—Déjeme usted hablar—me respondió sentándose en el primer peldaño de la escalera, y limpiándose el sudor de la calva con el pañuelo.—Déjeme hablar, que hablando se entiende la gente... Ayer no salí en todo el día de casa; y usted, que había quedado en volver, no pareció por ella. Como se anduvo á tiros todo el día y parte de la noche anterior, y usted estaba tan metido en los belenes revolucionarios, temimos que le hubiera sucedido algo... y no así como quiera, sino que á mí me aplanó la murria por entero; Carmen no probó bocado en todo el santo día, y Quica no cesó de mojar la pestaña. Con estos temores y el escozor de saber algo de lo que había pasado en Madrid, esta mañana, al ver que parecía la villa una balsa de aceite, aventuréme á asomar las narices á la calle con ánimo de ir explorando el terreno poco á poco y hasta donde se pudiera. Carmen no quería; Quica, que es más curiosa, me animaba; y como yo tengo más agallas de lo que parece, y de un tiempo acá, como sabe usted muy bien, tanto me da pepinos como calabazas, entre si salgo ó no salgo... salí. Por aquella parte no se movía una mosca... salvo unos tiritos que sonaban hacia la calle de Toledo; seguí andando, y tampoco; y andando, andando, aunque veía en esta calle y en la otra gentes muy afanadas en levantar adoquines, llegué sin tropiezo ni rodeo de importancia hasta la de Atocha... ¡No miento si aseguro que tiene encima una alfombra de cascotes de más de medio pie de espesor! Contemplando esto y las marcas de las balas en la fuente de la plaza de Antón Martín, me pasé un rato. Un transeunte de regular catadura me explicó lo que había sucedido allí... y también me aconsejó que no me detuviera mucho á la intemperie. Supuse que no lo diría solamente por el calor que hace; pero aunque también había por aquellas alturas mucho revoltijo de adoquines, noté que se podía ganar un poquito de camino más hacia adentro. «¡Pues vamos allá, qué calabaza»! me dije, «y veamos lo que pasa»; y entré por la calle del León, y seguí después la del Prado arriba, donde ya la cosa se iba formalizando y era el tránsito un poco más difícil. Pero pasé; y ya, puesto en la calle del Príncipe, dije: «vamos hasta la del Caballero de Gracia, y allí preguntaré por ese hombre en su misma posada». Costóme gran trabajo, y en más de un riesgo me vi, porque en tiempos de revolución no son confites todo lo que anda por el aire, ni todos los caminos están como la palma de la mano, ni todos los hombres tienen el don de gentes ni la más esmerada educación; pero llegué, y ¡calabaza! estaba el portal cerrado... como todos los que iba dejando atrás. «Pues no retrocedo», me dije, «porque á estas horas estarán tapadas todas las salidas, al paso que iban las barricadas y las cosas cuando yo las vi... Pues vamos por la Red de San Luis...». Verdad que estaba oyendo yo rato hacía tiros hacia la Puerta del Sol; pero también habían sonado algunos hacia la Cibeles... y yo por algún lado había de salir, ¡calabaza!... Y fuíme á lo desconocido, por si acaso era mejor que lo otro, que no era bueno, puesto que á poco me santiguan con un balazo al atravesar la calle de Alcalá. Ya en la Red, y obstruidas por barricadas las calles que en ella desembocan, tomé una carrerita en busca de la plazuela del Carmen... Pero cata que, mirando hacia esta barricada, los distingo á ustedes; y ¡calabaza! ¿qué había de hacer sino llegarme á darles un abrazo y pedirles un refugio?...
—¡Á buena parte ha venido usted á buscarle!—exclamó Matica, medio en serio y medio en broma.—¿Usted sabe que aquí no pasa un cuarto de hora sin que lluevan las balas á docenas?
—De manera—dijo don Serafín,—que como no me han dado á escoger...
—Debiera usted—añadí yo hondamente disgustado,—no haber hecho la locura de salir de su casa; y ya que salió, haberse vuelto á ella cuando pudo hacerlo. Usted no es un muchacho en quien puedan disculparse las calaveradas de esta especie... Tiene usted una hija...
—Mire usted, señor don Pedro—me respondió Balduque interrumpiéndome con muy mal gesto,—todo lo que puede sonar en esa cuerda, me lo estoy oyendo yo sin cesar... ¡Ojalá no sonara tanto! Ahora estamos aquí tratando de otra cosa muy distinta.
—Pero hay que pensar en todo... ¿Sabe usted cuándo acabará esto, y cómo acabará... y cómo acabaremos nosotros, y los que con nosotros se hallan en esta ratonera?...
—Si me echara yo á pensar todas esas cosas... y si no cavilara tanto en otras muchas, seguro que no me hallara aquí en este momento...
Cuando así hablaba don Serafín, oyéronse los tiros que volvían á cruzarse entre el Principal y la barricada. Salí á ella, recomendando mucho á Balduque que no se moviera de allí. Muy poco después volvía al portal con un hombre que acababa de recibir una herida en un brazo. Teníamos allí á prevención algunas hilas, aglutinantes, etc... y en el entresuelo de la misma casa catres y colchones para lances más graves. El herido arrimó el fusil á la pared; sentóse, y llegó Matica, que aseguraba recordar algo de lo que había oído explicar en San Carlos; y reconociendo la lesión, dijo que se curaba con dos cuartos de ungüento.
Mientras esto sucedía, Balduque, con el sombrero en la coronilla; las manos tan pronto en los bolsillos del pantalón como rascando la cabeza ó sobando los bigotes á contrapelo; los ojos errabundos, y moviéndose todo de un lado para otro, revelaba hallarse bajo el imperio de una excitación nerviosa que me alarmaba. Encargué mucho al herido que cuidara de él mientras yo volvía; y salí de nuevo á la barricada, porque el fuego no cesaba un punto... Por salir cayó en mis brazos un combatiente, con un balazo en el pecho. Ayudóme otro hombre á sostenerle, y entre los dos le condujimos hasta el entresuelo.
—Esto es más grave—dije á Matica al llegar al portal; y á don Serafín porque no se quedara solo:—Suba usted también para ayudarnos en lo que pueda.