—No le pido á usted perdón ni me arrepiento de lo dicho; porque entre eso que brama y usted, aunque parezca que un mismo interés los une, hay enorme diferencia; como la hay entre el rebaño y el pastor, entre el látigo y la mano que le esgrime. Si fuera usted un patriotero vulgar, parte maciza de ese gran montón de inocentes y de malvados, le aconsejaría que se apartara de tan mala senda, y huyera de tan peligrosa compañía; pero yo sé cómo y por dónde ha ido usted á parar ahí; y el lance de esta noche, que confirma todos mis supuestos de algún tiempo acá, dice bien claro hasta dónde puede usted ir con sus propias fuerzas por ese camino, si no se amedrenta ni se encoge.

Luego Clara, la esquiva, la orgullosa y medio bravía Clara, «desde un tiempo acá» me había seguido de lejos en todas las etapas de mi breve y triunfal carrera. ¿Por qué? ¡Oh, incitantes dudas y sabrosas quimeras de la vanidad!... Y sin embargo, el hecho que las producía era evidente. ¿Qué mucho que lo que corazones bien aguerridos no hubieran podido resistir sin conmoverse, causara honda perturbación en las tranquilas é indefensas regiones de mi pecho?

Dióme aquel punto tema para seguir un largo diálogo entretejido de ingeniosas perífrasis, rebuscadas anfibologías y otros análogos tiquismiquis, recurso á que se apela siempre que en galantes empeños se quiere explorar el campo sin descubrir mucho el cuerpo, y le terminó Clara (que, por cierto, me ganó en la puja de sutilezas la partida) diciéndome:

—Ya usted ve cómo lo que le digo no es vana lisonja con que trato de pagarle este gran favor que todavía nos está haciendo. Creo que tiene usted alas con qué volar muy alto en el espacio que se abre ahora delante de usted, y le aconsejo que vuele. Para los hombres como usted, hay una brillante carrera en ese campo en que tanto abundan las nulidades, y tan necesarios son los ánimos esforzados y las almas generosas... Y no se queje usted de mi desinterés, cuando, sabiendo lo que usted vale, le empujo hacia el enemigo.

No pude responderla, porque nos abordó Pilita cuando esto pasaba y subíamos por la calle del Caballero de Gracia.

Pilita quería saber adónde íbamos y cuándo llegábamos, cosas que todavía no me había preguntado su hija, ni yo me había acordado de decírselas; y ponderaba mucho el miedo que la habían dado ciertas gentes desaforadas con que nos habíamos encontrado al atravesar la calle de Alcalá. Tampoco habíamos hablado de ellas Clara y yo: ni siquiera las vimos. En cambio, Manolo había visto y sentido por todos. ¡Cómo sudaba de congoja el infeliz, y qué amarillo y anheloso estaba!

Momentos después llegamos, sanos y salvos, al portal de mi posada.

—¡Respiren ustedes!—iba á decir triunfante á la familia entera, sin considerar que allí había, como en la mayor parte de los portales de Madrid de entonces, una hedionda letrina, que ya había hecho torcer el arrugado gesto de Pilita.

Subimos; y como yo supuse, la casa estaba completamente libre de huéspedes. Alegróse mucho de verme mi patrona. Díjele en pocas palabras de qué se trataba, aunque tuve buen cuidado de callarme el apellido de sus nuevos huéspedes; y acomodólos, como yo deseaba, en la salita, que tenía un gabinete contiguo á otro dormitorio con puerta al pasadizo.

—Estas señoras y este caballero—dije á la patrona, de modo que no me oyera nadie sino los presentes,—para todos, menos para usted y para mí, en esta casa son una familia forastera que estará en Madrid muy pocos días; familia pudiente y recogida, que come en sus habitaciones y no sale de ellas para nada. ¿Lo entiende usted?... Pues no hay más que hablar.