Tomóle aquí un desmayo... y no volvió de él. ¡Me pareció un sueño aquel tan inesperado, tan rápido y tan tremendo infortunio! Maldije otra vez á la revolución, y me maldije á mí mismo, y maldije la brutal empresa en que yo estaba empeñado desde la víspera; causa quizá de la muerte de aquel desdichado, del desamparo de la pobre huérfana y de las acerbas lágrimas que vertería en su dolor sin consuelo...

El mismo Matica, tan frío y sereno de ordinario, permanecía pálido y mudo delante de aquel cadáver...


Apenas me di cuenta de los restantes sucesos del día, no obstante la activa parte que tomé en ellos por razón del cargo que desempeñaba allí. Sé que la suspensión de hostilidades lograda por negociaciones entre el Gobierno y una Junta de armamento y defensa, formada aquella misma madrugada por hombres notables del partido progresista, bajo la presidencia del general San Miguel, duró sólo algunas horas; que á media tarde se reprodujo con mayor saña la refriega en todos los barrios de la villa; que me batí de nuevo hasta el anochecer; y que entonces, nombrado capitán general de Madrid y ministro de la Guerra San Miguel, hizo saber éste, urbi et orbi, que había sido llamado Espartero para formar ministerio y arreglar la cosa política tal cual se quería en el Manifiesto de los generales pronunciados; con lo cual abrazáronse tropas y paisanos, y, con gran regocijo de todos, acabóse aquella bárbara matanza; pero quedando el pueblo armado en sus barricadas, «por si acaso...». Lleváronse los heridos á los hospitales de sangre, y los muertos al campo santo. ¡Pobre Balduque! Si se supo en qué lugar del mundo reposaban tus honrados huesos, á mi previsión fué debido, al celo de Matica y á la fidelidad de dos hombres que no se separaron de tu cadáver hasta dejar señalada con una cruz la tierra que le cubrió.

No pude hacer más por ti en aquel instante.

Para lo que hubo que hacer tan pronto como fué posible el tránsito por las calles, no hallé fuerzas en mi espíritu. Matica, que le tenía más sereno y no estaba ligado á la pobre huérfana por los afectuosos vínculos que yo, se aventuró, en obsequio mío, á darle la noticia del mejor modo que pudo... Nunca quise oir á mi amigo el relato de aquella dolorosa entrevista. No sé aún lo que pasó en ella, aunque sé que fué terrible.

Cuando, al otro día, acudí yo á ver á Carmen, las fuentes de su corazón se habían secado. No quiso que la hablara una palabra del suceso. Pálida, recogida en su dolor, muerta en su rostro la sonrisa, estaba como tanteando los bríos de su alma para afrontar con ellos los azares en la triste soledad de su vida.

XXVI