté yo á reconocer el terreno. No había en la calle el menor síntoma de motín: mayor concurrencia y algo más ruido que de costumbre; pero nadie se fijaba en la casa de Valenzuela.

Volví á tomar á Clara del brazo; y advirtiendo á su madre que nos siguieran á cierta distancia, salimos. Me latía mucho el corazón, y sentí como una sacudida nerviosa en el brazo de Clara.

Cuando á algunas varas de la puerta nos hallamos confundidos con los demás transeuntes, que no reparaban en nosotros, nos tranquilizamos; y después de observar que Manolo y su madre nos seguían, me dijo Clara:

—Quiero que me lo cuente usted todo; todo cuanto usted ha visto y oído esta noche; todo cuanto usted ha hecho.

No hubo remedio: tuve que contarlo todo, todo; porque cuando escrúpulos de modestia ó consideraciones de otro orden me hacían titubear en el relato, ella misma, con arte diabólico, me arrancaba las palabras que yo no quería decir. En estos casos, porque la vehemencia de su deseo la impulsaba, sentía yo mi brazo fuertemente oprimido contra su pecho, y veía, á través de las tenues mallas del velo, el brillo fascinador de su mirada fija en mis ojos deslumbrados. ¡Cómo resistir la fuerza de aquellas armas! Hubiérame mandado dar un ¡viva! á los hombres arrojados del poder por la mañana, grito que á la sazón equivalía á una sentencia de muerte, y lo mismo la hubiera complacido.

—Ahora—añadió, después de oir mi relato,—quiero saber qué sentimientos le han movido á usted á sacrificarse así por una familia á la que tan pocas atenciones debe.

No era tan fácil responder á esta exigencia como á la anterior. Decir que había obedecido á un impulso maquinal y filantrópico, era poco y no era la verdad; decir que, á pesar de que Valenzuela no lo merecía, me había arriesgado á salvarle, era demasiado; que lo hice acordándome solamente de Clara, aunque fuera verdad, no podía decirlo sin agravio de los demás de su casa, ni sin que se tomara mi aserto á necia galantería; que me inspiró el arrojo (y acaso era lo más cierto) el buen recuerdo de los amables huéspedes de mi lugar, implicaba una censura de conducta posterior. En vista de estas dificultades, tomé el punto de soslayo y respondí:

—En buen derecho, nada me debía su familia de usted que no me haya pagado.