Muchas veces me he preguntado después acá: ¿influiría algo en aquel arrebato mío, en momentos tan peligrosos, la excitación de Clara á que siguiera yo el camino de las aventuras de la revolución, seguro de llegar muy lejos si no me amedrentaba ni encogía? Lo que tomé por un recurso de la necesidad, ¿no pudo ser el fruto de la semilla arrojada en mi corazón por las palabras de aquella mujer, á quien no podía olvidar un momento desde que me había separado de ella?

De dudar es el caso; pero ello fué que, cinco horas después, á la madrugada del 19 de julio, me batía como un desesperado en la calle de Jacometrezo contra las avanzadas de Palacio; que rechazadas éstas por nosotros hasta la plaza de Santo Domingo, continuaba batiéndome allí, sin saber todavía por qué no me asustaban las balas que oía por primera vez; cómo resistía, sin desplomarme, los rayos del sol que caían sobre mi cabeza descubierta cual chorros de cristal fundido; cómo miraba sin espanto á los infelices que mordían el polvo á mi lado, y entregaban á Dios el alma entre borbotones de sangre y quejidos de agonía, ni qué espíritu diabólico se había apoderado de mí para hacerme ver en cada soldado un enemigo mortal de quien era preciso deshacerse con el plomo de mi certero fusil; que seguí tan tenaz en la encarnizada lucha, que se necesitó todo el prestigio popular que había ganado en Vicálvaro el coronel Garrigó, cayendo herido á la boca de los cañones del Gobierno, para que, viniendo de intercesor, cesara aquélla cerca del mediodía, sin lo cual, ¡Dios sabe lo que hubiera sido de mí!; que una hora después me hallaba disputando á la Guardia civil la Plaza Mayor, y que, tras una lucha bárbara por ambas partes, fuí uno de los doce locos que avanzamos á cuerpo descubierto por el boquete de la calle de Ciudad-Rodrigo hasta la verja de la estatua ecuestre del centro; dando con esta locura tal ejemplo á los demás, que hicimos retirarse á los soldados por la calle de Postas, y quedó la plaza por nosotros. Sobre regueros de sangre entramos en los desalojados soportales, y, sin embargo, yo hubiera sido capaz de celebrar el triunfo empapando mis labios en ella. ¡Tan embrutecido, tan borracho me tenían el tufillo de la pólvora y el ardor de la refriega!

Tan borracho, que sin dar descanso á mi cuerpo ni otro alimento que un pedazo de pan y dos sorbos de vino, por la tarde me batía contra el coronel Gándara en la calle de Atocha... Recuerdo el extraño efecto que, no obstante mi insana obcecación, me causó la vista de aquel hombre, de gallardo continente, con su hermosa barba negra, vestido de paisano, hasta con sombrero de copa, á caballo, al frente de algunos soldados, en medio de la calle, batiéndose contra un enemigo invisible que le hostilizaba por ventanas y buhardillas. Era gran amigo del personaje con las riquezas de cuya morada se había alimentado la hoguera de la Carrera de San Jerónimo. Presenció este injusto y bárbaro atropello; y tal como se hallaba, después de acudir al ministerio de la Guerra, montó á caballo. El impulso fué noble y generoso. Desde entonces, hasta que le vi en la calle de Atocha, no se había apeado; y sabía yo que al aventar á balazos por la mañana aquella hoguera después de haber aventado otra parecida en la calle de las Rejas, algo más que pavesas se habían llevado sus proyectiles por delante.

Pero no obstante el tributo rendido por mi imaginación novelesca á estos rasgos de paladín legendario, yo tiraba á matar cuando le tuve enfrente con los suyos, porque á matar venían ellos.

Los últimos tiros de este empeño resonaron pavorosamente en medio del silencio y la soledad de la noche; y mientras desfilaban las tropas de Gándara hacia la calle de Carretas, después de haber depositado algunos cadáveres de infelices soldados en las bóvedas de San Sebastián, yo, por otras calles, deslizábame en busca de mi casa para reponer un poco las quebrantadas fuerzas y dar á Clara un testimonio de que no había olvidado mi compromiso de velar por ella.

Estaban tiznadas mis manos, y había sangre en ellas, y sangre también y polvo en mis vestidos; y debía tener yo todo el aspecto de un bandolero, cuando aparecí delante de la familia Valenzuela, y sin cumplidos ni ceremonias, rendido por la fatiga y las emociones, me dejé caer en el sofá, con espanto de Pilita, asombro de Manolo y no sé si admiración de Clara, que en un buen rato no apartó de mí sus ojos fulgurantes. Huyendo de su invencible firmeza los míos, los fijé en el espejo que tenía enfrente; y entonces vi que mi cara no estaba más limpia ni mejor aliñada que el resto de mi cuerpo. Eramos Clara y yo, en aquel instante, tal para cual: yo un acabado modelo de matón de barricada, y ella la viva encarnación del genio inspirador de hazañas como las mías.

Referí, á sus instancias, todo lo que había visto y sabía, y lo que podía referirse de cuanto yo había hecho; infundí en Pilita, pues Clara no parecía preocuparse con ello, grandes esperanzas de que en breve acabaría su cárcel; y aunque nada me quedaba que hacer allí, y el cuerpo me reclamaba alimento y descanso, dejábame con gusto vencer de la fuerza fascinadora con que los ojos y las palabras de Clara me retenían á su lado.

Al otro día ¡nunca él amaneciera! era yo aclamado jefe de una barricada que en la calle de la Montera habíamos levantado muy temprano, bajo los fuegos incesantes de las tropas del Principal. Por una serie de casualidades que no hay para qué referir, Matica estaba á mi lado, tan sereno y mordaz enfrente del enemigo, como en el blando sillón del teatro ó en la banqueta del café. El aspecto que ofrecía Madrid en aquella mañana era verdaderamente aterrador. Ni una puerta abierta, ni un transeunte en las calles, ni otros ruidos que el de las descargas de fusilería acá y allá, y algún grito de los combatientes, cuando no el ¡ay! lastimero del moribundo. Un sol africano, abrasador, digna luz de tal cuadro, le iluminaba.

Pues en estas circunstancias, cuando el reló del Buen Suceso acababa de dar las once, apareció entre nosotros, deslizándose calle abajo, por la acera de San Luis, muy pegadito á las casas, el sempiterno cesante don Serafín Balduque. Movidos instantáneamente de un mismo impulso Matica y yo, nos lanzamos sobre él y le metimos en el portal contiguo á la barricada. ¡Le hubiera sopapeado entonces de buena gana por imprudente y mentecato!

—¡Qué demonio le inspiró á usted la idea de venir á este estrelladero de balas?—le dije, casi pegándole.