Dióse por enterada la patrona, y yo quedé satisfecho; porque era muy leal y campechana la buena Micaela.
—Ahora—dije á las señoras,—den ustedes á su criado las menos órdenes posibles; y adviértanle que cuando vaya y venga, lo haga por caminos diferentes... por si acaso. Aunque nada temo, las precauciones no sobran. Esta cárcel no durará mucho: lo que se tarde en encauzar el torrente que brama ahora por esas calles. Un poco de paciencia, pues, y mucha confianza. Yo trataré de inspirársela, y cuidaré de tenerlas al corriente de lo que suceda. Con este fin, me vuelvo á la calle, donde puedo ser á ustedes más útil que aquí.
Y con esto y muy poco más, despedíme de todos, y muy particularmente de Clara, «hasta más tarde»; dije lo mismo á Micaela, para su gobierno, en el pasillo; mandé entrar en la sala al criado de Valenzuela, que, con un gran saco de noche, nos había seguido á cierta distancia; y lleno de la imagen y de las palabras de aquella singular criatura, bajé la escalera resuelto á enterarme de lo que pasaba en la calle de Cedaceros, síntoma terrible de lo que pudiera acontecer á la hora menos pensada en otras muchas calles, y estaría aconteciendo, seguramente, en la de las Rejas.
Dos horas hacía que había salido yo de mi forzado encierro al aire de la libertad. En tan breve tiempo, ¡cuántos y cuán graves sucesos! ¡Cuántas y cuán distintas emociones!
XXV
La muchedumbre que yo había visto á la entrada de la calle de Cedaceros, se había ido extendiendo por la Carrera de San Jerónimo; y allí, frente á la iglesia de los Italianos, entre una masa de caras, atónitas unas, ferozmente alegres las más, ardía una enorme hoguera, cuyos rojizos resplandores alumbraban por igual los harapos y las costras de los holgazanes malvados, la atildada levita del indiferente curioso, y el casual, si no estudiado, desaliño de los patriotas vocingleros y de los asombrados como yo.
Desde el fondo de la otra calle, y en el mismo afanoso rebullir de un hormiguero en sus tareas, llegaban sin cesar hasta la hoguera hombres de aspecto patibulario, agitando en la punta de un sable, de una bayoneta ó de un garrote, una rica colgadura, una extraña prenda de vestir, un cuadro de gran valor, una bata de cachemira... un pañuelo; ó conduciendo al hombro ó arrastrando ó en la mano, un mueble de preciadas maderas, una alfombra, libros lujosísimos, candelabros, estuches y los más primorosos caprichos de arte. Un grito bestial anunciaba la llegada de cada objeto, y otro más nutrido y feroz llenaba la calle en cuanto caía en medio de las llamas. Así se alimentaban aquéllas que á mí me espantaron. Las ricas tapicerías, los artísticos tallados, las finísimas y exóticas pieles; el grabado de Alberto Durero y de Morghen; las agua-fuertes de Rembrandt; los cincelados de Benvenuto; la armadura florentina; el rarísimo incunable y el lienzo en que palpitaban el genio y el pincel de Velázquez y Murillo, se confundían en breves instantes en un solo montón de ceniza. Y, entre tanto, en la morada de donde tantas riquezas salían se destrozaban á golpes las porcelanas sajonas, los vidrios de Murano, ánforas y barros etruscos... hasta los artesonados de los techos y las doradas molduras de las paredes. ¡Y todo este inicuo saqueo, todo este brutal destrozo, se hacía al grito de ¡mueran los ladrones! y en la casa de un hombre desligado muchos años hacía de todo linaje de políticas, pródigo de su dinero ganado en colosales empresas, cuya prosperidad refluía en la del Estado y en bien del pueblo trabajador!
¡Qué razón tenía Clara! Sólo una bestia, con horror ingénito á lo limpio y á lo hermoso, podía deleitarse en consumar tantas profanaciones á un tiempo.