—Á su manera, es cierto—replicóme Clara:—á la manera que pagan sus deudas de buena y honrada amistad los santones de la política. Mire usted: mi padre es el mejor de los hombres entre su familia, en los pasillos del teatro, en su pueblo de usted... en todas partes menos en el sillón de su despacho oficial, y donde quiera que ejerza de político entre los suyos. En estos casos, se transfigura y pierde la memoria de las cosas sencillas y ordinarias del mundo, porque lo posee de pies á cabeza el demonio del imperio con todas sus durezas y vanidades. Es una enfermedad propia de las gentes del oficio, y no tiene cura... Y no digo esto para que usted le perdone los malos trances en que le puso por no querer acordarse en Madrid de la palabra que le empeñó en su aldea, aunque buen testimonio es de que no son invenciones mías las prendas que en él alabo, la sinceridad con que confieso sus graves faltas: demasiado sé que hay agravios que no se olvidan aunque se perdonen, y usted ha perdonado muchos; muchos que yo he lamentado sin poderlos remediar. Dígolo, porque lo juzgo al caso en el capítulo de las deudas á que usted se ha referido... Pero no se trata de eso, sino de responder derechamente á mi pregunta.

—Pues por respondido, Clara—repliqué al punto y entrando sin resistencia en la boca de la trampa que se me ponía delante;—reconociendo yo en su padre de usted las mismas prendas, buenas y malas, que usted misma le reconoce, ¿no basta esto y la franca amistad que nos unió en mi pueblo, por razón de lo poco que acabo de hacer por él?

—No—respondió su hija, acentuando el monosílabo con un enérgico movimiento de cabeza.—Con eso sólo y lo que usted perdona sin olvidarlo, se deplora el suceso; pero se encoge uno de hombros y deja correr la tempestad... si es que no se la llama, con cierta complacencia, justicia de Dios... Y usted ha hecho bastante más: se ha plantado delante de ella exponiéndose á ser arrollado.

¿Qué diablos quería aquella mujer que yo la declarase?... ¿Y cómo no declarárselo, si lo que quería oir fuera algo que cruzó sólo como una chispa por mi mente en aquel peligroso trance, y que después, al contacto del brazo de Clara, al roce de su vestido, al fuego de sus ojos, en ocasión tan extraña, siendo yo su único amparo, su escudo y su guía, iba convirtiéndose por instantes en voraz incendio?

Dejéme caer del lado á que me inclinaba el deseo, y respondí sin tanteos ni remilgos:

—Pues considéreme usted, con respecto al señor don Augusto, en el más desfavorable de los supuestos; téngame hasta por inhumano y vengativo si le acomoda: ¿sería justo que á usted, tan joven, tan bella, tan afable y tan buena conmigo siempre y en todas partes, la hiriera el mismo golpe con que la ira popular castigase en otro supuestas ó comprobadas maldades? Y no siéndolo, ¿qué cosa más natural que hacer lo que hice para evitarlo?

De nuevo sentí, al decir esto, acentuada presión del brazo de Clara; y otro rayo de sus ojos hiriendo los míos, volvió á deslumbrarme. Todo pasó como una ráfaga, pero ráfaga cargada de eléctricos efluvios. En seguida me habló así mi original y peligrosa protegida:

—Verdaderamente le parecerá á usted pueril este empeño mío en momentos tan señalados, por la seriedad de las cosas que nos están ocurriendo; si es que no juzga que hasta el cariño de hija pospongo á mis vanidades de mujer. Todo es posible, y, sin embargo, nada sería menos cierto, puesto que si tanto me apuró el deseo de saber lo que al cabo he sabido, fué por convencerme de que pudo inspirar mi recuerdo tan noble empresa en beneficio de mi padre. Hombre, le hubiera defendido contra todos los que le ofendieran; débil mujer, me complazco en servirle con la fuerza de tan heroicos defensores como usted... ¿No es esto muy natural?

No me lo parecía mucho; pero como á Clara no se la podía medir con la misma vara que á las demás mujeres, acepté su teoría que, por de pronto, me apagó algo los fuegos de la imaginación.

Andábamos, á todo esto, entrando por la calle de la Visitación en la del Lobo; y cuando nos hallamos algunas varas dentro de ella, Pilita, que nos seguía los pasos, dijo al verla casi libre de transeuntes: