Y subió con los demás, y nos ayudó á descubrir la herida, que parecía cosa muy seria. Temblábanle las manos al cesante y hablaba sólo palabras incoherentes. La triste obra en que todos estábamos empeñados, llegó á ocupar toda mi atención. De pronto noté la falta de Balduque en el grupo que componíamos los demás alrededor del nuevo herido. Alcé la cabeza, y tampoco estaba en el entresuelo; corrí á la escalera, y vi con espanto que, con un fusil entre las manos, se lanzaba del portal á la calle.

Bajé de dos brincos, y salí tras él, en medio del tiroteo que no cesaba.

—¿Adonde va usted, desdichado?—gritéle.

—¡Á ganar con mis puños lo que se me debe en justicia!... ¡Á enviar al Gobierno con una bala el memorial de mis agravios!...

Y esto lo voceaba encaramándose ya en lo alto del parapeto, echándose á la cara el fusil, ¡que ni siquiera estaba cargado!

—¡Viva la justicia!—gritó allí como un desesperado.

Y un instante después, ¡aciago instante! cuando tocaba yo los faldones de su levita con mis manos, se desplomaba entre ellas con la inerte pesadez de un moribundo.

En presencia de aquella tremenda desgracia, sin valor para resistir el vocerío de los pensamientos que diabólicamente eslabonados me asaltaron la cabeza, desde el fondo de mi corazón pedí al cielo otra bala para mí; pero no hubo una, entre tantas como silbaban á mi lado, que anidar quisiera en un pecho tan lleno de pesadumbre.

Todos cuantos recursos terapéuticos nos había proporcionado la previsión de Matica, que no eran muchos, se emplearon inmediatamente en el empeño de volver á la vida á aquel pobre hombre que parecía un cadáver. Hasta se puso de nuestro lado, ¡bien tarde ya! la feliz casualidad de haberse suspendido en aquel instante las hostilidades entre el paisanaje y las tropas, quitándonos con ello el único cuidado que pudiera separarnos del moribundo.

—No se cansen ustedes—nos dijo éste, con voz apenas perceptible, vidriosa la mirada, lívido el semblante, jadeante el pecho y ensangrentada la boca:—tengo la muerte allá dentro... y hará su oficio muy pronto... Yo la busqué con una locura... hija de muchos pensamientos ¡muy tristes! ¡muy negros!... Sé que debí vencerlos, porque hombres hay más desgraciados que yo, y no los tienen; pero no pude... No es culpa mía... y por eso me absolverá la misericordia de Dios, cuando á su tribunal me acerque... ¡Hija mía!... ¡Ésta sí que es pena sin consuelo para mí!... ¡Sola!... ¡sola en este mundo sin justicia!... Y sola, porque yo no pensé bastante en ello... al arriesgar hoy mi vida entre las balas... con el deseo de ganar á tiros lo que se me debe en buena ley... Esto no sé si me lo perdonará Dios, aunque disculpa y razón tiene en las flaquezas humanas... Usted que la conoce... mi buen amigo, no la desampare de todo... Y usted, señor Mata, haga por conocerla... ¡Verá usted cómo la juzga digna de su amparo!... ¡Que tenga siquiera una sombra!... algo á que arrimarse para llorar, más que la triste Quica... ¡pobre Quica! ¡Desventurada Carmen!... ¡Dios mío!...