Huí de aquel sitio, lleno el corazón de pena y hasta de remordimientos. Temí que estuviera aconteciendo lo mismo en la calle del Príncipe. Miré hacia ella al atravesar su desembocadura en la Carrera; pero, afortunadamente, nada vi que confirmara mis temores. En cambio, oí que en la de las Rejas, en la del Prado y en alguna otra más, ardían también hogueras alimentadas con el saqueo hecho por la fiera en las moradas de otros tantos personajes caídos.

Llegué á la redacción de El Clarín no sé cómo ni por dónde, puesto que el miedo de volver á contemplar espectáculos que tanto me repugnaban, me hacía caminar muy de prisa y casi con los ojos cerrados.

Encontré á todos mis compañeros reunidos, y llevaba la palabra Redondo, que había sido puesto en libertad por algunos revolucionarios que abrieron las puertas de la cárcel á todos los presos políticos en cuanto se inició el movimiento. Abrazóme gozoso, y le abracé de muy buena gana, y todos los de la casa me abrazaron después. Pero bien sabe Dios que á ninguno estreché contra mi corazón con tanta fuerza como á Matica. Ya se sabía allí mi aventura de la Puerta del Sol. ¡Cómo me la aplaudieron y con qué calor me la admiraron! Ya se ve: era yo de la casa, y mi gloria se reflejaba en ella. Redondo se asombró de que, por miramientos mal entendidos, hubiera empleado yo la fuerza de mi prestigio á favor de un hombre como Valenzuela; y yo me asombré de que Redondo no se avergonzara de lo que estaba pasando en las calles de Madrid. Sin embargo, tenía buen cuidado, á pesar de su fanatismo revolucionario, de llamar bandidos y enemigos pagados de la revolución, á los ejecutores de aquellas justicias. «¡Esos monstruos no son el pueblo!» decía, y decía muy bien; pero aceptaba los hechos en odio á los ajusticiados, como un ejemplo necesario. ¡Quién era el guapo que podía traer á la razón á un hombre capaz de tales acomodamientos de juicio!

Matica, que me apoyaba en la porfía, dijo terminándola:

—Por de pronto, esos vandálicos sucesos han dado ya su resultado natural y lógico. El Gobierno, en vista de su gravedad, ha sacado fuerzas de flaqueza; las tropas han recuperado el Principal, y en la calle de las Rejas ha habido muertos y heridos. La guerra, pues, está declarada entre el poder y el pueblo; y usted, señor Redondo, y usted, señor Sánchez, vuelven á vivir de contrabando, y quizás todos nosotros, lo cual no acontecía dos horas hace.

Yo, que no sabía una palabra de estas cosas, me quedé yerto.

—Pues ¿dónde ha estado usted, alma de Dios?—me preguntó Matica que, por lo acontecido en la Puerta del Sol y por el tiempo transcurrido desde entonces, me juzgaba más enterado de los sucesos.

—Poniendo en lugar seguro á la familia Valenzuela,—respondí secamente y sin dar otros pormenores.

Sentóle muy mal esta respuesta á Redondo, en quien el fanatismo de secta se sobreponía, en ocasiones, á los impulsos de su buen corazón; pero Matica elogió el hecho como el más digno y generoso remate de mi hazaña de la Puerta del Sol; y este elogio, por ser de quien era, me supo muy bien.

El resultado de la conversación que se siguió á las palabras de mi amigo, que tan triste impresión me causaron, fué el amargo convencimiento de que mi situación era mucho más grave que cuando me hallaba oculto en casa de don Serafín Balduque. Entonces sólo se trataba del autor de un escrito satírico; últimamente, era yo el caudillo aclamado por las turbas en el momento de empezar éstas á cometer las horribles fechorías que habían sacado de su inacción al débil y desalentado Gobierno. Si el paisanaje no triunfaba, vendrían, con la velocidad y el alcance del rayo, las duras represalias, las sangrientas venganzas, los tremendos castigos; y no habría cuartel ni miramientos ni caridad con los hombres señalados, como yo, por el ruido de una popularidad que en aquellos instantes era una infalible sentencia de afrentosa muerte en un patíbulo, ó detrás de las tapias de un cementerio. Esto acontecería tan pronto como el Gobierno alcanzara en Madrid la más pequeña ventaja sobre la revolución, y se extendiera la noticia del suceso por las provincias, donde ganaría con ello el necesario prestigio para acabar de afirmarse. Y, entre tanto, el paisanaje carecía en Madrid de una inteligente dirección que le organizase y le hiciera capaz, cuando menos, de oponer una seria resistencia al empuje de las tropas, embravecidas ya con el espectáculo de la sangre vertida en los primeros encuentros. Urgía, pues, organizar al pueblo, y ayudarle en su empresa con alma y vida. No entendía yo jota de lo primero, y Dios me es testigo del horror que me inspiraba la fratricida guerra de las calles; pero la resolución que me negaba mi falta de fe política, me la dió la necesidad con largas creces; y á lo segundo me brindé con ciega abnegación, jurando llegar en la contienda tan lejos como el más guapo.