—¡Ay, qué miedo da andar por aquí!... Mala es la muchedumbre, ¡pero esta soledad!... ¡Si cualquier forajido nos observa... y nos detiene... y nos conoce!...

Manolo, que temblaba de miedo, fué del mismo parecer, y propuso que retrocediéramos. No lo consentí, aunque el hijo y la madre tenían mucha razón en temer aquella soledad en noche de tan gordas aventuras, y sin gobierno y sin ley en la villa. Recomendé el silencio y la serenidad, y continuamos marchando sin tropiezo hasta la Carrera de San Jerónimo. Pensaba yo salir á la calle de Alcalá por la de Cedaceros; pero observé que había en ésta gran vocerío patriótico y mucha gente detenida. Recordé al instante que allí había una casa de las denunciadas por la furia popular en la Puerta del Sol, y temblé, porque presumí lo que estaría pasando ó iría á pasar inmediatamente.

—¿Qué es eso?—preguntó Clara estremeciéndose.

—Poco más de nada—respondí.—Populacho que se divierte gritando. Vámonos por la calle del Turco, puesto que no hay paso por ésta.

Y así lo hicimos. Mientras bajábamos hacia el Congreso, me dijo Clara:

—¡No puedo pintarle á usted lo que siento delante de estas cosas!

—Me lo imagino,—respondí.

—No es fácil—añadió.—Es más que antipatía; es asco y pena, y es ira y es indignación, todo á la vez. Y no lo siento por lo que hoy me sucede: lo mismo lo sintiera si mi padre fuera el esparterista más estúpido. Es que me ataca á los nervios sin poderlo remediar, por feo y de mal gusto. Esta abigarrada mezcla de gentes dando gritos, desaliñada y sudando, me hace el efecto de una bestia revolcándose en basura y complaciéndose luego en restregarse contra las fachadas limpias y la ropa de los transeuntes.

¡Y yo que cuando tal oía iba hecho un Adán, por obra de mis patriotadas de la Puerta del Sol!

Conoció Clara, en mi silencio y en la mirada que á mí propio me eché, el apuro en que me hallaba; y me dijo, cargando, un poco más de lo corriente y usual, el peso de su lindo cuerpo sobre mí: